ANALISIS NACIONAL

HACIA EL COPOM DEL 10 DE JULIO

Escrito por: Jorge Jauri

Viernes 27 de junio de 2008 | 2:59
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La inflación conmueve todo. Alcanza con observar la inflexión en la negociación salarial, o la tasas de riesgo. En el norte ya se duda si vale o no la pena establecer metas de inflación desbordadas constantemente por la realidad. Nuevos temas aparecen en esa conversación, hasta ahora reducida al ámbito de las elites: el rol más determinante de la comunicación en la formación de las expectativas: Hasta ahora, en esto, el conflicto se establecía en la elección de, tasas o agregados para anclar y estabilizar expectativas. Ahora se sabe que más que los instrumentos y el método importa la calidad de la comunicación de lo que se hace realmente.

En Uruguay, el rebrote inflacionario es más grave que el que afecta a todo el mundo y la discusión es relativamente similar. La revisión de la política monetaria adelanta alguna conclusión fuerte: “las “anclas” ­metas de inflación, tasas o moneda­ son imprescindibles. Pero su impacto es menor frente al de la comunicación de los actores públicos en un proceso de desequilibrio creciente. La confianza es determinada por la coherencia del discurso político, o es derrumbada por la sospecha de su incoherencia. En Uruguay el sistema de comunicación público para señalizar realidades es tradicionalmente deplorable. Está quebrado. La toma de decisiones de las familias se surte de irrealidad y genera una indefensión terrible frente a los formadores y usufructuarios de precios cambiantes. Las familias tomen decisiones de riesgo oyendo toda suerte de voluntarismos y falacias. Las autoridades deben cuidarse. Su discurso no es gratuito. Cada dislate tiene un precio y una interpretación diferente. La utilización indolente de la comunicación pública es un delito moral y en otros países, es pasible de sanción legal. Esto no tiene nada que ver con una afectación eventual de la libertad de expresión sino todo lo contrario. Imaginar que la inflación es un problema de fiscalización de precios en las góndolas de los súper es algo más que un infantilismo autoritario. Pensar que una apertura comercial temporal para importar algunos rubros que daña la renta monopólica de un grupo de importadores y productores criados en la protección infinita va a quebrar expectativas de inflación es otro atentado a la confianza. Ya no es posible estabilizar echando las anclas usuales, pero es posible desestabilizar más insistiendo en admoniciones morales, y sugiriendo el armado de brigadas inspectivas en los rincones del almacén del barrio. Lejos de allí, la institución que, responsable constitucionalmente por la estabilidad, el BCU, demanda tímidamente una reforma de su Carta Orgánica, la que permanece en un cajón del Legislativo desde hace tres años.

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