Brindis por nosotros
Tenemos tendencia a considerar que el peor dolor y la peor desgracia son los actuales, mientras que, por el contrario, la mayor alegría es la que ya pasó. Pienso que eso se debe a que olvidamos rápidamente los dolores y desgracias padecidos, mientras que no valoramos lo suficiente las alegrías actuales.
De todas maneras, tanto usted como yo consideramos este primer y único año capicúa del siglo, como un año malo, muy malo. Y afirmamos que la crisis actual es la peor que hemos vivido y la más grave por la que ha atravesado la República.
Sin embargo, fíjese usted, los que ya somos grandecitos tenemos el raro e inútil privilegio de haber vivido dos años capicúas; cosa de la que no pueden vanagloriarse los congéneres que hayan nacido después de 1991, ni podrán hacerlo los que nazcan en los próximos novecientos años. Y ese privilegio lo compartimos con la igualmente doble experiencia de haber atravesado por la crisis que se abrió con los años setenta del siglo XX, y la actual; la que todos los días nos preguntamos si ya habrá pasado lo peor y sospechamos de todos aquellos que realicen semejante afirmación.
¿Cuál fue peor?
Hace un par de semanas se informó por la prensa, que aquella crisis y ésta, habían provocado corrientes migratorias similares. Es decir que la sangría de gente que provocó la dictadura, fue similar a la que sufrimos en la actualidad.
En los setenta y ochenta los uruguayos luchamos contra la crisis económica, pero –y especialmente– por la recuperación de las libertades y los derechos ciudadanos; y lo hicimos a un alto costo. Nos aplicamos a combatir la dictadura y no cejamos: ni por la represión sangrienta, ni por el desánimo que cundió en muchísimas cabezas en largos períodos de aquellos once años.
Pero habíamos determinado bien cuáles eran las causas y quiénes fueron los responsables; por lo tanto, estuvimos condenados a derrotarlos.
En este 2002, comenzamos a desbrozar el camino, indagando sobre las causas y los responsables de esta brutal crisis económica que destruye fuentes de trabajo, calidad de vida y conquistas laboriosas logradas por nuestras organizaciones sociales y políticas. ¿Fue un problema importado de Argentina? ¿Comenzó con la aftosa? ¿Estuvo bien lo que se hizo desde el gobierno mientras actuaba amparado en la coalición, sin escuchar a nadie más? ¿Está bien lo que se hace ahora? Y no quiero seguir con las interrogantes.
Tengo claro que no podemos esperar que alguien, u otros nos saquen del atolladero. El problema es nuestro; es suyo, es mío. Corresponde a nosotros buscar las salidas. Disponemos para eso de las grandes herramientas que construimos entre todos los que tenemos el extraño e inútil privilegio de haber vivido dos años capicúas.
Continuemos pues, organizando, juntando firmas, pegados a nuestros conciudadanos, a nuestros iguales en la vida diaria, fortaleciendo y ensanchando los caminos de la unidad; haciendo política, en definitiva. Estoy seguro que, de esa manera, saldremos adelante. *
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