2002-2020. Transición del cambio

La política, continuación de la guerra

Los dos primeros meses del año han albergado una discusión de contenidos diferentes. Algunos hartos de pobrezas; otros sugerentes y propios de una época de cambios fuertes. Entre estos últimos figuran los relativos a los vínculos de lo público y lo privado; los grados de intervencionismo necesario o posible; el de las libertades individuales y las reivindicaciones más gregarias. Además, entre licencias y ausencias variadas, hemos tenido un tiempo para vincular esa emergencia de la discusión interesante con lecturas que, además de atentar contra certezas y seguridades, tienen a veces la virtud de sacarnos de esas trincheras del pensamiento utilitario. Es un ejercicio breve e intenso, usual en mayor o menor medida para todos los uruguayos entre enero y febrero pero que esta vez, vincula sus resultados a una visión urgida del futuro próximo. Ese futuro próximo se llama transición en la experiencia del cambio y, probablemente también, transición en la acumulación de saberes aprehendidos. Quizás, incluso, a cambios orgánicos históricos en la conformación y organización de las fuerzas que promueven o se oponen a la dirección de los cambios en ejecución, aquellos que se ven y aquellos que andan debajo de una discusión hasta ahora muy prendida a la política y el programa de corto plazo.

En esa provocación de los vínculos de lecturas no usuales e ideas sobre cómo discurrirá la transición práctica del cambio, surgen necesidades nuevas. Tareas pendientes; asignaturas de exámenes no rendidos sobre la evolución de la historia reciente. Estas carencias o postergaciones han comenzado a dificultar en extremo el armado del programa del cambio para una etapa en la cual, ellos, ya deben ser fundamentados con elevadas dosis de realismo y credibilidad más allá de la ambición natural de los impulsores intelectuales de esos cambios. Ya no estamos en una etapa en la cual se pueda seducir tan sólo con un proyecto de estabilidad capaz de soportar la inclusión. Ahora es necesario dotar a esa ambición, de contenidos más precisos, de guías para la acción de ejecutivos enfrentados a problemas concretos de todos los días. Y ese programa, a la vez, debe estar fundamentado en definiciones más precisas acerca de si los cambios van a estar orientados en una dirección o en otra, desde el punto de vista de su relación con las grandes vertientes del pensamiento en modernidad. No es posible seguir soslayando esto.

El riesgo es revolverse en una discusión formal intestina y menor sobre alternativas orgánicas, candidaturas milagrosas que resuelvan vacíos profundos. Los ejemplos son notorios: la aceleración de las discusión multilateral de Doha imprime urgencias, definiciones y alineamientos que la política exterior del país ha soslayado, no porque haya habido un canciller u otro al frente de la ejecución del programa, sino porque subsiste una indefinición en la conformación de la política comercial ­ya no exterior propiamente dicha. El Dr. Fernández, con estilo y pensamiento algo diferente al del actual canciller, tendrá el mismo problema: ¿Dónde quiere estar Uruguay de aquí a veinte años? Y porqué. Sin eso todo es fenomenalmente complicado en ese final de Doha que adviene. Pero era sólo un ejemplo, actual y palpitante pero muy pobre para intentar dimensionar la naturaleza de la tarea que enfrenta el cambio y sus impulsores. Continuará

 

La guerra de 2002 En sus cursos sobre la historia del pensamiento, a mediados de los sesenta, Foucault invertía la máxima de Von Clauwstiz. Desde allí observamos la política como la administración de los resultados de una batalla final.

Ya la guerra deja de ser una extensión de la política y pasa a ser su condicionante y explicación. En 2002 se produjo la guerra; tuvo, en este país, una batalla similar. Literalmente, se cayó un pedazo importante de la arquitectura del poder. Del viejo poder. De aquel que en esos años en los cuales Foucault enseñaba en el Collage de France, Arismendi publicaba en «Problemas de la Revolución Continental» una advertencia premonitoria: la de la inconsistencia del capitalismo deformado, criollo y dependiente por decisión y vocación propia. Esa librada entre julio y diciembre de 2002, extendida en escaramuzas importantes en el primer semestre de 2003, determinó la existencia de ganadores y perdedores, cuyas relaciones han sido administradas con éxito por la política. De allá para acá hay un tumultuoso relacionamiento de experiencias e ideas. Pero, esencialmente también, una comprobación: la que historia la capacidad de un país de encontrar en la política una conciliación inédita para recorrer una etapa de modernización e inclusión social. Etapa de resultados bien imprevisibles y riesgosos en el propio diseño de aquella estrategia de guerra.

Entonces era el abismo de la insolvencia, del descrédito, las bancarrotas y los cuatrocientos mil pobres que la ruptura había generado en un semestre, agregándolos a los cuatrocientos mil que ya teníamos en diciembre de 2001.

Otras lecturas deberían ayudarnos a entender qué estaba pasando en esos meses de la gran batalla. Pero esa etapa ha terminado. Ahora la política misma es la que debe generar novedades y contenidos.

Antes que, sin la esperanza del nuevo programa, los perdedores, sin distingos de cintillos formales, intenten nuevamente usar la violencia de una nueva batalla que altere el mapa de ganadores y perdedores, y la institución de una nueva administración de sus resultados, apelando a políticas y procedimientos antediluvianos.

Necesitamos más lecturas, más verano y un poco más de tolerancia inteligente. Por lo pronto yo debo volver a los precios relativos y sus anexos, casi indecentes frente a la majestuosidad de la discusión propuesta.

Software desde Maldonado Lups (Laboratorios Uruguayos de Producción de Software), que opera desde Maldonado, se encuentra desarrollando software de administración para importantes casinos de Europa, Canadá y Estados Unidos.

La empresa, creada por Pablo Baldi y Marcelo Duarte, emplea actualmente a unas 20 personas.

Tras una exitosa experiencia en el hotel Conrad de Punta del Este, y luego en el Hotel Casino Mantra, también de esa ciudad, donde se desarrolló un sistema a medida para toda la administración del casino, los jóvenes recibieron inversión de capitales suizos que se asociaron para comercializar sus productos en el mundo.

«Estas personas vieron el desarrollo que habíamos hecho para Mantra, entendieron que en Uruguay había talento y decidieron apostar por nosotros».

«La demanda es muy importante y estamos apostando al país, haciendo algo que nos gusta sin tener que irnos al exterior, aunque el cuartel general está en Canadá, porque es allí donde se comercializa el producto», explicó Pablo Baldi.

Lups ha apostado a la expansión local y a la exportación del producto final, con valor agregado de materia gris uruguaya, que es mucho más rentable para el país que la exportación de sus personas.

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