Lula presidente
Luis Inácio (Lula) da Silva es desde ayer el presidente del mayor país de América Latina, la quinta potencia mundial en materia económica. No podemos, desde esta columna, dejar de lado la afirmación de que se ha abierto una esperanza innegable en el continente, pues Lula es un hombre que además de provenir de una familia obrera tiene tras sí un partido político, el PT, de contenido clasista y estructura moderna, que ve el futuro con una óptica humanista, contradictoria con el pensamiento globalizador de los organismos multilaterales de crédito.
El combate a la pobreza que ha prometido el gobierno que desde ayer gobierna Brasil, un elemento tan simple, es a la vez revolucionario en un continente en donde ese flagelo es un mecanismo de dominación y, además, el resultado de las políticas impuestas por el capitalismo planetario que, en lugar de velar por la vida y el futuro de los pueblos, impone una creciente acumulación de capital en la que los países de esta parte del mundo son simplemente proveedores del mismo.
Ya el nuevo gobierno ha dado muestras de haber optado por un claro camino independiente. Cuando el asesor de Lula, Marco Aurelio García, debatió con Fidel Castro en Cuba, entre otras cuestiones, la actual crisis venezolana, la repuesta práctica fue que la empresa brasileña Petrobras vendiera 525 mil barriles de petróleo a Venezuela y luego, además, de que la OPEP le diera apoyo al país en conflicto, pese a la negativa de USA. Para Venezuela fue un notable espaldarazo, con el cual el presidente Hugo Chávez pudo reafirmar su constitucionalidad cuestionada por una huelga salvaje. El «oxígeno» enviado por Brasil, en una de las primeras decisiones del gobierno, en ese momento todavía electo, de Lula, tiene ese contenido significativo, solidario y profundamente democrático.
Por supuesto que el gobierno que comienza en Brasil no caminará por senderos tapizados de pétalos de rosa. Las contradicciones en el país vecino seguirán siendo importantes y, en algunos casos, se agudizarán. Y ello Lula lo sabe y para ello su partido, el PT, está conformando una potenciada base social que apoye cada medida, pese a algunas contradicciones que han aparecido en el marco de la formación del gabinete ministerial. Hay una noticia de último momento que muestra una cara poco feliz del empresariado «nacional» brasileño, eventual aliado del nuevo gobierno y sobre el que se cifran esperanzas de una colaboración esencial para que el país del norte pueda multiplicar, como lo necesita, su desarrollo.
El presidente de la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (Fiesp), Horacio Lafer Piva, afirmó ser optimista, ya que por primera vez la «ideología está más débil que los intereses de la sociedad». Pero a continuación argumenta que dicho triunfo social devendrá de las reformas tributarias, políticas y laborales, que comenzarán a concretarse en la reunión del Copom, del mes de febrero, donde esperan negociar una reducción impositiva. Reducción, que según Lafer Piva, ayudará para que la psicología empresarial piense en nacional.
Pese a sus declaraciones malabaristas para disimular su evidente signo ideológico, termina diciendo: «Nosotros no queremos más esas interpretaciones simplistas, como que la industria va a disminuir un 10% la carga horaria, lo que significaría un aumento en el costo de la hora trabajada, es decir más costo y menos competitividad».
Evidentemente, un claro frente de tormenta, con que el nuevo gobierno deberá lidiar, pues en las concepciones ideológicas clásicas el empresariado nacional tiene el papel de motor fundamental para el desarrollo. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad