La irrealidad como método
El camino emprendido por el gobierno de Jorge Batlle en torno al manejo de la economía tuvo en su momento el beneplácito de los organismos multilaterales de crédito, el que hoy está caducando. Todo el trascendido sobre las reuniones con la misión del FMI así lo demuestran pese a que, oficialmente, los encuentros parecen marchar por un camino tapizado con pétalos de rosa.
Por ello, más allá de las valoraciones y prevenciones que se puedan hacer sobre el gobierno argentino, es bueno detenernos un instante para observar las diferencias entre un método de negociación, el utilizado por el gobierno de Eduardo Duhalde y timoneado por el ministro de Economía del país hermano, Roberto Lavagna, que de manera pragmática ha utilizado los vencimientos de la deuda para, de alguna manera, presionar a los organismos multilaterales de crédito que, temiendo lo peor, prefirieron acordar a regañadientes y de acuerdo con condiciones que, mayoritariamente, han sido interpuestas por el gobierno argentino.
El resultado de todo esto es una incógnita todavía a develar. Sin embargo, de acuerdo a la información periodística, el gobierno argentino está satisfecho por lo acordado que le permitirá, de alguna manera, reabrir su economía al crédito externo superando el cuello de botella en que lo había dejado la caducidad final del modelo neoliberal.
Por aquí las cosas son distintas. En lugar de negociar desde posiciones de dignidad, el gobierno uruguayo optó por claudicar ante todo tipo de exigencia, o presunta exigencia, concretando un ajuste descomunal, fuera de medida en un país altamente empobrecido y, además, sin el más mínimo sustento económico. Por ello la pregunta más reiterada que realizan los integrantes de la misión fondomonetarista, es ¿cómo piensan ustedes reactivar el país?
Claro, el objetivo planteado por nuestro gobierno es más que confuso. Quiere que el FMI destrabe las dos partidas que suman 380 millones de dólares, con el fin de, quizás, utilizarlas en la cimentación del sistema financiero cuyo basamento, por más leyes especiales que se han votado, dista mucho de ser estable.
Sin embargo, ¿qué garantías puede tener el FMI de que las partidas se utilizaran en lo estipulado previamente? Los antecedentes recientes son propios de una novela de ciencia y ficción. El cuantioso dinero venido desde el norte fue entregado, de manera masiva, a bancos en default, que de inmediato hicieron desaparecer los dólares y que además, no se salvaron del desastre.
A este antecedente se suman las políticas de ajuste, con las que el gobierno de Batlle logró que en el año 2002 el PBI cayera en casi 10 mil millones de dólares, un empobrecimiento atroz de los que la gente del FMI no debe tener muchos precedentes.
Los tecnócratas se preguntan también: ¿Cómo hará el gobierno uruguayo para pagar los vencimientos de su deuda externa luego de más de cuatro años de recesión? Los datos que tienen en sus manos les hacen prever lo peor: una rápida cesación de pagos. Por ello le ofrecen al gobierno que se comience a hablar de una reprogramación de las obligaciones. Aquí viene la respuesta de Batlle y sus boy, la más insólita que se ha registrado a nivel mundial, seguramente, en toda la historia de ese organismo de crédito, para no exagerar. Se ha comunicado al FMI que Uruguay no quiere hablar de reprogramación, porque honrará todas sus obligaciones.
¿Cómo es posible tanta irreflexiva irrealidad? El gobierno, que sólo tiene el apoyo de algunos economistas neoliberales los que, obviamente, han perdido rueda de los cambios que esa doctrina está teniendo a nivel mundial, se apresta a concretar otro desatino. No negociar los vencimientos, lo que además de ser ofrecido por el propio FMI, es reclamado por los líderes del Partido Nacional, Luis Alberto Lacalle y del Encuentro Progresista, Tabaré Vázquez, posición a la que se está sumando también el doctor Julio María Sanguinetti.
El gobierno dice que va a pagar y para ello congela salarios, aumenta las tarifas de los servicios públicos, sin entender que su ecuación no funciona. Nadie puede pagar si no tiene para hacerlo y los saldos cuando sólo figuran en los libros, como los establecidos en los cuestionados balances del Banco Central, no contentan a los acreedores que quieren dinero contante y sonante. *
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