La encrucijada venezolana
Las singulares peripecias que enfrenta la gran nación venezolana tienen un enorme interés para el conjunto de la región.
Venezuela constituye una suerte de test acerca del grado de tolerancia al cambio que se admite por parte de los defensores del statu quo. O, dicho de otro modo, la intensidad de la resistencia al cambio, ejercida por los beneficiarios del sistema.
Con una experiencia democrática más consistente y rica que la mayoría de los países de la región, Venezuela mantuvo sus instituciones mientras en Brasil y el Cono Sur de América prevalecían los regímenes de dictadura.
Poseedor de enormes reservas petroleras, Venezuela suele tener un Producto Bruto singularmente alto, una balanza comercial favorable y un Estado con un holgado financiamiento muy poco frecuente en América Latina.
Durante un largo período, en el que se asistió a la progresiva disolución de las grandes formaciones históricas de la vida política venezolana, Acción Democrática (más bien socialdemocrática) y el COPEI (de entonación democristiana) las gigantescas riquezas ingresadas por la venta del petróleo tendieron a canalizarse hacia formas de corrupción y despilfarro.
Al mismo tiempo, la miseria se extendió en la población trabajadora del campo y en los alrededores de las grandes ciudades
La realidad de un país rico, con millones de desheredados y un sistema político incapaz de actuar en beneficio de la población, fueron circunstancias que sembraron en la gran mayoría de los venezolanos el anhelo de cambio.
Cambio que no pudieron plasmar los viejos partidos y que encontrarían en la polémica y carismática figura de Hugo Chávez su cauce principal de expresión.
El liderazgo, nacido en el ámbito militar, con fuerte dosis de caudillismo nacionalista y referencias populistas, con el que el joven oficial supo ganar el corazón y el apoyo de amplísimos sectores populares.
Se abrió un proceso por el cual el militar que encabezó un golpe contra el gobierno constitucional evolucionó hacia la irrupción de una experiencia democrática nueva, con un fuerte contenido de reforma social avanzada, de sentido de la justicia social y de defensa de los intereses nacionales es conocido.
Con el gobierno de Chávez y su agrupamiento Bolivariano, la asignación de recursos considerables a la salud, la educación y la vivienda ha contribuido a mejorar la situación y la calidad de vida de millones de venezolanos.
No cabe ninguna duda acerca del apoyo democrático que acompañó a Chávez en su saga. Ni del tremendo respaldo con que cuenta en amplios sectores populares.
El proceso que condujo a una reforma de la Constitución, fuertemente democrática por cierto, y de legitimación de su consagración como mandatario constitucional, no ha sido puesto en duda por ningún analista medianamente serio.
La actitud de los sectores conservadores, minoritarios pero influyentes, con apoyos externos y con un control monopólico de los medios de comunicación, ha ido colocando a Venezuela en una situación crítica casi permanente.
Alentados por la diplomacia (civil y militar) norteamericana, en abril se produjo una intentona golpista que pretendió arrasar con el gobierno legítimo.
La falta de apoyo en la población, los errores y vacilaciones entre los golpistas y sus disputas internas condujeron a la derrota.
Antes, el breve interregno nacido de la alcaldada, había permitido, ante la opinión pública latinoamericana e internacional, confirmar la amplitud de la conspiración en curso.
La oposición intransigente y antidemocrática de las clases económicamente más poderosas ha colocado a Venezuela en la crítica situación de un gobierno legítimo al que sus enemigos, de adentro y de afuera, no dejan gobernar. El papel que cumplen los medios de comunicación monopolizados por la clase alta es de gran importancia y muestran hasta qué punto esos sectores minoritarios pueden trabar un proceso de reformas de signo popular, democrático y progresista. *
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