Hacia un proyecto nacional

 

La refundación o la reconstrucción nacional, el gobierno patriótico, tiene que sustentarse en un verdadero proyecto de país.

Nosotros no vamos a ser nunca más el país que algún día fuimos. Ese país lo destruyeron blancos y colorados en una verdadera obra de desestructuración que no fue producto de un error o una serie de errores. Fue obra del desarrollo de un proyecto de país reñido con su historia y sus tradiciones.

Vaya paradoja: los que nos hablan de las tradiciones de la patria o nos recuerdan lo que hicieron Batlle y Ordóñez o Luis Alberto de Herrera en el pasado, recorrieron en el presente el camino inverso a aquel que invocan, para construir esta ruina que tenemos ahora.

No vamos a ser nunca más aquel país que fuimos…

Pero podemos ser un país distinto a este que somos ahora. Un país que recupere la producción, el trabajo y el esfuerzo de los orientales, para construir un modelo apoyado en la cooperación y la solidaridad.

Para ello hay que recordar, por lo menos brevemente, el camino que recorrieron en los últimos 10 o 12 años.

Primero proclamaron que había que tercerizar el trabajo en los procesos de producción e introdujeron la flexibilización laboral. Y lo consagraron cuando aprobaron la Ley de Inversiones. Aparentemente se harían más eficientes los procesos productivos y, sobre todo, reduciría los costos de producción.

Ello fue de la mano con la necesidad de introducir tecnología que, por un lado, sustituiría mano de mano y, por otro, obligaba a grandes inversiones a los productores, industriales y agropecuarios.

Apoyaron este proceso con la introducción obligatoria de nuevas normas de calidad, avanzando más y más por las ISO nueve mil… , sin la aplicación de las cuales no se podía ingresar mercaderías a los países del primer mundo, pero con la aplicación de las cuales se ingresaba en una lógica de dudosa efectividad y que también obligaba a mayor inversión.

Posteriormente, calificaron la inversión y sus prioridades, y desde la derecha, el centro y los tecnócratas de izquierda nos trataron de convencer que hay procesos que no son racionales, no son eficientes y no son rentables. Que no podían competir en el Mercosur y que difícilmente podrían sobrevivir.

En un solo acto mataron a la pesca, las curtiembres, las textiles y las metalúrgicas. Después, en un proceso más largo, hirieron de muerte a la construcción y las ramas afines. Decenas de miles de trabajadores quedaron sin trabajo, muchos propietarios quedaron endeudados de tanta tecnología que introdujeron, no le pudieron vender nada más a nadie y algunos, solamente algunos, se reciclaron como importadores.

Los productores se endeudaron con la tecnología a cuestas y los bancos se le empezaron a quedar con las tierras.

Los créditos para la producción empezaron a tornarse cada vez más difíciles y se sustituyeron por los créditos para el consumo.

Sin producción, sin trabajo y sin plata en la calle, el comercio, a pesar de los créditos cada vez mayores, empezó a agonizar.

Finalmente, el proceso de desestructuración, basado en la consigna de que la variable de ajuste es la recesión y la crisis, condujo a poner en la picota a los propios bancos: se trabajó durante años y años para construir una plaza financiera, pero cuando el aparato productivo hizo crisis, cuando tocó fondo el trabajo y el comercio, los bancos y el sistema financiero siguieron el mismo destino que las actividades productivas y comerciales.

El proceso de desestructuración fue llevado adelante con tanta inteligencia que casi todos los sectores en juego murieron solos. Los que lograban sobrevivir un tiempo más, racionalizaban los hechos y le explicaban a los que se quedaban sin trabajo o sin empresas que así son las cosas.

Primero quedaron por el camino algunos trabajadores de empresas productivas, mientras los propietarios explicaban que, si no achicaban los gastos para que sobrevivieran algunos, iban a quedar todos juntos por el camino. Pero, finalmente, la quedaron todos, unos primero y otros después, los trabajadores y los propietarios.

Los productores agropecuarios apostaron a la tecnología y a la reducción de los gastos del Estado, después, cuando disminuyeron los gastos, la cosa fue todavía peor.

Sin embargo, seguían sobreviviendo los bancos y los bancarios se transformaban en trabajadores de otro mundo: aumentaron su nivel de vida, y el club, las casas, el veraneo y el colegio privado estaban adentro de una burbuja que se elevó por los aires, tembló y súbitamente se quebró. Los bancarios que corren el riesgo de quedarse sin trabajo son mucho menos que los trabajadores de la producción que quedaron por el camino, pero su drama humano es mucho más grande o más hondo, pues la quiebra de sus fuentes de trabajo terminan también con un estilo de vida que se quebró con la burbuja financiera.

Durante este proceso de desestructuración, a pesar de que fue tocando a los más diversos sectores, no hubo condiciones para dar la lucha de conjunto contra el modelo: lo trataron de hacer las fuerzas políticas, pero no lograron unificar a las fuerzas sociales, porque muchas de ellas se jugaban a las expectativas que trataba de crear el gobierno.

Cuando quedó en evidencia que las expectativas eran falsas ya era tarde.

Los que daban la lucha no eran acompañados y las luchas sectoriales murieron de a poco y una por una. Se crearon resquemores y construyó desconfianza, al punto que, cuando nuevos sectores se volcaron a la lucha, despertaron la indiferencia de los que la habían quedado antes.

El proceso de reconstrucción tiene que empezar, precisamente, por la reivindicación de las cosas que primero fueron quedando por el camino.

Hay que reivindicar el trabajo y los valores que el trabajo crea.

Hay que reivindicar la producción nacional y el desarrollo del mercado interno.

Hay que considerar patrimonio nacional el aparato productivo y la capacidad ociosa instalada en el país.

Hay que defenderla todos los días, sin esperar las elecciones y hay que hacerlo a partir de los trabajadores o los desocupados que hicieron uso de las instalaciones industriales o la tierra actualmente improductiva.

Hay que defenderla junto a los propietarios que estén dispuestos a participar en un proceso profundo de refundación nacional.

Y hay que construir el sujeto social, organizado y con capacidad de organizar, que será la base fundamental de la reconstrucción o la refundación nacional.

Es una larga cadena de «hay que…» que tiene que servir de base a la movilización social: a una nueva movilización, de carácter distinto, que apunte a recuperar el trabajo, la producción y la identidad de los orientales. *

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