El derecho a la sonrisa

La mujer había vendido el bono que las autoridades le habían entregado para paliar su grave situación de hambre e indigencia.

Se le interrogó qué había hecho con el dinero y contestó: me compré una dentadura. ¿Una dentadura? Sí. Quería recuperar el derecho a la sonrisa.

Así de sencillo. Impactante. Lo leí en la prensa de Brasil.

Es que la gente enfrentada a dramáticas situaciones de pobreza y necesidad, de desesperanza, desarraigo y exclusión social, realiza sus opciones de vida. De la vida diaria, del hoy, del minuto, de la situación concreta al borde de la tragedia. ¿Quién tiene derecho a sentenciar acerca de ello?

Viene a cuento por lo que está sucediendo en nuestro país, motivo de los desvelos en esta nota. El desempleo y sus secuelas de pobreza, hambre, desesperación y exclusión social, va llevando a la gente a aceptar soluciones para las urgencias del minuto, sin entrar a analizar otro tipo de consideraciones muy atinadas, muy racionales para el futuro sin duda, política y socialmente hablando.

Pero que no dan solución al hambre de hoy. Y posiblemente a la muerte de mañana.

Y así se negocia hoy día la alimentación y el transporte mediante el pago de tiques o bonos, con empresas trasnacionales al acecho, según ha trascendido en los últimos días. Solución para hoy, pero que mañana contribuirá aun más a la existencia de jubilaciones deterioradas, ya que esas partidas no estarán incluidas en las mismas.

Y bueno. ¿Podemos criticar a la gente, organizada o no, que acuda en su desesperación a soluciones de urgencia, no perfectas ni mucho menos? NO. Pero con la misma convicción afirmo que es obligación de quienes estamos cerca de estos temas, de los sindicatos en primer lugar, y de otras organizaciones sociales, advertir sobre las consecuencias de futuro que tendrá ese tipo de soluciones.

Entre todos tenemos que armar propuestas de fondo, que sirvan a los auténticos intereses populares, y no arrimen agua al molino de los especuladores y de aquellos para quienes la mejor seguridad social es la que no existe. Y si logran hacer desaparecer el BPS, mejor.

El derecho a soñar, a la utopía, la muy esquiva, tanto, que nos indignamos porque cuando creemos tenerla en nuestras manos, se nos escapa. Pero convengamos que es lo que más nos ayuda a caminar, por lo cual sigue intacta, insumisa, pero a nuestro alcance.

Ya lo dijimos en nota anterior. No hay que pedirle nada a la imaginación. Basta con ver la realidad que nos rodea.

Jubilaciones que a mediados del año 2002 andaban en un promedio de $4.579. Muy deterioradas, sin duda. Pero más aún lo están las del sistema privado de las tristemente célebres AFAP, que andaban a setiembre/ 2002 en $ 1.289 promedio. Desempleo con cifras escalofriantes, en crecimiento constante. Cuando el abominable sistema neoliberal que soportamos, de la mano de los «tecnócratas cortesanos del poder», según los calificara un destacado líder político recientemente, siembra la desconfianza, desilusión y resignación como valores sociales para la mejor defensa de sus antipopulares intereses, rescatar el ejemplo de la entrañable mujer brasileña que vendió su dentadura para recuperar el derecho a la sonrisa, no tiene precio.

Todavía hay gente que sueña

La utopía, como no podía ser de otra forma, está intacta. *

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