Ardides inaceptables de los partidos tradicionales
Los hechos relativamente recientes marcan nuevas condiciones en las que se deberá desenvolver la democracia uruguaya.
Primero, el crecimiento sostenido y al parecer incontenible de una nueva fuerza política que está desplazando a los partidos tradicionales, terminando con un predominio de casi dos siglos.
Segundo, el crecimiento exponencial de las denuncias de corrupción que atañen a figuras relevantes del personal político de los partidos tradicionales.
Inminencia de una rotación de los partidos en el gobierno, por un lado; e inseguridad que nace de la corrupción por otro.
Al menos esos dos aspectos de una realidad presente muy compleja bastan para resaltar la importancia que reviste para la democracia política y su complejo sistema de garantías que sea absolutamente imprescindible e impostergable la integración, de acuerdo con la Ley y la Carta Magna, de los organismos de contralor, la Corte Electoral y el Tribunal de Cuentas de la República.
Por esa razón resulta un hecho negativo e inaceptable la actitud asumida por los partidos tradicionales en la jornada del pasado miércoles cuando el asunto se abordó en el Senado.
Empecemos por señalar que, contrariamente a lo que han venido sosteniendo algunos dirigentes, no se trata en esta emergencia de un problema de cargos, de reparto de puestos para tal o cual fuerza política.
Se trata, como señalábamos más arriba, del cumplimiento de normas y de acuerdos y sobre todo de poner a los organismos de contralor en condiciones de actuar con la independencia y la energía que la situación nacional exige.
Plantearlo en términos de «tajadas» burocráticas es miopía o, simplemente, ardides de una artería largamente incubada.
La «pereza» por resolver este problema, que ya lleva dos largos años, parecería indicar la tremenda dificultad que las elites de los partidos tradicionales evidencian para reconocer lo inevitable, que el Frente Amplio-Encuentro Progresista es la organización política electoralmente con más apoyo popular.
Las chicanas con que ahora se maneja el asunto no son precisamente maniobras para festejar. Más bien indicadores de la crasa incomprensión que los antiguos caciques tienen hacia la situación y las opiniones del pueblo uruguayo. Les cuesta dar crédito a lo visible, no consiguen oír el clamor por decencia, por cambios democráticos y el hartazgo ante la inoperancia en el gobierno para resolver los problemas de la población.
En ese contexto de marrullerías impresentables, los negociadores del sistema han propuesto fórmulas que no serían de recibo en una república seria.
Todos los partidos, grandes y chicos merecen el profundo respeto de la ciudadanía, de la prensa y de los demás partidos; sobre eso no pueden existir dudas.
No obstante, pretender colocar en un delicado organismo de contralor a un partido que aún no compareció en ninguna justa electoral, es impresentable. Lo mismo cuando se pretende desconocer la autonomía y la identidad de otro partido, que sí tiene su trayectoria electoral y política.
Finalmente, en esta interminable colección de barrabasadas para vetar el camino de lo que legítimamente le corresponde al Nuevo Espacio, se pretende anularlo en función de su acercamiento político actual con las posiciones y propuestas del Frente Amplio-Encuentro Progresista. *
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