"La culpa es de LA REPUBLICA"

La encargada de la sucursal del Banco Galicia en esta ciudad culpó de la situación de la institución de la prensa argentina y al diario LA REPUBLICA.

En medio de un incesante movimiento de argentinos en Colonia del Sacramento preocupados por la suerte de sus depósitos en la sucursal local del Banco Galicia, la encargada de las oficinas, en las puertas del Barrio Histórico, rechazó de plano dialogar con LA REPUBLICA, responsabilizando a distintos medios periodísticos de ambas márgenes del Plata de «decir cualquier cosa de nosotros».

«La prensa argentina y acá el diario LA REPUBLICA se ensañan con este banco», dijo la funcionaria jerárquica tras lo cual aclaró que no estaba «autorizada a efectuar declaraciones». En vano fue nuestro intento por explicarle que el Galicia no estaba intervenido por 90 días por algún «capricho» del periodismo rioplatense, sino por iliquidez de esa casa bancaria. «Usted defiende su trabajo y yo el mío» fue la única –en tono amable– respuesta de la mujer.

Si bien no todos los argentinos que por estos días a rriban a Colonia lo hacen con la exclusiva finalidad de visitar las oficinas del Galicia, es notorio que para un muy alto porcentaje de ellos esa sí es su única preocupación.

Se los ve pasear nerviosos en los alrededores del banco, o sentados en alguna confitería céntrica con una calculadora en la mano para «hacer números» con sus ejemplares de La Nación o Ambito Financiero doblados sobre las mesas.

Los más optimistas se hospedaron en hoteles cercanos al banco, creyendo que «si no es hoy, será mañana» cuando puedan llevarse su dinero. Al recibir la tajante negativa, cancelan sus reservas de habitación y emprenden el regreso a Buenos Aires.

En ese marco se produjo ayer de tarde una escena marcada de tensión que refleja el estado anímico en que se encuentran estas personas. Un hombre, de más de 50 años ingresó a una cabina en dependencias de Antel e inició un contacto telefónico con un familiar en Buenos Aires. A medida que le iba explicando su frustración al querer retirar el dinero en Colonia, su tono de voz se elevaba hasta que gritó, entre lágrimas: «¿Y ahora qué hago con la fábrica?» en alusión a una empresa de su propiedad que seguramente tocaba fondo.

El hombre debió ser asistido de urgencia por una emergencia móvil sin que hubiera que lamentar ninguna consecuencia fatal.

¿Fue acaso el resultado de la lectura de alguna crónica periodística? La señora encargada del Galicia en Colonia bien sabe que no, aunque pretenda atribuirnos tamaña responsabilidad. *

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