Los famosos gastos del Estado
¿Ha visto usted que el discurso político y adyacencias se ha venido centrando en la estricta conveniencia de limitar los gastos de sueldos en el Estado para obtener el tan manido ahorro del gasto público? Y para eso, sirve todo. Desde prohibir los ingresos de funcionarios en la Administración Central por la friolera de veinte años, como congelar los sueldos en valores absolutos, lo que implica rebajarlos violentamente en valores reales.
Yo usted lo sabe estoy casi de acuerdo con lo antedicho. Pero casi, solamente. ¿Por qué? Por varias razones.
1.- Impedir los ingresos durante veinte años en cualquier empresa (y el Estado tiene varias), significa que el hombre joven que usted veía trabajando hace diez años (que es cuando esto comenzó) es hoy un señor maduro; y dentro de diez años más será un veterano irascible, si debe continuar con el desempeño de una tarea menor, sin ningún estímulo de progreso. La tan manida virtud de cerrar la posibilidad de ingresos, lleva implícita la cancelación de expectativas de los que trabajan, el vaciamiento de tareas, turnos y ambiciones bien entendidas. Solamente quedarán sombras aburridas que darán razón a los que se quejan por lo mal administrado que está el Estado. Hay un principio de la buena administración que indica que la empresa tiene la edad del promedio de sus empleados. En todos lados falta un gurí de dieciséis años que corra por corredores y galpones, para arrimar papeles, herramientas, o iniciativas a los veteranos que deciden.
2.- El Estado es en cualquier país y Uruguay no puede ser excepción una fuente de oferta de empleos muy importante. Que lo digan los muchachos que egresaban de UTU con sus diplomas de oficios para inscribirse en UTE, Antel, OSE, AFE, ANP, y obtener un lugar de trabajo donde desarrollar sus conocimientos y sentirse útiles para su país. O los que pululaban en las distintas academias simultaneando sus estudios secundarios y terciarios para prepararse y dar un concurso en los Bancos del Estado.
3.- Claro que también estaban los otros, los que a falta de otras oportunidades, llenaban los clubes partidarios, colorados y blancos, en busca de la tarjeta de recomendación que los habilitara para ingresar en la Administración Estatal. Esos siempre fueron considerados la reserva para servirse del poder y perpetuarse en él. La obtención del empleo ¿era? La contrapartida de un trabajo político con apertura de baluartes, compromiso de la familia y militancia remunerada. Abundan los ejemplos de aquellos compatriotas que haciendo gala de un candor primitivo se defendían de las acusaciones de su falta de contracción al trabajo, afirmando que el mismo consistía en el apoyo a la acción política de su caudillo. En estos casos, el pacto no escrito se rompía cuando el funcionario, indignado, se sumaba a la organización sindical para reivindicar mejoras en sus emolumentos miserables. Porque allí, el invento comenzó a matar al inventor.
4.- Algo parecido ocurrió con los institutos de previsión social (hoy BPS). Durante décadas, los déficit presupuestales fueron sufragados religiosamente con el superávit de las Cajas de Jubilaciones, a las que se les abonaba religiosamente con títulos de deuda pública emitida en pesos uruguayos y que se los comió la inflación. Ello, sumado a las jubilaciones inventadas, las exoneraciones –de hecho o de derecho– de aportes patronales, o la más reciente sangría que practican las AFAP contra el BPS, han ocasionado que el actual sistema sea espantosamente deficitario. Pero los responsables no son los jubilados, ni los pensionistas.
Ahora, los hijos de aquellos que sembraron los polvos, nos traen los lodos disfrazados de necesidad de achicar el gasto del Estado. Y para demostrar que la cosa va en serio, limitan el uso del café en el Palacio Legislativo u otras lindezas.
Desconfíe amigo. Todo eso no es cierto, o, por lo menos, no es el centro del despilfarro que han venido y continúan practicando.
La semana que viene se la sigo. *
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