Analisis economicos

Primeros desafíos al programa económico de la izquierda

Carlos Viera

 

Así es, porque la gente percibe que sólo ella podrá enfrentar y desplazar el modelo neoliberal que se instaló, se profundizó y fracasó rotundamente. Mientras la derecha se ha quedado sin respuesta ante la realidad económica y social tan adversa que su propia política generó, mientras los gobiernos de esa inspiración pierden el control de los equilibrios macroeconómicos básicos, al extremo de verse amenazada la convivencia social, la izquierda ha ido avanzando en la comprensión de esa realidad, en su afirmación ideológica, en la renovación de su discurso, de su práctica y se está preparando para gobernar afrontando las restricciones y generando la verdadera estabilidad que le sirve a estos pueblos, aquella basada en el país productivo.

En su programa económico la izquierda aparece muy renovada. No es otra cosa que la aplicación de los mismos principios a los cambios del mundo real. De pronto, es tan simple como reflexionar que lo que antes pudo estar bien, porque nos aproximaba a los objetivos populares, en la realidad actual, puede estar mal, porque nos hace retroceder en ese camino. Por ejemplo, entre los años 1960 y 1980, cuando el crédito internacional era escaso y todavía existían ciertos equilibrios de poder, plantear la moratoria y renegociación de la deuda externa, equivalía a no resignar la indispensable inversión productiva y no sacrificar el necesario gasto social. Pero, como más de una vez hemos insistido, la realidad mundial de los 90 fue muy distinta, ya que cesó la restricción crediticia, el poder financiero se tornó predominante y entonces, el centro de la disputa pasó a ser el destino a darle a ese crédito, no la predisposición al pago de la deuda que se iba generando.

Algo similar sucede con la tentación de emitir dinero para apuntalar una salida reactivadora. En la realidad actual, la izquierda reconoce que este es un aspecto muy delicado, pero no obstante, debe ser capaz de pararse distinto que la derecha, que sobre este particular hace gala de un gran esquematismo.

Ciertamente, salvo en un país totalmente dolarizado, ningún gobierno central puede alegar que no tiene dinero para hacer frente a una demanda concreta. Simplemente puede emitirlo.

En cambio, sí puede decir que no quiere emitir dinero, porque si lo hace, aumenta el circulante que concurre para transar determinada cantidad de bienes y servicios. Si fuera ese el caso, y en ausencia de otros factores de incidencia sobre el nivel de la inflación, que vaya si los hay, el gobierno estaría previniendo un desenfreno inflacionario.

En este análisis simplificado, es posible concluir que toda demanda que se satisface por la vía fácil de la inflación, no sólo termina siendo neutralizada por ella, sino que además perjudica a los restantes sectores que no interpusieron o no lograron obtener una demanda similar, y que ahora tendrán que intentarlo, «corriendo de atrás», dada la afectación de su poder real de compra.

Esta reflexión es importante, porque una versión desde la izquierda, aún no enteramente renovada, dirá que toda demanda justa debe ser atendida por un gobierno que justamente pregone la justicia y que, si fuera necesario, en última instancia se podría recurrir a la emisión de dinero para financiar su costo.

Esto, en la coyuntura previsible que se avecina, para un gobierno de izquierda en el 2005, puede desencadenar un ingrediente de conflictividad, dado el nivel de salario real sumergido que posiblemente se arrastre, sobre todo en la administración pública central.

Lo que no tiene en cuenta esta posición es que todo financiamiento ficticio, termina a la corta o a la larga, afectando mucho más a los que tienen menos y, lo más importante, rehuye la verdadera lucha por la redistribución del ingreso, la que se da en el terreno fiscal, según las medidas sobre tributación y gasto público.

Tal conflictividad debería evitarse en tanto paralelamente se desplieguen otros instrumentos de política económica, como adecuar la inserción internacional del país, mejorar la productividad global y redistribuir en forma más progresiva el ingreso, como soportes para satisfacer en forma genuina, gradual y sustentable, las reivindicaciones válidas de los diversos sectores de la sociedad.

Pero sobre este punto, mucho peor se suele parar la derecha.

Los mismos que no tuvieron reparo en dolarizar la economía (Menem tiene el desparpajo de seguirlo proponiendo como la receta mágica) los mismos que permitieron que se vaciaran bancos, que se concretaran altos déficit fiscales y acentuado nivel de endeudamiento público, ahora se rasgan las vestiduras de solo escuchar una propuesta de emitir dinero, pero lo hacen extensivo al caso de emitir para otorgar crédito a la producción.

De esta forma, hacen gala de enorme esquematismo, porque al tiempo que niegan la complejidad del fenómeno inflacionario, se obstinan en ver sólo el aumento monetario, sin reparar lo que acontece en el sector real. Porque ninguna teoría afirma que se produce inflación si al tiempo que aumenta la cantidad de dinero, aumentan, en esa misma relación, la cantidad de bienes y servicios producidos.

Del mismo modo, afirmamos que una desdolarización bien concebida no es inflacionaria.

Porque deberá admitirse que la dolarización no sólo refiere a los depósitos bancarios, sino que también entraña la circulación de una masa de recursos monetarios que concurre a las transacciones normales. Tanto es así, que buena parte de dichas transacciones, fijan el precio en dólares y se cancelan en dólares.

Quiere decir que si dichos recursos se pesificasen, las transacciones regulares que ellos sustentan seguirían concretándose, sólo que lo harían en moneda nacional, con precio en pesos y nadie debería pensar que ello pudiese tener un efecto inflacionario. No obstante, los que adhieren a la concepción monetarista de la inflación, sólo repararán en el aumento natural que se produciría en la base monetaria y le atribuirán consecuencias nocivas.

Más que altamente saludable, al transitar por el camino de la reactivación, será imprescindible reponer el curso forzoso para la moneda nacional, no admitiendo que los precios internos se expresen en moneda extranjera, ni reconociendo otra moneda que la nacional a efectos de la validez jurídica de los contratos.

Ello deberá comprender a los contratos de crédito, es especial aquellos por ventas a plazo y compras de bienes de consumo, admitiendo sólo excepciones en aquellos vinculados al comercio exterior. En cambio, en la actual coyuntura, donde se estima que existen U$S 1.200 millones pasibles de ser reintegrados al circuito bancario para alimentar el nuevo crédito que se necesita para la reactivación, no sería inteligente, al menos mientras persista tal situación, bloquear la posibilidad de radicar depósitos en esa moneda, ya que existirá la tentación latente para su fuga del país.

En todo caso, lo mejor sería estimular su pasaje a moneda nacional, potenciando el instrumento de la indexación a efectos de resguardar el valor del depósito.

Consideramos importante comenzar a intercambiar opiniones sobre estos temas porque seguramente serán de los primeros desafíos que deberá enfrentar el programa de la izquierda en el gobierno. Y en tanto la izquierda es la esperanza, su gobierno no tendrá chance de defraudar. *

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