De Posadas, Alfie, ALUR y la economía
No solo del gasto social sino, en particular, de aquel que va dirigido a inversiones productivas como, por ejemplo, la tan maltratada (por la oposición) ALUR, que es el motivo de esta nota. Aparentemente, todo en nombre de un cuasi terror religioso al desequilibrio fiscal.
Lo paradójico es que el mejor antídoto a dichos temores proviene ni más ni menos que del jefe del FMI, Strauss-Kahn, quien al defender el mantenimiento del gasto público afirmaba recientemente: «La demanda privada es todavía muy débil y correríamos el riesgo de una recaída». Este pronunciamiento tuvo un nítido eco a nivel de las economías nacionales de la Unión Europea. Así, la ministra francesa de Economía, Christine Lagarde, declaró a los medios de prensa: «Si ponemos un freno al gasto público ahora, se pondrá en peligro al crecimiento que comienza a surgir».
Bien, ¿y por casa como andamos? Pues si recurrimos a los conceptos que manejan los abanderados de la ofensiva contra el proyecto ALUR, Ignacio de Posadas e Isaac Alfie, la macroeconomía no cuenta, como tampoco cuentan las circunstancias actuales a las que se refería Strauss-Kahn (¿se han olvidado de Keynes, señores? o ¿es que la Udelar no lo incluyó en vuestro curriculum?). Pero, lo que es peor aún, si aceptamos por un momento el enfoque de ambos políticos, en el que todo parece reducirse a la evaluación de los posibles rendimientos del proyecto, sus retornos, en aislamiento, es decir, en términos empresariales, uno no encuentra ninguna referencia a lo que cualquier analista con un mínimo de seriedad se preguntaría y respondería, es decir el nivel, la calidad y el tiempo de maduración de esos retornos. Es solamente sobre una base así que los mentados ex ministros podrían fundamentar desde su olímpica altura (blanca y colorada respectivamente) su aprobación o no al proyecto de marras. Concentrémonos, sin embargo en Alfie, ya que de Posadas le delega esta misión en base a lo que califica «el rigor técnico del primero» del cual, dice, puede «dar pruebas de primera mano» (El País, 12 de setiembre). Desafortunadamente no puedo ratificar estas apreciaciones de De Posadas con respecto a la aptitud de Alfie porque después de revisar las declaraciones del susodicho en el programa En Perspectiva (El Espectador 28 de agosto) sigo sin conocer esos parámetros y especificaciones y, lo que es peor, tomo nota de que, para Alfie, los mismos son totalmente irrelevantes. En efecto, el análisis de Alfie se reduce a un examen de los balances de ALUR y Ancap cuyo único resultado es brindar una cifra aproximada del monto de dinero invertido en el emprendimiento hasta el día de hoy que coincide, por otro lado, con la cifra adelantada por el actual presidente de Ancap, Germán Riet: alrededor de 100 millones de dólares (En Perspectiva, 31 de agosto). Se trata solamente de eso, una cifra, un monto monetario. Eso y nada más que eso.
Sin embargo, de ahí Alfie deduce (¿?) que «la mayor parte del dinero que Ancap está invirtiendo en ALUR no tiene retorno». El lector asombrado se preguntará seguramente como es posible emitir tan audaz conclusión sin otra prueba que una suma de las «transferencias» y «préstamos» como Alfie denomina el dinero vertido por Ancap en ALUR. Pero, además, ¿cómo?, ¿transferencias? ¿No acabábamos de hablar de inversiones? Porque eso son precisamente. No quiero seguir agobiando al lector con mis signos de interrogación pero la verdad es que Alfie o no sabe de lo que habla o ha abandonado la ciencia económica para dedicarse a la enigmatología y la cartomancia. En realidad, lo que hay aquí es un inversor, Ancap, que junto con otro inversor, Pdvsa han decidido compartir los riesgos que implica un determinado emprendimiento industrial y que, como todo inversor, sea estatal o privado, esperan un retorno, digamos, decente de dichas inversiones.
