SACAPUNTAS

Qué tristeza

 

Ya no hay confianza en los administradores públicos. Nosotros, los ciudadanos contribuyentes, estamos desconfiando como un turco ante un fiado de aquellos a quienes hemos ungido para representarnos y para preservar, por sobre todo, el patrimonio nacional y el bien común.

Por ejemplo, ¿quién les cree hoy a los directores del Banco Central? No, no se trata de que carguen sombras sobre su conciencia; a decir verdad, y si uno desestima cierta inexperiencia, no se les ha hallado responsables de pecado alguno. Pero es tan expansivo lo ocurrido con sus antecesores, que están siendo castigados por una suerte de inercia de la culpa ajena.

Hablando de antecesores, cartón lleno. Si hacía falta una bolilla, apareció.

El diputado Bayardi exhibió en el Parlamento un informe de los servicios técnicos del Banco Central, desaconsejando el apoyo financiero del Estado al Banco Comercial debido a su negativa situación patrimonial. Y ojo, lector: su propia ley orgánica prohíbe al Central dar dinero a otros bancos así escorados. Sin embargo, la plata de todos nosotros, giles de cuarta siempre a mano, aterrizó en el Comercial. Ahora se discute ardorosamente si el directorio del Central recibió el informe o se lo quedó el Gran Bonete.

Qué tristeza.

Por otro lado, al declarar frente a la comisión investigadora de Diputados, los ex directores del Central se tiraron de las mechas. Los colorados César Rodríguez Batlle y Eva Holz y la blanca Rosario Medero parecen haber vivido en galaxias diferentes durante su mandato. Han cruzado acusaciones y desmentidos sin pudor alguno, ante la perplejidad de una ciudadanía que mira alrededor buscando un poco de sensatez a la que asirse.

Qué tristeza.

Si alguien sugiere que esta desconfianza ciudadana no tiene justificación, porque Medero se confundió y Rodríguez Batlle y Holz hicieron lo correcto, o porque desatender el informe de los Servicios Técnicos fue culpa de la Superintendencia del Central y no del directorio, que le vaya a cantar madrigales a Magoya.

A este Lázaro no lo levanta ni Jesucristo. *

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