La obsesión por el amanecer

Uno estaba acostumbrado a que cuando llegan los últimos días del año era posible hacer un balance y trazar perspectivas desde la óptica de que había culminado una etapa.

Hoy, en este país de incertidumbres y de angustias, lo único que ha culminado son las clases de primaria y secundaria y el campeonato uruguayo de fútbol. Mientras que el resto del acontecer de la sociedad aún está en proceso.

La crisis que viene de lejos y se precipitó a mitad de año no sólo no ha llegado a su fin, sino que además no ha mostrado aún todas sus facetas. Más que pensar en nuevos planes, en nuevos objetivos, la sensación que a muchos invade es que hay que seguir buceando en los espacios de una realidad que surge dramática y que puede serlo aun más.

Todos sabemos que llegaremos a 2003 con más desempleados, con el aparato productivo absolutamente parado, con más uruguayas y uruguayos que se van del país, con vecinos y vecinas que no tienen ningún tipo de estabilidad y que todas las noches, cuando en el hogar se encuentran sus integrantes dudan encarar la realidad de frente, porque la gran mayoría no tiene formas de recortar los gastos y mucho menos de imaginar alguna salida para superar las dificultades que tendremos que abordar en los próximos meses.

Uruguay es hoy un país en que su gente no vive tranquila, siente frustración y bronca, y a la vez es una población que continúa sus rutinas diarias, como si hubiera elaborado un pacto tácito para detener las horas, porque si las agujas del reloj avanzan se viene la noche, silenciosa e indetenible.

El desafío es recuperar la confianza en nosotros mismos y en la capacidad histórica que tenemos como pueblo para salir de circunstancias adversas. Por todo esto tenemos que saber detectar dónde está la clave o el punto de apoyo para comenzar a trazar nuevos rumbos y a elaborar estados de ánimos distintos. Para los progresistas es claro que las energías están dentro de la propia sociedad y que se manifiesta fundamentalmente a través de la política. Si esto siempre es así en una sociedad democrática, mucho más lo es cuando no tenemos fuerzas económicas poderosas, ni creemos en apoyos internacionales que nos vengan a salvar.

El creciente apoyo de la ciudadanía al Encuentro Progresista- Frente Amplio, ya ha generado un cuadro político nuevo, dejando al desnudo que la coalición de gobierno fue nefasta para el país y no sólo por su errónea política económica. También fue nefasta por el estilo de gestión y administración de privilegios y porque la forma que adquirió esa coalición llevó a que el parlamento fuera relegado a un segundo plano, lo que debilitó a la democracia de contenido.

Ante el susto electoral provocado por las encuestas que colocan a la nueva mayoría del Encuentro Progresista y el Nuevo Espacio en las puertas del gobierno, el Partido Nacional no sólo se retiró del gabinete ministerial para no aparecer como responsable de la crisis, sino que además generó –hay que reconocerlo– una oxigenación del sistema político y una mayor actividad democrática.

Esta nueva movilidad de los actores políticos le hace bien al país porque lo destraba y brinda la posibilidad de que se debatan propuestas e ideas, generando un nuevo e incipiente interés de los uruguayos en la cuestión política. Pero también le hace bien al EP-FA que desde el 1ª de marzo 2000 viene planteando la necesidad del diálogo y de la administración de las diferencias, para que la síntesis del debate sea fuerza, acción y no paralización.

El gobierno del doctor Jorge Batlle tuvo la posibilidad de haber generado ese diálogo, mucho antes de que el país quebrara. Mucho dolor nos hubiéramos ahorrado y quizás la situación del país pudo haber sido otra. Prefirió la soberbia, dándole la espalda a la oposición y en muchos casos hasta a sus propios aliados.

Ahora el EP-FA tiene la obligación de pasar a una nueva etapa que tendrá mucho de movilización y de alianzas, otro tanto de negociación, teniendo la iniciativa en el escenario de las propuestas. La intención debe ser construir un nuevo sentido común positivo, donde el país pueda comenzar a palpitar el sentimiento del cambio, donde la obsesión de todos sea superar el hoy para que llegue el amanecer. Sólo renovando nuestro compromiso con la gente, se puede enfrentar con éxito este presente que ningún uruguayo se merece. *

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