Preguntémonos pues antes que nada, sin entrar en el juego irrelevante de las cifras que maneja Alfie y que el lector con tiempo puede checar en los balances respectivos que es lo que un inversor común y corriente que actúa en el sector industrial podría denominar en las circunstancias actuales un retorno decente en términos de beneficios, tiempos de amortización de la inversión relevante, etc., etc. Evidentemente, algo superior al interés bancario, casi nulo actualmente. Aquí en nuestro país tenemos algún elemento de comparación a mano. Ni más ni menos que la inversión Botnia. Según la información proporcionada por dicha empresa, el rendimiento del capital invertido oscilaba en los tres últimos años en el entorno del 10.7.
Esto implica una amortización de la inversión en 10 años. Ello quiere decir que a nadie en su sano juicio, dentro y fuera de la empresa, se le hubiese ocurrido hablar de las «pérdidas» de Botnia en el primero o segundo año de inversión a partir de que se llevaban gastados mil millones de dólares de los cuales aún no se había recuperado un penique. Claro está que tampoco nadie con algún grado de cordura supondría que Botnia no había hecho un cálculo previo que le permitiera, justamente, prever con cierta base científica que sus retornos serían, efectivamente, los anticipados. Se tiene pues confianza en la racionalidad capitalista de Botnia. ¿Por qué entonces no tenerla en la racionalidad de Ancap?
Bien, déjeseme aventurar una explicación. Después de décadas de decisiones erróneas que implicaron el despilfarro de millones de dólares en inversiones fallidas de alto riesgo (remember los negocios en Argentina) los correligionarios de aquellos que fueron responsables de esos negocios piensan, o quieren pensar, que todos los proyectos Ancap, incluido ALUR son de la misma condición. El hecho es, sin embargo, que según Leonardo de León, director ejecutivo de ALUR, se espera que, en el próximo año, la empresa esté facturando cerca de 80 millones de dólares en toda su variedad de productos (Entrevista del 7 de setiembre en TV-Ciudad). Atengámonos a esta facturación y confrontemos nuevamente con las cifras de Botnia correspondientes a facturación y beneficios netos. Se repite el típico entorno del 10-11 por ciento. Aplicado a la facturación ALUR esto implicaría un beneficio anual de 8 millones de dólares. Si ahora nos atenemos al confuso pero aparentemente exhaustivo examen de los balances de ALUR y Ancap realizados por Alfie en los que la inversión del segundo en el primero se eleva a un valor en el entorno 80-120 millones de dólares, llegamos a la conclusión de que dicha inversión se recuperaría en un plazo de entre 10 y 15 años. Esto también coincide con lo expuesto por Riet en la mencionada entrevista. Nada para despreciar teniendo en cuenta que se trata de una inversión estatal en la que, como bien afirma Riet no cabe manejarse con los criterios de maximación de utilidades que mueven al inversor privado. A esto hay que agregar que, por la misma razón (inversión estatal) si deben tenerse en cuenta una serie de efectos que generalmente no son considerados por el inversor privado ya que rebasan los límites estrictos de «su proyecto» (lo que en la jerga económica se conoce como «externalities», ¿recuerdan el término señores ex ministros?). Estos efectos fueron muy bien detallados por De León en la entrevista mencionada. Para citar algunos: diversificación energética, creación masiva de empleos, reactivación de toda un área históricamente postergada, interacción con la empresa privada, ahorro de divisas, etc. etc. Pero, además, recordemos lo dicho al inicio de esta nota: las condiciones macroeconómicas actuales hacen que desde el punto de vista fiscal la oportunidad de la inversión es no solo inobjetable sino óptima.
Sólo cabe agregar que quizá la explicación más sencilla de que supuestos idóneos se manejen con toda esta melange de conceptos erróneos, cálculos sin base, preconceptos y demás es que los tiempos de la campaña electoral se acortan y hay que actuar destructivamente ya que la constructividad trabaja en contra.
(*) Catedráti
co (em.) de Economía Latinoamericana y del Caribe (Universidad de Estocolmo) Investigador del Ciedur (Montevideo).
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