El ajo
Mientras el Estado, cual vampiro insaciable, desangra a sus contribuyentes hasta dejarlos agonizando, los funcionarios que lo representan pelean entre sí cada vez con mayor ferocidad. Es como si el dedo meñique disputase la continuidad de la vida con el dedo gordo del mismo pie del vampiro.
Ocurre que este murciélago espectral, al que ninguna plegaria ni cruz de palo han detenido hasta ahora, no reparte equitativamente la sangre que nos extrae. Algunos de sus dependientes se llenan la panza y otros siguen tan anémicos como nosotros mismos. Es la lógica perversa de los sueldos públicos: se gana más o menos según adónde fue a parar el funcionario; si es maestro, policía, enfermero o militar, le tocan chauchas y vino de la casa; si es ascensorista de un ente autónomo, cajero de la banca estatal o empleado del Palacio Legislativo, toma whisky y come bifes de nalga y langostinos.
Así de injustas son las cosas.
Dando un paso inteligente hacia adelante, el senador Korzeniak ha presentado un proyecto sensato. Ningún funcionario del Estado, desde el Presidente de la República, ministros y legisladores hasta el último imaginable de todos los demás, podrá ganar más de doce veces el equivalente al salario nacional promedio.
Claro y preciso. De un saque, con verdadera sencillez y austeridad republicana, se resuelve este intríngulis que nos está llevando a una batalla doméstica absurda. A un paso de la iniciativa, si se hace ley, queda el diseño de un escalafón general –alejado del disparatado concepto federal y corporativo hasta hoy vigente– que pagará equitativamente lo justo, que en este caso también será lo posible, a cada uno de los servidores públicos.
No le busque vueltas, lector; cuando la mente de un legislador se ilumina, cosa que no pasa a menudo, bien vale la pena aprovecharlo.
En el «Tango del vampiro», el protagonista, a punto ya de morder otra vez la yugular de su dama, dice, de pronto: «Â¡Pero carajo, pero carajo! ¿quién trajo el ajo, quién trajo el ajo…?».
Mire usted, lector. Había sido Korzeniak. *
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