En el mejor lugar en el peor momento
Confieso que siento la necesidad de explicarme mejor con quienes enfrentan la difícil tarea de leerme. Hasta ahora no había sentido esa sensación de rendir cuentas sobre lo que hago en estos lares, suponiendo que el ejercicio del privilegio de opinar es un acto de arrojo excluyente de explicaciones mayores.
En esta área difusa por definición de la economía y la política en la cual trabajo, las confusiones naturales de la materia se multiplican infinitamente cuando uno no logra la comunión mínima necesaria con el otro, a partir de lo cual es posible hacer las cosas elementales de la vida; en orden de prelación: comunicarse y cambiar desde ese ejercicio de comunicación ambiciosa. Esa explicación de lo que hago en la prensa es un relato largo, pero tiene un capítulo principal: mi tardío aprendizaje de la existencia de reglas de juego esenciales. Y en tanto, la ubicación frente al otro y sus cosas llena de ansiedad y cierta desesperación por evadir la futilidad de la comunicación de anécdotas menores, o que otros pueden contar mejor que yo.
Dicho de otra manera: no puedo soportar la liviandad en el tratamiento de temas complejos ni su descontextualización de los entornos en los cuales esos temas hallan su real significación. De allí surgen algunas de las explicaciones de los contenidos y las formas que he elegido para intentar seleccionar, comunicar y reflexionar lo que considero principal, urgente, inexcusable en las lecturas de la economía y la política. Explicación que comprende la selección de un equipo heterogéneo e inquietantemente díscolo para la norma de una empresa que vende información y razones.
Esas reglas…
Las reglas de juego son las relaciones establecidas entre los ciudadanos y la institucionalidad en torno a la cual se organizan las sociedades. Se plasman en contratos que por definición son imperfectos. Estas imperfecciones son utilizadas o padecidas por los ciudadanos en función de su capacidad de comprenderlas y el poder que tienen para especular con esos defectos y utilizarlos. Estoy convencido que la cohesión social y la expresión del potencial de cambio de una sociedad, y de la uruguaya en particular, es la sumatoria de la calidad de sus contratos. Y, en tanto de la capacidad de su regulación profesional. Pero, por sobre todas las cosas estoy convencido que esa esperanza se juega en la educación de ciudadanos lectores, capaces de comprender esa significación de los contratos, de exigir su calificación y sobre todo, de defenderlos evadiendo las lecturas simples u oblicuas.
En el intento de jerarquizar y explicar estas cosas he trabajado estos últimos años. He desdeñado, en demasía quizás, la futilidad del análisis de los precios relativos y el discurso o los hechos de la economía vinculados demasiado a una historia del «productivismo» tradicional. He evadido el sex appel de la polítización o la judicialización de la economía. He tratado de utilizar las series de datos disponibles para mejorar la comunicación de hechos un tanto complejos, lo admito, con enormes dificultades personales para explicarme cuando me pasa algo similar a aquello que Foucault reclamaba para los nuevos historiadores: la capacidad de asombro o la beligerancia que emergen de los documentos, o de las series, cuando estos ya no jalonan una historia consabida sino que obligan al periodista o al analista a zambullirse en otras historias. Esas cuyo intento de relato puede resultar hasta agraviante para un lector de diario desprevenido y apurado aferrado comprensiblemente a sus códigos de comprensión disponibles.
Reivindicación e invitación a la complejidad
La historia reciente de la economía nacional está preñada de estas plataformas de buceo hacia lo desconocido para nuestros códigos usuales. ¿Cómo aceptaría el lector desprevenido sin un poco de furia, que alguien intente compartir con él las inferencias que tiene en su vida, por ejemplo, el monetarismo o la prospectiva del método de calificación de riesgo? Alejadas del simple interés de averiguar simplemente los futuros precios del dólar o las tasas de interés, buceando en cambio en aquel relato de la institucionalidad y la calidad de los contratos. Los comunicadores siempre estamos enfrentados al dilema de seducir o confrontar la capacidad del lector.
Estoy convencido que gran parte de los problemas que tiene este país tienen que ver con la renuncia de los periodistas desprendidos de las incumbencias naturales con las empresas que los albergan a provocar reacciones activas de los ciudadanos que se informan y relacionan entre sí a través de la oferta pública de comunicación dominante.
En esas intersecciones en las cuales la gente se relaciona con las elites es un lugar incómodo por naturaleza. Pero ese es, precisamente, el lugar y la razón que explica mi permanencia en los medios de comunicación masivos.
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