92 años de compromiso con la causa popular
El Uruguay tenía solo ochenta años de vida independiente. Corría el año 1910 y después de unas décadas de experiencias puntuales -tales como las de los Centros Socialistas 1º de Mayo y Carlos Marx- y algunos «manifiestos» como el famoso de Alvaro Armando Vasseur, se constituía orgánicamente el Partido Socialista del Uruguay.
Las ideas socialistas habían «desembarcado» casi cuarenta años antes. Llegaron en las cabezas de los que huían de la represión a los comuneros de París y de los carbonarios y ácratas italianos y españoles, que venían muy ligeros de equipaje y con mucha hambre de justicia y libertad. De modo que en esta primera década del siglo XXI aquellas ideas transformadoras, revolucionarias, habrán ya vivido en el espíritu de seis o siete generaciones. Se han expandido en el continente americano y alimentado la peripecia histórica de estos pueblos. Han dado profundidad, un perfil muy nítido a determinadas señas de identidad del oriental, lo uruguayo, sudamericano o latinoamericano. Son los valores de la libertad, defendidos al precio de la sangre, la cárcel o el exilio de décadas.
Las banderas de la democracia, ahogada en América del Sur y Central durante casi medio siglo, fueron rescatadas por lo que hoy llamamos fuerzas progresistas, en cuya matriz estuvieron y están los trabajadores, los profesionales, los intelectuales, los ciudadanos que se rebelaron ante la opresión y la injusticia social. Ciudadanos cuyo objetivo final era y es el socialismo.
Y en el tiempo presente, mujeres y hombres que ejercen posiciones de gobierno o que forman parte de una formidable columna humana, vienen impregnados de las ideas que sembraron los fundadores. Y es tan poderosa esa corriente de opinión y tan estrepitoso el fracaso de las ideas de la derecha y tan brutales las consecuencias que el modelo neoliberal ha traído para nuestro pueblos, que es posible afirmar que la esperanza del cambio ya es indesarraigable. Decía Marx en una de sus cartas que la medida de la profundidad de los cambios históricos la da la cantidad de las masas que participan en ellos. Las ideas socialistas, progresistas, democráticas, han permeado de tal forma el tejido social de nuestros pueblos que hoy forman parte del imaginario cotidiano de nuestra gente. Y dichas ideas vienen cada vez más cargadas de razón.
Decíamos que en medio de la crisis brutal, del deterioro moral de la derecha, de esa derecha de banqueros presos y de políticos procesados por corrupción o enjuiciados como responsables del saqueo del patrimonio colectivo, es en las ideas progresistas que reside hoy la esperanza… La esperanza que es la aspiración a una vida en libertad, en la seguridad del empleo y la subsistencia digna de la familia; la esperanza de que la paz se conquistará con dignidad -sin someterse a la humillación de los poderosos-, por el imperio de la ley democrática basada en la justicia.
Y es que en medio de la debacle del modelo de la derecha, la razón ha traído de la mano, un imperativo ético, la necesidad del cambio… Hace unos meses leíamos en EL PAIS de Madrid una nota de Miguel A. Aguilar, en cuyo título se preguntaba ¿La razón sin esperanza? Y se respondía con una afirmación formidable de Ernest Bloch, el notable pensador alemán: «La razón no puede prosperar sin esperanza, ni la esperanza expresarse sin razón».
Por lo anterior es menester, como gustaba decir el viejo maestro Tierno Galván, recordar con emoción a los fundadores y sembradores de ideas y de carácter como Emilio Frugoni, Vázquez Gómez, José Pedro Cardoso, Arturo Dubra, Germán D’Elía, Vivian Trías. Y también a los menos nombrados pero no menos importantes, como Carlos Cattaneo, Oscar Sainz, Ramón Angel Viñoles, Aparicio Macedo, Aurelio Geronazzo y se me escapan otros como Orismín Leguizamón y no nombro a los vivos. Pero más importante que recordarlos es abrevar en el ejemplo.
Casi todos ellos creadores de ideas, pero además prácticos, militantes de dichas ideas. Casi todos ellos, en su tiempo, duramente combatidos por la derecha, no alabados. Todos austeros. Capaces de dar todo y no reclamar nada. Otra seña de identidad que es necesario cultivar siempre para que no se la sepulte en aras del protagonismo muchas veces hueco.
Cuando se habla de noventa y dos años no se debe estar diciendo todo estuvo bien. Hablamos o hablemos de errores también. De divisiones. De estrategias aislacionistas. De enfrentamientos sectarios. Pero cabe apuntar que este partido de 92 años fue forjador a través de sus militantes obreros de la Convención Nacional de Trabajadores, del PIT, de la FEUU y de Asceep, del Frente Amplio y del Encuentro Progresista.
Y en el presente, con la obligación de empinarse en la batalla de defensa del patrimonio nacional. Combatiendo por los derechos de la gente estafada por el fraude y el robo de los banqueros y la delirante conducción de la economía que nos ha regalado la tasa de desocupación mas alta de la historia del país y la mitad de la población con problemas de empleo. Que ha diseminado como un potencial reguero de pólvora la miseria y la marginación.
Que nos dejara como una herencia maldita una deuda externa de casi quince mil millones de dólares que hipoteca el futuro de nuestra gente. Obligaciones con la condición de no negarse a enfrentar una realidad que en todos los casos será muy dura y pondrá a prueba la templanza -que quiere decir firmeza sin alardes-, el coraje para canalizar con imaginación la protesta de los de abajo y volverla acción de cambio y no mera contención. Un camino extremadamente difícil donde habrá que combinar la resistencia a la demagogia facilonga con la imaginación para captar para la razón y la esperanza a los sectores medios duramente estafados y que pueden ser fértil terreno para discursos complacientes.
Si algo tenemos que pedir a la izquierda y a los progresistas del Uruguay es lucidez y sinceridad. Coherencia, que quiere decir saber que de esto no salimos con el modelo del enemigo. Y gran flexibilidad para lograr que nos acompañen la mayoría de los orientales uruguayos.
No hace mas de diez años la derecha ensalzaba a Fukuyama, quien afirmaba que la historia había acabado. En el 2002 en Brasil gana Lula y el PT, en Ecuador los indígenas imponen a Lucio Gutiérrez.
En Venezuela una extraña alianza de patrones y sindicatos trata con urgencia de tirar a Chavez antes de que Lula asuma. En Estados Unidos, Bush recibe a Lula mientras quiebran la Enron y United Airlines, y las calificadoras de riesgo como Arthur Andersen son llevadas a la Justicia por trampear cuentas. En fin, que mientras, se prepara la guerra para estar claro que con enorme descaro se apunta a las armas. Y siempre los agredidos al Sur
Hay que tomar ejemplo de Torres García y de los diseñadores de mapas árabes del siglo X, cuyos ejemplares vimos en 1972 en la Universidad de Al Mustansiria en Bagdad. Dar vuelta los mapas. La historia no ha acabado.
Mas bien esta mas complicada. Pero pese a ello hay que perseguir aquella utopía de la igualdad que yo definiría hoy con una frase de Oskar Lafontaine, dicha en su libro «El corazón late a la izquierda»: «Un país se desarrolla mejor cuando en el existe no solamente igualdad de oportunidades, sino también igualdad de resultados».
Lo que estaría requete bien. Mas hoy por hoy yo me conformaría con la primera parte. A corto plazo, claro.
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