La arrogancia ilimitada del Sr. George W. Bush

Lo pasa una semana sin que Washington dé nuevas muestras del propósito de imponer su voluntad en todo el mundo, aunque para ello deba pisotear todas las leyes y todas las soberanías.

Efectivamente, en el término de unos pocos días, el gobierno del señor George W. Bush la emprendió no sólo contra el régimen de Saddam Hussein en Irak sino contra Corea del Norte y contra el régimen democrático y constitucional de Hugo Chávez en Venezuela.

Para el gobierno norteamericano, el «eje del mal» se alarga o se encoge de acuerdo a los momentos y a los intereses de la administración.

En el caso del contencioso con Hussein y el régimen de Bagdad, la semana ha tenido como novedad el anuncio por parte de las autoridades norteamericanas de que la fuerza militar de los Estados Unidos no vacilaría en emplear armas nucleares para derrotar a su ahora enemigo. Parecería que después de tantos años de denuncias acerca del carácter radicalmente inhumano y mortífero de las armas nucleares –más de medio siglo después de Hiroshima y Nagasaki–, la elite política norteamericana no hubiera aprendido nada ni aceptado nada de lo que, en innumerables instancias de las Naciones Unidas y foros internacionales de todo tipo, se ha venido denunciando acerca de los daños irreparables producidos por este tipo de armas.

Paralelamente a estos anuncios inquietantes, desde el Pentágono se anuncia que ya hay más de setenta mil soldados norteamericanos instalados en las inmediaciones de Irak, a la espera de la decisión de ataque.

Poco ha importado para la adopción de estas medidas el desarrollo de las observaciones y constataciones llevadas adelante por expertos por encargo de las Naciones Unidas: aunque los inspectores digan lo contrario, los funcionarios del gobierno del señor George W. Bush, «ya saben la verdad», «saben» que Saddam miente, y todo lo demás.

A partir de esta nueva estrategia norteamericana que sostiene que cualquier país o grupo terrorista que amenace con el uso de armas de destrucción masiva será atacado con toda la fuerza militar norteamericana, incluso con la bomba atómica, la situación de tensión se extendió hasta Corea del Norte.

Hace apenas unas semanas EEUU suspendió la venta de petróleo a ese país invocando la existencia de plantas nucleares. La decisión ha resultado bastante inesperada y no ha hecho otra cosa que exasperar a las autoridades norcoreanas, que han dispuesto la reanudación de las operaciones en las plantas nucleares con las que pretenden obtener la energía que necesita ante el bloqueo del petróleo.

En este contexto se produce la agravación de la intervención norteamericana en la vida interna de Venezuela. Aunque hasta ahora no se lo haya enunciado de este modo, para la administración Bush, el gobierno de Caracas ha pasado a formar parte de las situaciones si no de peligro, al menos de inconveniencia e incomodidad para los intereses de los Estados Unidos.

Ya en el fracasado intento de golpe de Estado del pasado mes de abril, la participación de la diplomacia civil y militar de los Estado Unidos había sido denunciada como uno de los factores que contribuyó a intensificar las tensiones en Venezuela. Una actitud de una irresponsabilidad y un aventurerismo realmente significativa.

Según anunció la Casa Blanca, el gobierno de los EEUU quiere que en Venezuela se realicen, como quieren los golpistas que se enfrentan al gobierno constitucional, elecciones anticipadas. Como es sabido, la Constitución de ese país sólo habilita la realización de este tipo de elecciones una vez transcurrida la mitad del mandato presidencial, es decir lo permitiría en agosto de 2003.

La presión norteamericana sobre Caracas entraña una intervención descarada y apunta a una grosera violación de la Carta Constitucional de esa república soberana.

La arrogancia imperial del señor Bush parece no tener límites. *

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