En la tormenta perfecta
Todo empezó hacia mediados de los 90′, cuando impulsados por el viento a favor que significó disponer de un abundante ingreso de recursos financieros, los gobernantes pensaron que habían arribado a un mar tranquilo y despejado, donde era fácil navegar. Entre tanto, no se aceitó nuestra maquinaria, ni se incorporaron nuevos velámenes. Total, ¿para qué fomentar el progreso técnico y la inversión si la demanda proveniente de Argentina y Brasil era grande, fácil de obtener y para siempre? Además, en ese momento, de aparente plácido andar, quienes dirigían el barco no dieron muestras de importarle su gran desorden organizativo, que lo tornaba caro e ineficiente. O sea, no se encaró una reversión de los males que el clientelismo y la desidia de muchos años habían aparejado sobre el Estado. Asimismo, tampoco les preocupó que estábamos cargando un combustible carísimo y que estábamos consumiendo más de lo adecuado, sobre todo de artículos importados. Porque con esas tasas de interés exorbitantes para la producción y siderales para el consumo, nos estábamos endeudando a ritmo sostenido, por lo que era claro que no íbamos a llegar a buen puerto. Después vino la calma que presagia el temporal. Se había conseguido la estabilidad para los precios, no soplaban vientos inflacionarios, pero el país no era competitivo. Quiere decir que nuestro barco no estaba preparado para afrontar un mar agitado.
La tormenta se descarga cuando nos gana la recesión. Vemos al buque brasileño alejarse porque le parecieron peligrosas estas aguas. Pero a nuestro barco se lo siguió conduciendo en la misma dirección, pese a las protestas, pese a que la producción era cada vez menor, al cierre de muchas empresas, a que el desempleo crecía y crecía. De todos modos, desde varios puertos se nos identificaba por nuestra bandera de «grado inversor» y se nos abastecía de financiamiento, eso sí, en tanto siguiésemos en la misma ruta. Pero esa bandera era el reconocimiento de nuestros acreedores, porque las calificadoras de crédito no son otra cosa que empleados de los inversores.
Pero fue entonces cuando comenzó a arreciar una lluvia que a todo sumerge: a nuestro consumo, a nuestra inversión, a nuestros ingresos tributarios. En eso estábamos, ajuste tras ajuste de las cuentas fiscales, a modo de «achique» del agua que entraba al barco a raudales, cuando un fuerte trueno nos hace notar que nuestro barco insignia, el hermano mayor, tantas veces bendecido por el FMI y las calificadoras de crédito, había sido alcanzado por un rayo cuando enfiló hacia el centro de la tormenta. En la zona los vientos que mueven las inversiones financieras soplaban en contra. Más solos que nunca, y con negros nubarrones en el horizonte, seguimos transitando en este barco conducido por control automático, puesto también en dirección al ojo de la tormenta, peligrando ser atrapados por los mismos vientos y el mismo remolino que hicieron zozobrar al barco argentino.
Cuando todas las miradas se dirigen al capitán y a su segundo de a bordo, que maneja el timón de la economía, ellos con mucha arrogancia, ratifican el rumbo, alegando que la culpa de todos los padecimientos de la tripulación y los pasajeros es de la tormenta desatada abruptamente y no de su conducción. Dicen que no harán de ninguna manera, tal o cual maniobra, pero a poco la hacen, y la hacen mal. Así el ministro, contador Bensión, poco después de afirmar que para él la política cambiaria no debería ni de existir, se pone a multiplicar por dos, una y otra vez, tanto la banda de flotación como el ritmo de devaluación mensual, como ganado por un extraño nerviosismo. Y cuando todavía resuenan en el recinto parlamentario aquellas sus palabras «me corre un frío por la espalda», aludiendo a la propuesta de aumentar el endeudamiento del país, ahora se apresta a tomar una deuda de 3.000 millones de dólares. Una y otra vez previó que se aclararía el panorama económico, que la reactivación estaba a la vuelta de la esquina. Pero en cada oportunidad en que lo hizo, el cielo se oscureció más, se acentuó la recesión. Y este capitán del barco, que fue electo bajo la promesa de que no aumentaría impuestos ni devaluaría el signo monetario, terminó haciendo ambas cosas en gran medida, amén de protagonizar otros hechos lamentables por todos conocidos. Lo grave es que, por todo esto, la credibilidad de la gente en los que conducen el barco es prácticamente nula. Entonces no es raro que el barco ya esté haciendo agua. Los retiros de depósitos bancarios son síntomas de la desconfianza, tanto en el modelo como en sus conductores. Son como olas difíciles de resistir por el navío. Y ahora con la libre flotación cambiaria, es como si se hubiera caído el palo mayor. El barco queda a la deriva, sin un eje de referencia para su funcionamiento, sin conducción creíble, con enormes problemas de sustentación, en medio de un mar tormentoso y con mucha bronca de la gente que va a bordo.
El auxilio responde. Pero ese helicóptero que sobrevuela es el mismo que fue a ayudar al navío mexicano, el del sudeste asiático, el ruso, el brasileño, y en todos fracasó. Al llamado del buque argentino, ni siquiera concurrió. Sólo Turquía recibió un espaldarazo cualitativo y sobre todo cuantitativo, que permitió superar la crisis sin zozobrar. Pero la gran diferencia entre Turquía y Argentina es que esta última no tiene fronteras con Afganistán, ni es enclave estratégico para el Medio Oriente. Ese helicóptero tira un cabo al barco, pero ahora comienza un peligroso tironeo entre el poderoso aparato volador y el maltrecho buque. Porque el dinero que nos aporta será sólo suficiente para cubrir los vencimientos de los títulos públicos, cuando al mismo tiempo se dice que será para afrontar los retiros bancarios, reestructurar la banca oficial, además de utilizarse en la reactivación económica. Y entonces, menos aún alcanza para aliviar la contingencia social ni para financiar un déficit fiscal que ha seguido creciendo. Lo peor es que esa ayuda viene de a tramos, condicionada al cumplimiento de las metas que se comprometen. En buen romance, no es nada seguro que venga. Lo que sí es seguro, será el enorme condicionamiento de la política económica y la prueba de ello se hará notar de inmediato, por ejemplo en la Rendición de Cuentas.
Mucho tememos que en medio de esta crítica situación, nos obliguen a usar los recursos que nos acercan, primero que nada, para asistir o capitalizar a las instituciones bancarias. ¿No estaremos repitiendo lo del Titanic, reservando los botes salvavidas para los pasajeros de primera clase? Es alarmante lo que podría estar planteado: ¿qué ocurriría si el dinero que nos prestan –que tarde o temprano tendremos que pagarlo– se canaliza a capitalizar instituciones que insumen –por ejemplo– 400 mil dólares y luego las vendemos en cinco millones? *
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