Sacapuntas

El inversor

Mientras la economía se le disuelve entre las manos, el gobierno insiste en la necesidad de emitir señales que atraigan a los inversores. En medio del derrumbe, a solas con su alma ya vendida al diablo, pero a coro con esos tecnócratas que aparecen cuando hay olor a muerto, nos quiere convencer de que sólo habrá salvación si viene plata fresca de afuera.

Y dice el gobierno: hay que restaurar el sistema financiero, porque el inversor nos exige certezas.

Y sigue diciendo, como si tal cosa: hay que generar confianza jurídica, porque de otro modo, el inversor no se interesa.

Y dice después, por si hiciese falta: hay que abrir más la economía, porque la excesiva regulación desalienta a ese inversor por cuya llegada hace tantas plegarias.

Rara insistencia, ¿no? Porque todo eso se ha estado haciendo. Y a la vista están los resultados.

Precisamente para sanear el sistema financiero se ha quebrado la confianza de depositantes y ahorristas, se ha esquilmado a los contribuyentes y se ha salvado el pellejo de unos cuantos vulgares estafadores.

Precisamente para generar confianza jurídica se ha querido convencer a los ciudadanos que dejen todo como está, porque un plebiscito no es un acto de responsabilidad cívica sino un síntoma patológico que alejaría de nosotros a esos dineros que están por aterrizar cual una bendición. Y precisamente para abrir más la economía no se ha hecho otra cosa que desguarnecer del todo a trabajadores y consumidores, pobre gente, con el noble, patriótico fin de que el inversor milagroso especule tranquilo, nomás.

Tal vez sea un exceso de mi parte  usted, lector, habrá advertido ya cuán alegremente me precipito a los excesos–, pero este gobierno me recuerda a Dióniso, el hijo de Zeus, una de las divinidades olímpicas más enigmáticas.

Nunca cesó de gratificar a sus devotos con nuevas epifanías, mensajes imprevistos y esperanzas escatológicas. En uno de los ritos clásicos, los novicios se frotaban el rostro con polvo o ceniza para parecerse a los fantasmas.

Y bueno. Nosotros ya somos fantasmas, gracias al gobierno. *

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