Día Universal de los Derechos Humanos
Desde que un 10 de diciembre de 1948, a la salida de la II Guerra Mundial la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó la DECLARACION UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS, esta fecha se transformó en la fecha mundial de la defensa de este principio.
Se salía de una guerra cruel que había horrorizado la condición humana y se buscaba crear las instituciones y la conciencia que impidiera repetir dicha tragedia.
Las luchas de los pueblos de Latinoamérica durante la nefasta década entre los 70 y los 80, que enfrentaron y derrotaron las dictaduras facistas que asolaron nuestro continente, demostraron que la lucha por la libertad y la democracia es eterna.
Que cuando las fuerzas económicas se monopolizan ejercen la violencia para salvaguardar sus injustos intereses.
Es más, las heridas emergentes de este duro período, todavía requieren tiempo de cicatrización. También de verdad, memoria y justicia.
El encarcelamiento y procesamiento del dictador Pinochet, campeón de la proclamación de la III Guerra Mundial, con sus manos tintas en sangre del pueblo chileno, fue una justa conmemoración del 50 Aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Se afirmaba la preeminencia de los derechos humanos como principio universal. Tal principio fue establecido formalmente por una Conferencia Internacional en 1998, en Roma, organizada por Naciones Unidas. Se aprobó la formación de un Tribunal Penal Internacional que fue ratificado, a pesar de notorias deserciones.
Cuando en nuestro país, la Justicia Civil, la única justicia real para juzgar a los ciudadanos con ecuanimidad, procesó y encarceló al ex canciller Juan Carlos Blanco, por corresponsabilidad en el encubrimiento de un secuestro, asesinato y desaparición de una maestra bajo el período dictatorial, que llevó a la ruptura de relaciones con Venezuela, se demostró que los procesos tardan pero llegan. Que nada es en vano. Que la búsqueda de la verdad y la justicia no está inspirada en la venganza ni en el rencor, sino en el sagrado principio de la justicia.
También se reafirmó la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y la decisión de promover el progreso social y la aspiración a un nivel de vida dentro de un concepto más amplio de libertad.
Este es un gran desafío del siglo XXI. Pero debemos decir con sinceridad que estamos muy lejos de dicho deseo. Con una Humanidad con 1.200 millones de personas que carecen de la seguridad humana más elemental.
En particular nuestra América Latina con más de 200 millones de pobres y el continente con mayor desigualdad social.
La explotación del trabajo infantil, la discriminación por etnias y sexos, el desempleo creciente, son flagelos que merecen nuestra preocupación.
En Uruguay con la cifra récord del desempleo abierto cercana al 20%, ubica con claridad y gravedad el momento difícil y peligroso que vive la sociedad uruguaya.
Por eso vale recordar el Artículo 23 de la Declaración Universal:
1) Toda persona tiene derecho al trabajo y a la protección contra el desempleo.
2) A igual salario igual remuneración.
3) Toda persona tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria.
4) Toda persona tiene derecho a fundar sindicatos para la defensa de sus intereses.
Por supuesto que la educación, la salud y la vivienda están también proclamados como necesarios e imprescindibles.
Pero no nos podemos engañar, hoy rige a nivel internacional la razón del más fuerte, el comercio desequilibrado en perjuicio de los más débiles y el despilfarro de cientos de miles de millones de dólares en la industria de la guerra.
Por eso mi homenaje a este día universal quiero culminarlo con palabras del Premio Nobel de Literatura José Saramago en su mensaje al II Foro Social Mundial :
«Urge antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo». *
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