Reforma tributaria y seguridad social

Hace 40 años decía Héctor Rodríguez, aquel formidable dirigente sindical y político que fue un orgullo para este país, que muchas de las conquistas que lograban los trabajadores, en definitiva, la terminaban pagando de sus propios bolsillos.

Si hoy vivieras querido Héctor, ¿qué tendrías que decir entonces? Ya en la década de los 60 estabas planteando el nudo de la cuestión: ¿de qué bolsillo sale el dinero para pagar la seguridad social?

En esos mismos años, otro personaje formidable, el economista argentino Aldo Ferrer, decía que en nuestros países subdesarrollados (y no en vías de desarrollo, según el lenguaje de los tecnócratas internacionales), resultaba más fácil nacionalizar empresas, que hacer reformas tributarias que gravaran a quienes más riqueza tenían. Como Héctor, sabía de lo que hablaba.

Cuatro decenios después el panorama se ha agravado. La estructura tributaria uruguaya se caracteriza por la pequeña importancia que tienen los tributos que gravan la renta personal. Y dentro de estos últimos, casi los únicos que son gravados son los salarios y jubilaciones.

A lo que se agrega que desde hace al menos 20 años, los incrementos del IRP, salvo en 1993-94, siempre fueron planteados como coyunturales ante emergencias fiscales, y devinieron en permanentes, esbozando una especie de teoría de la inevitabilidad y permanencia. Habría que agregar salvajes además, por sus consecuencias.

El ejemplo del último aumento del IRP es por demás elocuente de la política de estos buenos muchachos que nos malgobiernan.

Lo decíamos una semana atrás: los aportes patronales a la seguridad social son de los más bajos del mundo, mientras que los de los trabajadores son de los más altos. Y los puestos de trabajo, usado como pretexto para tamaña regresividad social, no llegan. Al contrario.

No es de extrañar entonces que Uruguay es el país en el que se dio mayor retroceso en cuanto a calidad del desempeño laboral, según el Panorama Laboral 2001 para América Latina y el Caribe de OIT.

Mientras se insista en las actuales políticas económicas recesivas, se profundizará el deterioro laboral, esto es, desempleo, subempleo, informalidad, trabajo en negro, etc.

La repercusión negativa en la seguridad social es obvia: se recauda menos, afectando la viabilidad financiera del sistema.

Cabe la pregunta entonces: con ese panorama ¿de qué bolsillos va a salir el dinero para financiar la seguridad social?

¿De los trabajadores, cada vez más subempleados, informalizados y más precarizadas sus condiciones de trabajo, tal cual pretende el gobierno actual, o de los que más tienen?

¡Claro!, no hay que olvidar que nuestro país no es ajeno a lo que sucede en la región, en donde la riqueza de 280.000 latinoamericanos creció un 13% más que el promedio mundial, y un 275% más que el crecimiento de los millonarios norteamericanos, asiáticos y europeos. Por ahí anda la cosa.

Si tendría razón Aldo Ferrer. *

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