Brasil: ganar el pan para conservar la patria
Este 1º de enero fue un día de alegría y de esperanza de todos los latinoamericanos, no sólo porque Brasil confirmó que ha entrado a su madurez como democracia al aceptar la rotación de los partidos en el poder, sino también porque un obrero líder de una fuerza de izquierda y candidato del progresismo de ese país, Luiz Inácio Lula da Silva, tiene la responsabilidad de conducir por buen rumbo al gigante de América del Sur.
Llega con el presidente Lula a los siempre modernos edificios gubernamentales de Brasilia un conjunto de mujeres y hombres que provienen del movimiento sindical, de los trabajadores rurales sin tierra, de la cultura y del espectáculo, de las cátedras de las universidades y del empresariado nacional, para comenzar la inmensa tarea de eliminar la pobreza y generalizar la felicidad de un pueblo de amplia sonrisa y de profunda sensibilidad.
El primer compromiso de Lula con su pueblo fue terminar con el hambre, llamando para ello a un nuevo sistema de alianzas entre el capital productivo y el mundo del trabajo. Ese compromiso fue el arranque de su discurso, después de haber jurado respetar la Constitución de su país.
Si bien Brasil es la décima primera economía del mundo, por cierto más desarrollada que la nuestra, Lula sabe y también nosotros que en este mundo globalizado donde el capital financiero marca la marcha del desarrollo desigual del capitalismo, los desafíos no son fáciles de resolver. Por eso el nuevo Presidente de Brasil no utilizó el recurso de las fáciles promesas ni la palabra apresurada, pero tampoco se presentó ante su gente y el mundo como un jefe de Estado con complejos y temores ante los problemas de su sociedad.
Podemos decir con satisfacción que en la casa grande de al lado hay un nuevo vecino de buen trato, seguro de lo que hace, que piensa en su gente y en el vecindario, que no apuesta sólo a lo posible, sino que tiene grandes sueños que desea compartir con todos y que invita a participar de ellos.
Esos grandes sueños, que se deben concretar en que cada brasileño pueda comer tres veces al día, no están sostenidos sólo en las buenas intenciones, sino que se basan en una democracia que ha salido fortalecida por la irrupción popular y también por la altura de miras del presidente saliente, Fernando Henrique Cardoso, que colaboró en la transición con un gran sentido patriótico y republicano, no siempre visto en las convulsionadas tierras de las Américas.
Lula se ha plantado también ante el concierto de las naciones como un líder que desde el Mercosur va a influir en la gran pulseada mundial por abrir los mercados y generar una nueva economía que permita a los países más débiles acceder a los bienes que produce la humanidad.
El desafío que tiene por delante Brasil es sólo para gigantes. Un desafío que todos sentimos junto a Lula que es el de toda Latinoamérica. Estamos ante una nueva hora del continente y de los pueblos que en él habitan, momento muy similar al de la primera independencia donde la hora del cambio sortea montañas y selvas, se extiende por las llanuras y navega por los ríos, como una fuerza que viene de la historia y que se agranda en cada pueblo que la abraza.
Estamos ante esos momentos en que hay que saber sentirlos, para no perder la oportunidad. Nadie puede pensar que será el vecino el que va a solucionar nuestros padeceres, pero hoy hay un cuadro político nuevo en la región que comienza a gestarse y que hay que saber aprovechar.
Es de esperar que todo el sistema político uruguayo comprenda que el primer compromiso es con los pueblos que reclaman justicia y desarrollo, para poder vivir en sus tierras, el único lugar donde la gente puede realizarse en plenitud. El desafío es ganar el pan para todos, para así poder conservar la patria. La hora del cambio en nuestro país ya comienza a palparse en la gestación de nuevas mayorías que se están instalando para resolver los problemas de hoy y construir el cambio de 2004.
Ese cambio que se comienza a jugar en la mitad de este año, cuando una vez más le mostremos al mundo que aquí hay un pueblo que defiende sus construcciones históricas que le han dado razón de ser. La consulta directa a la ciudadanía en defensa de Ancap y de las demás empresas públicas.
Los próximos días no serán nada sencillos y cada hogar uruguayo deberá templarse para sortear todo lo malo que dejó el gobierno para los próximos meses, pero a la vez teniendo la capacidad de sentir que al final del túnel hay una luz puntual que nos espera y a la cual nos dirigimos plenos de esperanza. *
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