El tibetano
Los tibetanos han desarrollado una idea interesante: para alcanzar la salvación hay que sumirse en el vacío, sinónimo de absoluto; y para entrar en esa vacuidad hay que meditar profundamente ante algunas imágenes de divinidades.
Se paran o se sientan ante unas pinturas o unas estatuas y se la pasan meditando. Ellos dicen, y no soy quien para contradecirlos, que si la concentración es muy intensa las divinidades salen de los cuadros y pedestales, dan una vuelta por ahí, averiguan cómo viene la mano –el precio del dólar, qué sé yo– y retornan a su lugar.
Si entendí bien, las divinidades evocadas trabajan por ellos. Compran o venden, hacen sumarios administrativos, revisan contenedores, clausuran laboratorios, van a la feria, en fin.
¿Sabe, lector? Se me ha ocurrido de pronto que el ministro de Salud Pública podría ser un tibetano y tal vez no lo sepa.
No creo que sea una hipótesis arriesgada. Si hay un tibetano acá, alguien filosóficamente tibetano, es Varela. Ignoro si medita mucho, pero está claro que siempre espera a que otros hagan la movida, así sea el Artigas pintado por Blanes o la verde estatua impúdica del David.
Aunque, qué macana, algo le está fallando. ¿No se concentra lo suficiente en la evocación? ¿Las divinidades vernáculas son medio haraganas? ¿O acaso ha decidido quedarse en el vacío y chau?
¿De qué otro modo entender la frecuencia con que se mete en cuellos de botella? ¿Qué otra cosa explicaría que ni él ni las divinidades evocadas resuelvan jamás una complejidad, por minúscula que sea? El último ejemplo ha sido el conflicto con los médicos contratados, camino recién ahora de ser saldado, luego que se perdiese, al santo botón, un tiempo precioso y se dejase a la asistencia pública al borde del colapso.
Lo que viene a continuación quiero que se tome como un aporte constructivo y no como una irrespetuosidad: sería bueno que la senadora Xavier, que habrá de interpelar a Varela en breve, aproveche la ocasión para averiguar acerca de ese carácter tan tibetano.
Porque puedo estar equivocado y me complacería reconocerlo. *
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