El círculo vicioso
Los condicionamientos para la reactivación productiva tienen relación, en su amplia mayoría, con la dispendiosa actitud del gobierno que vació las arcas públicas, dándole asistencia a bancos que sufrían un deterioro producto de errores del propio Banco Central (recordemos situación del Banco de Galicia), que multiplicó en magnitud, exponencialmente, la corrida que fue el resultado de la crisis argentina.
Que se diga que las arcas del tesoro nacional están exhaustas, no es novedad para nadie. De allí salió buena parte del dinero que se «tiró» a los bancos en dificultades y a banqueros, faltos de escrúpulos, que multiplicaron el proceso de vaciamiento haciendo desaparecer, literalmente hablando, cientos de millones de dólares que sólo algunos saben adónde fueron a parar.
Por ello es que, para algunos economistas, la expansión del gasto público no es de recibo para impulsar la reactivación y, por supuesto, se afilian también a la política del gobierno de actuar en una reducción del déficit, vía un nuevo achicamiento del salario real. Los funcionarios del Estado seguramente recibirán entre un 5 o un 7 por ciento del IPC del año, que supera en mucho esa cifra, por lo cual el poder de compra de este sector se reducirá aun más. Se venderá menos combustibles, se consumirá menos energía, bajará la venta de alimentos, de prendas de vestir, habrá –por consecuencia– menos producción nacional, caerá aun más la importación, cerrarán más establecimientos, se multiplicará la evasión impositiva, crecerá también la cantidad de gente que dejará de pagar la patente de sus vehículos y ni hablar de los seguros. Por consecuencia cerrarán empresas, tanto industriales como comerciales, crecerán los asentamientos abonados por la incesante marginalidad de la población, llegando los niveles de desocupación a cifras, seguramente, récords.
Por supuesto, bajará la recaudación y crecerá el déficit fiscal que, en lugar de reducirse de acuerdo con las previsiones oficiales, se multiplicará.
Lo que nos preguntamos a esta altura es si, realmente, para el gobierno no existe otro camino que el recesivo, el de intentar extraer más millones de dólares del circulante, ya escaso, impidiendo toda posibilidad de recuperación. El sacrificio de la gente tiene límites y no es posible que se continúe en el mismo camino irresponsable, de hacer pagar la crisis a los asalariados y, como consecuencia de ello, a todo el aparato productivo.
Esta política atroz, producto de las irresponsabilidades del pasado reciente, se suma a los otros procesos paralelos, que son también consecuencia de lo mismo, como la falta de crédito que tiene vinculación a tasas de interés fuera de toda lógica y que, además, no tienen vinculación con ninguna de las variables esperadas.
La gravedad de la hora debe azuzar la imaginación –sin miedo a las opiniones de los organismos internacionales a los que poco les importa que en los hospitales públicos no haya medicamentos, ni que aumente la desnutrición infantil y menos que la gente, como en la Argentina, comience a morir por falta de alimentos– y se debe actuar de inmediato.
Una crisis como la uruguaya no se resuelve, eso es evidente, con más recesión, especialmente cuando los niveles de pauperismo están superando todos los límites. Seguir en el mismo camino es paralizar, finalmente, todo lo que todavía funciona. Por ejemplo, la caída del consumo, puede determinar para la mantención de ecuaciones de funcionamiento en empresas públicas, dada la rigidez de su gasto, a una seguidilla de incrementos interminables. Ya se está hablando de un nuevo precio para los combustibles que de producirse, como reguero de pólvora, hará estallar el funcionamiento de las intendencias, ya que se acentuará el proceso del no pago de patentes a lo que se sumará la caída del consumo de los propios combustibles. Cualquier montevideano puede advertir como se ha reducido la circulación del parque automotor.
Seguir en ese círculo vicioso no razonable, además de ser profundamente inmoral. *
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