Mi compromiso con el Partido Nacional

En la sección «Llamadas al Director» un lector se pregunta qué espero «para plegarme al Frente Amplio», ante un artículo mío sobre «Decadencia de los partidos». Despacio y por las piedras. Este amigo lector tendrá que convenir, hasta por el mismo título, que yo generalizo. Me refiero «a todos los partidos» del continente en general y a los nuestros en particular. El mal es genérico.

Acepto, como es lógico, que no se comparta mi criterio. Pero observe que si yo me intereso más por el mío, que desde mi cuna es el blanco y sobre el cual pongo más énfasis por «dolerme prendas» naturalmente, me exonero a los demás.

Yo quiero, querer no es poder, pero por lo menos mi obligación ética es intentar que los blancos vuelvan a sus raíces. A las razones, principios y conductas que nos hicieron grandes y cuyo ejemplo lo dieron nuestros mayores haciendo la patria. Entiendo que es la única manera que el partido se levante de un letargo decadente, en que malos políticos lo han ido llevando.

El principio no está en abandonar el barco cuando se «agusana» y hace agua.

Si usted quiere y siente una causa, trate en lo posible de «matar» los gusanos y soldar los agujeros de manera de poder desplegar las banderas en el proceloso mar de la dignidad y decencia política. si cada vez que se discrepe la opción es cambiar de barco, es poco serio y menos digno.

Usted mismo me perdería el respeto pues estaría demostrando que lo que busco es «acomodarme». Me he equivocado muchas veces, pero nunca me nació el «disparar» como el avestruz y meter la cabeza bajo tierra para disimular errores.

Yo luché y ayudé en la medida de mi esfuerzo a que algunos «capitostes» actuales, viejos amigos que en otra época fueron distintos, incluso ideológicamente, estén sentados en las poltronas partidarias dirigiendo la colectividad del inmaculado Oribe.

Tal vez por vasco soñador fanático y terco, le «erré como a las peras» en la elección correspondiente. Lo confieso y admito. Pero no se enoje y déjeme enmendar la plana. Soy cristiano y blanco.

Cuando el patrón de Arriba me diga «basta», sólo pido irme con un crucifijo en las manos y envuelto en una mortaja blanca. No es mucho lo que pido, concédamelo. Sobre todo habiendo tantos ministerios coalicionados, entes y embajaditas donde «rebuscarse». También es cierto, como dije al principio, que exijo coherencia ideológica. También discrepo con la aberración de afiliar el Partido Nacional a la Internacional Democristiana: como nacionalistas no podemos integrar o depender de ninguna internacional, sea de derecha como de izquierda, verdad de Perogrullo, como también con los frentes por razones similares.

Pienso que el problema más grave que el Frente tendrá de ganar las elecciones futuras no será el «levantar el muerto» que le dejan, sino también compaginar tan dispar ideológica interna para poder gobernar.

Una cosa es ser oposición y otra gobierno. Perdone mi escepticismo, pero me cuesta entender la convivencia pacífica «fraterna» entre sectores o hasta partidos como el del senador Astori, bastante parecido a un neoliberal batllista, con el comunista de la senadora Marina Arismendi. O el nacionalista de Mujica con el intendente Arana.

Y se pueden dar más ejemplos al respecto sin herir susceptibilidades ni meterme en casa ajena. Por supuesto que con algunos que son de innegable extracción nacionalista me siento más a gusto y puedo coincidir mucho más que con los colorados con los cuales no sé de qué podríamos conversar, con los cuales la dirigencia actual mayoritaria de mi partido coalicionó y hasta gritaban: «Â¡por fin juntos!». Sin acordarse de Oribe, Leandro Gómez, Saravia, Herrera y Wilson, entre otros.

¡No se preocupe que no me olvido! Los blancos en general somos sentimentales. Quiero a mi Partido. Soy consciente también de que por ambiciones personales algún capitoste doctor lo quiere «matar» para refundarlo como partido ultraderechista personal, afiliados a internacionales fascistoides como la presidida por Aznar y el Mayor Oreja, su leal súbdito; divorciados ideológicamente del mandato fundacional del vasco Oribe y que Herrera supo interpretar en su doctrina anti imperialista, no intervencionista y de defensa de la soberanía de las patrias chicas contra los imperios de la época. A esos principios soy fiel. Si con el gaucho Larrañaga, que es lo que queda, no lo logramos, me iré pa’ las casas y después veré.

Siempre hay nacionalistas para charlar, llegado el caso. Pero mientras pueda y me dejen, lucharé por mi viejo y querido Partido Blanco hasta el último hálito de su vida. Sin integrar ninguna internacional. *

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