La agenda social de Lula

La noticia fue destacada en buena parte de los periódicos serios de nuestra América Latina.

En medio del clima de preocupación mundial por los preparativos para la guerra dispuestos por el gobierno de Bush, otras voces y otras decisiones parecían recordar que la condición humana no es sólo la guiada por la codicia y la guerra: en la primera reunión de su flamante gabinete ministerial, el Presidente Lula había decidido suspender la compra de aviones de combate. Esos recursos, fundamentó, serán aplicados a otro combate, el que Brasil libra contra el hambre.

La licitación para la compra de doce aviones cazas, por setecientos millones de dólares, ha sido postergada por un año.

Lula «carimbó» (puso el sello) de la agenda social la reunión inicial de su gobierno.

La reunión estuvo dominada por la preocupación de los gobernantes por empezar a desarrollar cuanto antes los programas de lucha contra el hambre y la pobreza levantados durante la campaña electoral.

La serena sensatez que evidencian los primeros pasos del gobierno de Luiz Inácio da Silva, su sensibilidad profundamente latinoamericana y tercermundista, su programa avanzado, democrático, nacionalista y popular está convirtiendo la experiencia de su gobierno en el punto de atención de amplios sectores de la opinión pública mundial.

Como resulta obvio, Lula no accedió a la primera magistratura del Brasil a partir de un proceso revolucionario, como sucedió en Cuba o en la Nicaragua sandinista. Se trata de un proceso político electoral inscrito en el marco de una institucionalidad como la brasileña, fuertemente teñida de conservadurismo, con prácticas políticas caciquistas y corruptas y grandes áreas sociales y geográficas dominadas por la «ley de la selva» impuesta por fazendeiros reaccionarios y políticos corruptos.

Sobre esa realidad ha crecido otro Brasil, tan gigantesco como aquél, conformado por la nueva industria, el desarrollo tecnológico y las luchas obreras y populares por el avance social.

La portentosa experiencia del Partido de los Trabajadores, liderado por Lula, ha sido construir un partido democrático, unido, coherente, capaz de implantarse en todo el territorio del país continente.

Desde ese partido, con apenas poco más de veinte años de existencia, se construyeron las alianzas políticas y electorales que hicieron posible el triunfo de las fuerzas del cambio.

Habría que retrotraerse más de treinta años en la historia de América Latina para encontrar otro proceso que tenga, con el que ahora se inicia, algunos rasgos en común: el triunfo de Salvador Allende en Chile, en 1969.

Desde entonces, muchas cosas han cambiado en el mundo y en nuestra América.

La mayor parte de esos cambios no ha sido para mejorar las condiciones en las cuales pueda desenvolver su gestión y cumplir con sus promesas un gobierno popular.

Aunque hay algunas diferencias importantes, las trabas y bloqueos y los intentos golpistas que han paralizado Venezuela, contra el gobierno constitucional y legítimo de Hugo Chávez, muestran las tremendas resistencias al cambio que desde adentro y desde afuera se alzan contra las propuestas de cambio en nuestro continente.

Lula ha iniciado su gestión con lealtad a sus compromisos con los más pobres, con transparencia acerca de sus propósitos y cordura en la búsqueda de amplios apoyos para alcanzar sus metas.

Buena parte del mundo mira a Brasilia, y al pobrísimo estado de Piauí, donde se aplicarán los primeros programas de emergencia contra el hambre.

Sólo cabe desear fervientemente que Lula consiga seguir «carimbando» con el sentido de la justicia social toda su acción de gobierno. *

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