Cuando las importaciones son malas
Un fantasma recorre el mundo globalizado y amenaza con hacer retroceder el reloj de la historia: el proteccionismo. Los primeros pasos de esta danza que caracterizó a 2002 los dio el presidente George W. Bush, primero con las tarifas aduaneras sobre el acero y después con la política de supersubsidios a la agricultura. Un fantasma que demuestra que Uruguay está cada vez más alejado de la realidad económica y que, en cada una de sus medidas, retrocede algo más.
También la aprobación de la nueva ley de Autoridad de la Promoción Comercial (antes conocida como «vía rápida», autoriza al Ejecutivo a negociar acuerdos comerciales que el Congreso deberá aprobar o rechazar sin posibilidad de enmiendas) ha sido contrapesada por la introducción de tantas cláusulas sociales y ambientales que, según algunos analistas, terminará por frenar el comercio en vez de impulsarlo.
Esta es la primera vez en dos decenios que las barreras comerciales han comenzado a elevarse. En 2001 el comercio mundial registró un movimiento negativo –no sólo por causa del 11 de setiembre- y la tendencia sigue siendo grave aunque las estimaciones para 2002 muestran una modesta recuperación.
El tiempo permitirá comprender si el viraje proteccionista de Bush ha sido dictado por exigencias electorales inmediatas o si la administración republicana se ha identificado con el lema del proteccionismo: «el comercio es bueno pero las importaciones son malas».
Este viraje puede acarrear ventajas en el corto plazo a los grandes lobbies –tanto empresariales como sindicales– de las industrias siderúrgica, textil y de la agricultura en ambas márgenes del Atlántico Norte. Pero no beneficiará a la economía en su conjunto, ni a los consumidores occidentales, ni a los centenares de millones de trabajadores de los países en desarrollo que han podido aprovechar las ocasiones ofrecidas por la globalización económica.
Y, lamentablemente, en este panorama del mundo es que Uruguay se aferra a la exportación como casi exclusivo mecanismo de reactivación, sin importarle al gobierno seguir deteriorando el mercado interno vía la caída continua de los salarios.
El viento proteccionista también sopla en Europa y no solamente en la fortaleza inexpugnable de la Política Agrícola Comunitaria (PAC). La crisis económica está provocando una serie de reclamos de intervención estatal y de proteccionismo comercial con argumentos que coinciden con los de los líderes de las protestas contra la globalización.
En los costos de la producción occidental están incorporados los derechos y las tutelas que, justamente, protegen a los trabajadores y a los ciudadanos de esta región. En cambio, la producción de los países de reciente industrialización no tiene esos costos debido a la ausencia de tales derechos y tutelas. Por lo tanto, se afirma, esta es una competencia desleal e insuperable. Según este razonamiento, si una válvula producida en Italia cuesta 100 y otra idéntica producida en Asia cuesta 10, la situación es intolerable y se invoca el proteccionismo europeo.
Es un razonamiento erróneo y peligroso. Para refutarlo no hace falta desenvainar la teoría de las ventajas comparativas sobre la creación de la riqueza de las naciones de Adam Smith y David Ricardo, basta con observar la realidad, que es indudablemente dura aunque no por culpa de las válvulas. *
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