La libertad tiene los ojos tristes y come basura

La maestra miraba sorprendida la hoja en la que el alumno de tercer año había escrito la redacción sobre «La Libertad» que ella le había solicitado. Decía el niño : «La libertad se usa para cargarla de basura y hacerla reventar haciendo fuerza, hay quienes también la usan para comer, especialmente en Europa y otros países lejos de aquí. Muchos la usan para jugar y ganar plata gracias a ella y unos señores con uniforme se le suben arriba para salir a darnos palos a nosotros.

A veces, hay quienes también se le suben y le dan garrote a ella y la lastiman hasta sangrar. Yo veo que la Libertad tiene los ojos tristes y casi siempre la cabeza gacha. Y me parece que debe tener hambre porque la he visto comer de la basura. Fin-Redacción La Libertad».

Sorprendida la maestra llamó a su alumno y le preguntó de dónde había sacado todo aquello. Y el niño simplemente le contestó. Lo dijo usted ayer señorita. ¿No se acuerda que nos mostró el Escudo y nos dijo que el caballo era la libertad? Esta historia que no es real-pero juro que podría serlo. Creo que es una justa introducción al desarrollo del tema que me preocupa y que quiero compartir con ustedes, vecinos.

Claro, estoy seguro que alguno pensará: ¡Este tipo preocupándose de los caballos cuando nosotros no tenemos ni para comer! Pero ¿sabe lo que pasa vecino? Hay cosas que van mucho más allá del estómago. Y esta es una de ellas. Sé perfectamente que miles de familias uruguayas sobreviven dignamente aferrándose al último escalón, que es el de revolver entre los residuos ciudadanos para encontrar material reciclable. Y sé también que el carrito y el caballo son sus herramientas de trabajo. Y justamente por eso, porque el caballo es fundamental para el sacrificado pan de tantos orientales, y porque además merece nuestra mayor preocupación por lo que simbólicamente representa para nuestra identidad y nuestra historia, creo, opino, que deberíamos hacer algo por ellos.

Por ejemplo, establecer la obligatoriedad, sin costo para el propietario, de un chequeo veterinario periódico de cada caballo utilizado en tareas agobiantes, examen que podría organizarse en la Facultad de Veterinaria o algo así, donde se le entregara al propietario una ficha registrando estado de salud del animal, máximo de kilos de carga soportable, y hasta las horas de trabajo admitidas diariamente que deberían especificarse por el titular. Es decir, algo así como un «Computest», pero caballar… ¿me entiende? Y que de una buena vez se apruebe una ley de protección animal para regular y prohibir los castigos brutales sobre estos mismos caballos y de los que he sido testigo más de una vez. Y determinar también servicios especiales de inspectores municipales para recorrer los circuitos habituales de estos carritos y controlar que las disposiciones se cumplan.

Hace algo más de cuarenta años cuando la Intendencia recogía la basura en carromatos tirados por mulas, yo quisiera que usted hubiese visto lo gordas y lustrosas que estaban, cómo las cuidaban y bañaban todos los días en los corralones municipales y les brindaban permanente control veterinario. Quiero que me entienda bien vecino… esto que digo no va en contra de nadie. ¡Por favor! Va a favor de ellos, los caballitos laburantes de la ciudad.

Y si no somos capaces de hacer algo por quien elegimos nosotros mismos como símbolo de nuestra libertad y lo entronizamos en el Escudo Nacional como tal, mejor será que lo saquemos de allí de una vez por todas, al menos para liberar a nuestros descendientes de ese peso de conciencia.*

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