Ante los rebrotes de nazismo

«Aún es fecundo el vientre que dio a luz esta escoria», enseñaba Bertolt Brecht en La resistible ascención de Arturo Ui.

Como para confirmar tal aseveración, cada tanto surgen, un poco por todas partes en el mundo, tristes émulos de Hitler fascinados por la psicopatía de un individuo que se propuso dominar el planeta con un ideario basado en el odio.

Las recientes apariciones de consignas estampadas en muros montevideanos revelan la existencia de grupos de alienados en la ideología nazi, un fenómeno que por desgracia tiene antecedentes en el país.

A comienzos de los años sesenta, al tiempo que el proceso revolucionario cubano despertaba simpatías en vastos sectores de la población, irrumpieron en escena agrupaciones que, tras el propósito declarado de «luchar contra el comunismo» y de «defender la democracia», escondían una mal disimulada admiración por el nacional-socialismo hitleriano y un profundo sentimiento antisemita. Medl (Movimiento Estudiantil para la defensa de la Libertad), Loa (Liga Oriental Anticomunista) y otros grupos por el estilo protagonizaron atentados contra organizaciones populares, contra partidos políticos y contra el movimiento sindical. De esa época datan, entre otros episodios, el asalto a la Universidad y el intento de asesinato de Ernesto Guevara que cobró la vida del profesor Arbelio Ramírez.

Pero la actividad de aquellas bandas fascistas se dirigió también contra organizaciones judías y ciudadanos uruguayos de ese origen.

Varias personas fueron víctimas de agresiones y atentados propios del espíritu esencialmente cobarde y alevoso que anima a las patotas; vale la pena recordar que una de las hazañas preferidas por la demencia de aquellos «demócratas» consistía en dibujar –con una hoja de afeitar– una cruz gamada sobre el cuerpo de la víctima.

También fue posible observar un sentimiento antisemita y pro nazi entre algunos jerarcas y mandos medios castrenses durante el período dictatorial. El hecho no debería asombrar por cuanto no hay otra ideología más adecuada para servir de sustento doctrinario a quienes hacen del odio su razón de ser.

Nos consta que la sociedad uruguaya no es un terreno fértil para el desarrollo de ideas de ese tipo. Pero todos –autoridades y pueblo– debemos estar alertas ante estos brotes de violencia y de odio demencial para combatirlos eficazmente.*

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