Los próximos 200 años
Se siguen conociendo malas noticias de América Latina y particularmente de Uruguay. Las condiciones económicas empeoran en casi todas partes, la cohesión social se debilita y crece la inestabilidad política. No es de sorprender, ya que gran parte de América Latina (Uruguay es un ejemplo de ello) se pasó los últimos veinte años sin ir a ningún lado. Se vendieron los activos y las deudas nacionales se inflaron sin que se ganara casi nada duradero o benéfico. La recesión de Uruguay, con sus particularidades, es producto de una similar miopía, a la que se suma un proceso de redistribución regresiva del ingreso, que además de ser contrario al desarrollo, se muestra como un elemento con facetas evidentes de corrupción.
Durante los últimos veinte años, el crecimiento anual del PNB per cápita en América Latina fue en promedio del 0,35%. A ese ritmo, una economía necesitaría 200 años para duplicar su tamaño. En Asia, el nivel de vida se duplica cada decenio. Con un crecimiento tan anémico, ¿cómo se puede esperar que América Latina compita en el comercio mundial, a menos que lo haga mediante salarios cada vez menores?
Los malos gobiernos, y no la mala suerte, tienen la culpa del estancamiento económico. Si América Latina no cambia, podría verse cada vez más como Africa (una región con Estados débiles, grandes economías informales y pobreza generalizada). Varios factores la han puesto en esta senda.
Primero, en la fiebre del oro de la privatización de América Latina, todo, desde los servicios públicos hasta las compañías manufactureras, salió a remate. Durante un tiempo, las ventas de activos ayudaron a equilibrar los presupuestos nacionales, y también generaron recursos para sostener el consumo. Al final, el ingreso proveniente de las privatizaciones no sirvió gran cosa para obtener una relativa mejor infraestructura o exportaciones más competitivas.
Peor todavía, la venta de los activos del Estado estuvo acompañada por un enorme endeudamiento externo. En algunos casos, sobre todo en Argentina, el endeudamiento por parte de los compradores internos acabó con todas las líneas de crédito disponibles. Otros países no cayeron al nivel de Argentina, pero la capacidad para obtener créditos sigue siendo una preocupación en todas partes de América Latina. Uruguay no vendió sus activos más importantes, pero su situación es de crisis, luego de una recesión de más de cuatro años.
Dado que las reformas no han traído prosperidad, la región está harta de ellas. Los flujos de capital produjeron un efecto de riqueza, pero sólo mientras duraron. Cuando el dinero dejó de llegar, la riqueza se acabó.
Este dilema del desarrollo apunta hacia otro factor: políticas ineficaces. Los gobiernos que han operado siguiendo líneas tecnócratas y que consideraban al crecimiento económico como una ola que levanta a todos los barcos han desaparecido. En Uruguay, un presidente mediocre está logrando además del derrumbe de la economía, que las instituciones se resquebrajen, los derechos de propiedad se cuestionen y ha puesto en marcha un esfuerzo de redistribución regresivo y aleatorio, cada vez más corrupto que no sólo conlleva injusticia, sino que desde el punto de vista económico es inviable. *
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