Alerta con nuestros demonios internos
Hay gente que cree que los periodistas sienten una particular satisfacción cuando denuncian presuntos actos de corrupción. En cambio yo soy de los que sostienen que eso no es así, por lo menos en la gran mayoría de los casos.
Esto tiene mucho que ver con la actitud de los médicos, que también en la gran mayoría de los casos preferirían no descubrir enfermedades cuando no las hay. En este sentido recuerdo que una vez consulté a un médico por la salud de un amigo, sobre el cual yo había diagnosticado atrevidamente- un cierto mal. Luego de insistirle mucho a ese médico sobre la posible enfermedad de mi amigo, el médico cortó mi conversación con una drástica afirmación: «Yo soy siempre hincha del enfermo y no de la enfermedad», me dijo en una actitud que por cierto me molestó, pero que con el transcurrir del tiempo la comprendí en profundidad.
Al periodista sano le ocurre lo mismo: siempre es hincha, en primer lugar de la persona presuntamente involucrada en actos de corrupción. Por eso trata, en la medida de lo posible, de confirmar dos o tres veces una denuncia, cosa que hace no solo para cubrirse de cualquier error, sino porque es una actitud filosófica y mentalmente sana la de entender que la gente, usted y yo, es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Si esto no ocurriera así, el periodista caería en un tipo de patología peligrosa, próxima a cometer un acto por lo menos inmoral.
Otro de los peligros que tiene el periodismo, entre los tantos en que se puede caer en esta profesión, es que los comunicadores no asuman su responsabilidad de informar a la población de actos de corrupción, cuando se trata de amigos o de personas que están vinculadas al periodista por razones de amistad, identidad política, deportiva o filosófica.
Pero hay otro de los peligros que muchas veces sobrevuelan en las salas de redacción y tienen que ver con una actitud en un principio sana, que no pocas veces termina dominando como una enfermedad a cierto tipo de periodismo o de periodista. Me refiero a aquellos colegas que a diario luchan por mantener su independencia de todo centro de poder. Esto es muy frecuente en colegas que trabajan en medios de comunicación identificados filosóficamente con la izquierda. Cansados de que se les diga que están flechados, aunque ellos están convencidos de que eso no es así, todas las mañanas salen a la caza de un corrupto de izquierda, porque si logran uno, recién ahí podrán dormir tranquilos con su perfil de periodistas independientes. Cosa que no ocurre con la mayoría de los periodistas de derecha, porque su única forma de dormir tranquilos y con el trabajo asegurado, es no meterse con sus iguales ideológicos.
Ninguno de nosotros, los que nos sentimos filosóficamente de izquierda, estamos librados de caer en estas y otras tentaciones peligrosas. Entre otras cosas porque una vez superada la idea del periodismo de partido, que tenía que ver más con la propaganda que con el periodismo, sentimos que podemos contribuir mucho con la democracia y su transparencia, con ponerle fin a la opacidad del poder y con la transparencia de los partidos y los gobiernos de izquierda.
Pero el peligro de cometer errores no nos puede llevar a enmudecer y a no investigar. Por el contrario, tendremos que seguir ensayando en esa búsqueda permanente de la transparencia, sin la soberbia que nos da la propia ubicación de nuestra profesión en las estructuras de poder de una sociedad.
He leído por ahí que hay publicaciones filosóficamente de izquierda, así como sectores políticos de la misma, que se proponen descubrir cuáles son las relaciones de las mujeres y hombres de la izquierda con el poder de nuestra sociedad. Tarea interesante, de valor democrático, que deberá ser practicada con los mismos valores éticos que cuando se investiga a la derecha. Y digo esto porque siempre es más fácil «pegarle» a la izquierda y descubrirle sus males, que «pegarle» a la derecha, por lo menos en cuanto a la generación de enemigos. Si un periodista de izquierda le descubre a la derecha que contiene personajes corruptos, tendrá a la mitad del público en contra y a la otra mitad a favor. Pero si le pega a un personaje de izquierda, va a recibir el apoyo de la derecha y de una parte de la izquierda. En definitiva siempre da más rédito agarrársela con uno de izquierda, porque va a disminuir el nivel de insultos.
Como se nota de estos apuntes, soy de los que creen que la izquierda es mucho más sensible a rechazar de sus filas a los corruptos que la derecha (este es mi pecado y lo exhibo orgulloso).
En especial los periodistas de izquierda, que por lo general no nacimos de un repollo sino que tenemos antecedentes militantes, tenemos que autocontrolarnos sobre nuestras posibles envidias.
Hoy todos sabemos que la izquierda puede ganar en 2004, pero seguramente va a ganar con muchos candidatos y dirigentes que quizás no sean los más experientes según nuestro punto de vista, debido a que la izquierda ha ido creciendo electoralmente pero perdiendo como militantes a centenares de mujeres y hombres de distintas generaciones.
Lo peor que nos puede pasar, seamos o no periodistas pero sí parte de esa legión de mujeres y hombres que quedaron por el camino, es que empecemos a sentir que nuestro lugar fue usurpado por otros. Si este síndrome de la usurpación nos gana, podemos caer en el grueso de error de empezar a transitar por el no deseado camino de denigrar al otro.
Para esto no hay más que un solo antídoto: entender de una vez por todas que nadie usurpó nada y que quienes ocupan sus lugares de representación en la izquierda llegaron ahí por derecho propio, se esté de acuerdo o no con ellos.
Sin esta cuota de humildad, que no es de resignación, pude subirse a nuestras cabezas la soberbia que nos da el derecho bien adquirido de ejercer el poder del periodismo, desde una sensibilidad de izquierda.
Con estas reflexiones no estoy poniendo en duda la entereza moral de nadie, menos de quien hoy ha denunciado a una persona vinculada a la IMM y que, además, no está enmarcada entre quienes sufren del síndrome de la usurpación.
Sé muy bien que Sergio Israel, un verdadero amigo a quien le he dado mi solidaridad junto a otros colegas, no tiene ambiciones políticas y mucho menos que haya sido ganado por el mal de la usurpación, lo que por lo general lleva a desatar todos nuestros demonios internos. Es un alerta a todos, donde me incluyo en primer lugar. *
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