La lucha por Ancap o el renacer de la utopía
Decíamos en nuestro editorial de ayer que una vez que la Corte Electoral convoque al plebiscito contra la ley de asociación de Ancap, el país se verá inmerso en un debate que sin duda trascenderá el problema concreto del ente de los combustibles para convertirse en un cuestionamiento del modelo al que han adherido los gobiernos desde la dictadura.
Es el modelo que el economista Daniel Olesker caracteriza con la sigla LACE (liberal, aperturista, concentrador y excluyente) y que tiene su sustento ideológico en el neoliberalismo que la globalización ha convertido en «pensamiento único».
Esta doctrina, cuyo auge comenzó entre fines de los setenta y los ochenta, tuvo el inestimable concurso –para dotarla de un aura de prestigio que muy pocos osan cuestionar– del derrumbe del mal llamado socialismo real. El fin del imperio soviético a comienzos de los noventa fue el espaldarazo definitivo que consagró al neoliberalismo como el Evangelio cuyas verdades son presentadas como axiomas.
El descreimiento y la desazón ante el fracaso de la puesta en práctica de una ideología humanista fueron un terreno fértil para que cundiera el pragmatismo más inmoral y para que prendiera en el espíritu y en la mente de los seres humanos el trágico sentimiento de resignación que permitió el avance desenfrenado del pensamiento único. Valores (?) tales como el realismo adquirieron rango de suprema guía para todo el quehacer humano y promovieron esa actitud de resignación ante una situación planteada como la única posible. «Yo soy socialista pero no soy tonto», decía Felipe González para justificar su adhesión a la consigna de privilegiar el crecimiento de la torta para proceder luego a su reparto, algo que los hechos (la realidad, en definitiva) se encargaron de desmentir.
El «no se puede» fue así la norma rectora y la más eficaz herramienta para desestimular la utopía de un mundo mejor. Y en aras de ese «realismo» fue que tantas personas resignaron aspiraciones y renunciaron a ideales por los que habían luchado hasta entonces. No advierten que esta nueva ideología inhumana no es sino la expresión de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas sin otro principio que no sea su propio beneficio y su afán desmedido de lucro. Como con acierto señala Ignacio Ramonet, esos grandes centros de poder económico lograron el concurso de intelectuales y técnicos que afinan y difunden el discurso preciso: «Los periodistas, los ensayistas, los hombres políticos, retoman los principales mandamientos de estas nuevas Tablas de la Ley y por intermedio de los grandes medios de comunicación de masas los repiten hasta la saciedad. Lo hacen sabiendo que en nuestras sociedades mediatizadas la repetición equivale a demostración», concluye el pensador gallego.
Pues bien, el gran valor de la movilización por Ancap reside justamente en que tendremos la oportunidad de denunciar y desenmascarar esta doctrina perversa, rebatir sus dogmas y reformular la esperanza –y la convicción– de que otro mundo es posible. *
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