Entre un equipo económico estéril y otro impotente

Después de pujas, disputas, críticas y reafirmaciones, idas y venidas, el Presidente de la República decidió cambiar el controvertido equipo económico liderado por Bensión. Las causas, más allá de presiones políticas de los partidos de oposición o la recomposición de la entonces coalición de gobierno, o quizás la desconfianza de los agentes económicos, hay que buscarlas en lo nefasto de los resultados que se dieron en tan corto plazo y que delataron una conducción desatinada.

La tarde del jueves 11 de julio comenzó una maratónica jornada parlamentaria que buscaba poner en la palestra pública la política económica que venía aplicando el gobierno de la –por aquel momento–coalición blanqui-colorada y, por supuesto, el equipo encargado de ponerla en práctica. El senador Couriel a nombre del Encuentro Progresista-Frente Amplio fue el encargado de la interpelación de esta política económica y de su responsable principal, el entonces ministro Bensión. Para la mayoría de los «periodistas» de la «prensa grande» no tuvo consecuencias políticas, pero para el resto de los mortales un nuevo escenario comenzaba a dibujarse. Ese nuevo escenario tiene que ver con la crisis actual y su gestión, la responsabilidad por parte del gobierno y sus asociados –estos últimos cada vez en una posición más incómoda– ante los agentes económicos fundamentales que habían juntado filas en la crítica más implacable a los costosos desaciertos de la política económica.

El martes 16 se cerró la página, y efectivamente sin consecuencias inmediatas, aunque ya se podían divisar en el horizonte cercano cómo se volvían ríspidas las relaciones al interior de la coalición gobernante. Votaron por la remoción del ministro todo el EP-FA (12 senadores), los senadores Michellini (NE) y Larrañaga (PN), encontrándose fuera de sala el senador Garat (PN).

El senador Couriel, mostró con gran detalle la continuidad de la política económica del Partido Colorado, también la implementada por el Partido Nacional en su gobierno de la mitad de los noventa. Presentó con claridad meridiana también la pérdida de competitividad que la consistentemente terca política de atraso cambiario llevó al país, primero con el mundo y luego con la región.

El contador Bensión tuvo dificultades para explicar la lógica de las decisiones gubernamentales y los cambios llevados a cabo en los últimos meses. Ni que hablar a la hora de justificar la responsabilidad omisa del Banco Central a la hora de la regulación del sistema financiero –cual es su cometido– y permitir operaciones fraudulentas en desmedro de todos los uruguayos.

La realidad, como le gustaba decir al ministro, terminó imponiéndose. Fue quizás la soberbia mala consejera, ya que el argumento más recurrente del equipo económico podría definirse como la mejor gestión de las posibles en un escenario –que según ellos mismos– era el peor de los imaginables. Incluso, pasada la interpelación cuando el (ahora ex ) ministro salió nuevamente a la luz pública (Canal 10, La Próxima Puerta) volvió a resaltar su gestión al frente del Ministerio y, como de costumbre, puso las culpas nuevamente en la situación regional, la conducta macroeconómica de Brasil y Argentina y confesó pudoroso algunos errores de juventud –entre ellos haber apoyado la Revolución Cubana y haberse visto atraído por el ideario socialista– que lo llevaron a madurar su actual concepción sobre la economía.

Dejó traslucir también haber ingresado al cargo pensando en llevar la economía hacia un modelo cambiario fijo al estilo de la convertibilidad argentina, pero luego la realidad lo hizo cambiar de opinión, para llegar a un modelo de libre cambio que podíamos ubicar en las antípodas de su intención inicial. Sin embargo, tuvo mucho cuidado en presentar lo que algunos podríamos tildar de simples errores o de predicciones desacertadas como valores intrínsecos de un equipo económico que se acomodó a los imperativos de una realidad muy dinámica y especialmente perversa. Lo que para el contador Bensión significaba el súmmum de la flexibilidad técnica para nosotros significa algo mucho menos rimbombante, quizás la simple debilidad de su concepción teórica que fue estéril para adelantar los movimientos de dicha realidad.

Para abundar en los errores de política económica, y más allá de cómo divisemos el deber ser de la economía uruguaya, cualquier manual de macroeconomía (muy cerca de la tapa) nos alumbraría al respecto de las cosas que no se aconsejan hacer, pero que aquí el equipo económico le llevó la contraria. Sin hablar de los compromisos «secretos» o estruendosos de las negociaciones con los accionistas del viejo Banco Comercial y las capitalizaciones que fueron créditos reembolsables al contado en caso de intervención por la autoridad monetaria. Quedaron también en la penumbra (digo para los comunes) alguna de las operaciones autorizadas para el auxilio a los bancos luego gestionados por el Estado. Y, por supuesto, también los términos más que controvertidos de las cartas de intención con el FMI que bajo su gestión no se pusieron a disposición de la opinión pública.

Pero hagamos hincapié en lo más grave de la gestión que son los saldos económicos vergonzantes, más allá de la región, de la aftosa y de la esterilidad de las autoridades para enfrentar o adelantar algunos de los problemas que para muchos resultaban obvios. Son éstos la disminución del crecimiento, el aumento de la pobreza y de la desigualdad, de la emigración y de la desesperanza. Para las próximas generaciones quedó una pesada herencia, la de haber potenciado la deuda externa como interna a niveles inabordables en el mediano plazo. Uruguay no podrá pagar, más allá de los discursos, con vencimientos superiores al total de las exportaciones y con una deuda que redondea la totalidad del producto. *

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