Mal camino para nuestra diplomacia

Las declaraciones formuladas el pasado martes por el canciller de la República, el sanguinettista Didier Opertti, resultan sorprendentes e infelices en más de un sentido.

En primer lugar, desde un gobierno que ha clamado una y otra vez por encarar determinadas áreas del quehacer nacional como constituyendo el patrimonio de «políticas de Estado» en la que –según reclama el gobierno– todos los partidos concuerdan y la orientación de la República no está expuesta a los vaivenes de los cambios de gobierno, el canciller emite unas declaraciones –que cuestionan la legitimidad del gobierno democrático y constitucional de Hugo Chávez–, que están en las antípoda del pensamiento unánime del Plenario de la Cámara de Diputados, donde  precisamente– están representados todos los partidos.

Las «políticas de Estado» que aplica Didier Opertti lo son, pero… al revés. No representan el sentir nacional, sino su contraria.

En segundo lugar, históricamente en el país se ha desarrollado, aunque de manera inconstante, una cierta línea de acción diplomática que pone el acento en el principio de no-intervención, caro a las mejores tradiciones diplomáticas latinoamericanas.

Principio de no-injerencia en los asuntos internos de los Estados, absolutamente racional y coherente con las líneas que al Uruguay, país pequeño colocado entre colosos, le resulta la más compatible con sus legítimas necesidades y sus genuinas posibilidades como nación.

Principio de salvaguarda de la autodeterminación de los pueblos que ha sido invocado más de una vez cuando algunos de nuestros pueblos de la región ha estado sometido a las presiones externas de las naciones más poderosas.

En la instancia actual, al colocarse a la cola de la política exterior norteamericana, y de espaldas a las tradiciones latinoamericanas más sentidas, nuestro gobierno lastima estos dos rasgos de nuestras concepciones internacionales del mejor linaje nacional y, vale la pena agregar, nacionalista, dicho esto tanto en su acepción más local (como ligazón con el viejo partido de Oribe) como en el sentido más genérico.

En tercer lugar, a nadie se le escapa que aparecer en el momento actual «del brazo y por la calle» con la agresiva diplomacia norteamericana de estos tiempos conlleva, inevitablemente, un grado considerable de confusión y de contaminación.

Habría que remontarse muy atrás en la historia de las relaciones entre los Estados Unidos y el resto del mundo y también de nuestros países latinoamericanos –los tiempos conocidos como los del «gran garrote», con Theodor Roosevelt–, para toparnos con una actitud tan despótica y arrogante, tan propensa a la utilización drástica de los medios de fuerza, en perjuicio de la aplicación de los tratados y la defensa de las normas de derecho internacional, por parte del coloso del norte.

Nunca como ahora el poderoso gobierno de la Unión ha sido más irrespetuoso de los acuerdos de las Naciones Unidas y de las instancias de regulación y contralor establecidas por la comunidad internacional.

Nunca como en estos tormentosos días de comienzos de milenio, el gobierno de los Estados Unidos ha aparecido ante la opinión pública mundial como portador de amenazas terribles, decididas sorpresiva e unilateralmente, como las que despliega en estos días contra la República Democrática de Corea y contra el régimen de Saddam Hussein.

Las extemporáneas declaraciones de la Casa Blanca contra el gobierno constitucional de Hugo Chávez, a las que ahora comedidamente se suma el canciller de la República, son apenas una cuenta más en un largo rosario de tronantes amenazas proferidas en estos días por los jerarcas del Departamento de Estado o del Ministerio de Defensa norteamericanos.

¡Qué oportunidad se ha perdido el gobierno –y especialmente el canciller– de tomar distancia de la demencial carrera hacia la guerra emprendida desde Washington!

¡Y qué oportunidad también de mostrar, como lo han hecho otros gobiernos de la región, nuestro espíritu latinoamericanista y nuestro apego al principio de no intervención! *

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