Gobierno maniatado en mar de incomunicación
La semana pasada participé en dos instancias de esas que uno no puede evitar, enfrentado a la exigencia de tener que contarles cosas a otros intentando a la vez aprender qué dicen los otros en sus propios lenguajes. Probablemente hubiera completado la provechosa semana intentando hacer lo mismo en el Congreso del Frente Amplio si hubiera tenido la oportunidad de hacerlo, intentado allí entender las razones de una discusión que le complica la vida un poco más aún al gobierno uruguayo en momentos de decisiones históricas.
En la reunión casi coloquial con Alejandro Jara en un salón de la Facultad de Ciencias Sociales o en el panel de un foro de pensamiento global, quedaron más interrogantes que respuestas absolutas. Y de aquellas, dos esenciales: una, ¿en qué anda uno mismo en su relación con un mundo en fantástico cambio?; y dos: ¿cómo encontrar un lenguaje mínimo común pasible de ser utilizado como vehículo de acceso a escenarios que ya no tienen nada que ver con los de la historia reciente?; escenarios en los cuales uno puede intentar vivir solo o con los otros, sabiendo íntimamente que la opción se asemeja mucho a la opción original de morir o vivir. Esa que otros toman por uno hasta que la edad de la razón mínima, o de la independencia formal nos enfrenta a la responsabilidad de las decisiones adultas.
El lenguaje
Lo del lenguaje es anterior. Cuenta Chomsky -el lingüista-que los bebes vinculados entre sí durante un tiempo y sin vínculos maternos apelan a sus propias estructuras de relacionamiento obligatorio y construyen rápidamente un sistema de comunicación básico que les permite identificarse a sí mismos en la advertencia del otro. Ecco agregaría que esa advertencia del otro a través de la búsqueda de un lenguaje común es el principio de la ética.
En esa cuasi relación fetal los nuevos humanos pueden crecer y convivir durante un tiempo hasta que la dialéctica de la vida los impulsa hacia otros más sin solución de continuidad, hasta que cesa el deseo de crecer comunicados y luego de vivir. El recuerdo de la experiencia me surge muy vinculado a la percepción de que este paisito se ha instalado en muy pocos años en un lugar tan deseable como incómodo, tan apreciable como riesgoso, algo así como una plataforma desconocida, comparable tan sólo a aquella que en los albores de la independencia política enfrentó a los orientales a la exigencia de síntesis complejas del pensamiento ya entonces global por definición y la épica experiencia de la historia reciente.
Tengo la convicción que Uruguay ha logrado subirse a esa plataforma resolviendo correctamente las principales materias; y que allí situado se enfrenta ahora, a dilemas imposibles de abordar racionalmente porque ha perdido los códigos de su comunicación elemental con el mundo que lo rodea. La discusión actual sobre los temas de política comercial y relacionamiento internacional se asemeja a una discusión de orden prenatal; a un intercambio de señales falsas, sin valor de uso alguno. Algo así como un sistema de comunicación preformateado que alguien instalara artificialmente en la nursery de la experiencia aludida, capaz de desorientar la dialéctica natural de los niños asomados a una promesa de vida. Quizás la inclusión violenta en la nursery de un argot útil únicamente para una pandilla de infantos invasores comunicándose entre si con códigos aún más exclusivos… Yo no se que sucederá de aquí en más con la sustentabilidad misma de la experiencia reciente de los uruguayos, asomados a la dificultad de carecer de lenguajes básicos de comprensión y reconocimiento del otro. Lo que si sé es que las cuentas se pagan casi on line en el mundo de hoy. Lo que si sé también es que aquí los viejos nos aferramos a códigos exclusivos, a señales falsas impuestas desde la comunicación inútil escamoteándonos a nosotros mismos y a nuestros hijos y nietos valores caros que otros transforman en herramientas de vida. Esto es la rendición de la cultura y el triunfo de la cobardía «iluminada».
Decisiones difíciles
El tipo de debate que Uruguay frecuenta en relación a las decisiones dramáticas que tiene que adoptar nuestro gobierno en una instancia muy similar al bloqueo armado que padecemos es, sencillamente, de otro mundo. A China y Vietnam le sucedió lo que a Uruguay ahora hace algo más de diez años. China debió relacionarse con el otro y dejó de lado por un momento el mandarín para hablar en otros idiomas incorporándose a la OMC y sometiéndose en ella a disciplinas que han transformado aspectos esenciales de su institucionalidad madura. Alejandro Jara, probablemente el segundo al mando luego de Lamy, nos advertía la semana pasada: «sepan que China no es un «problema» exógeno, sepan que conviviremos con ellos en permanencia…y que, instalados aquí, ellos están haciendo una contribución formidable a la libertad de comercio y a las reglas del relacionamiento internacional.» De Vietnam ya ha hablado Tabaré Vázquez con conceptos que parecerían haber sido emitidos por un ser extravagante, manejando desde la presidencia un lenguaje que parecería imposible de entenderse: el de la razón y la consideración del otro.
Mientras tanto nuestra gente permanece hostigada por la agresión de ese dialecto uruguayo inútil como herramienta de relacionamiento hábil en un mundo de emergencias increíbles. Desde este páramo de incomunicación interna y asilamiento, el presidente uruguayo deberá enfrentar en las próximas horas la sonrisa socarrona de sus colegas cuando deba reivindicar algo más que una soberanía formal del país. Es imposible imaginar desde estos argots prenatales mediante los cuales nos imaginamos relacionados, las dificultades que tiene el primer gobierno de la izquierda para defender con alguna esperanza la cohesión nacional frente a ese mundo en el cual los países emergentes o piensan lo nuevo desde un lenguaje común o, sencillamente, se caen del mapa.
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