LOS VIEJOS EMPRESARIOS SON SUSTITUIDOS POR ADMINISTRADORES QUE NO INVOCAN A LA PATRIA

Opciones de responsabilidad, colonización y soberanía real

Acostumbrado a lidiar con opciones empresariales complejas, mi amigo encaraba su decisión desde su estricta responsabilidad de administrador de un capital que a la familia le había costado acumular y mantener en los frecuentes períodos en los cuales la leche valía entre siete y diez centavos de dólar. En estas horas ya habrá decidido y, seguramente, se instalará plenamente en un escenario más competitivo, exigente, desprovisto ahora, formalmente, de las viejas seguridades de cuotas y pertenencia a instituciones de honorable tradición y marca en las cuales, obviamente, ya no puede continuar desarrollando su empresa. Naturalmente, mi amigo proviene de aquellos mismos escenarios en los cuales se educaron varias generaciones, hoy protagónicas en exceso de las decisiones políticas o comerciales en este país. En tanto, había en aquel relato del sábado, un dejo de tristeza y un empeño natural en escrutar la historia reciente. Claro, era una distendida conversación de sábado en la noche y a los dos nos vino bien ese bucear en las historias que determinan no sólo decisiones que fracturan tradiciones y cuestionan pertenencias afectivas, sino y sobre todo, que nos impulsan a actuar individualmente en escenarios desconocidos, que se asemejan a vastos páramos sin atajos ni desvíos posibles.

 

Opciones

Evaluada desde un vértice de rentabilidad y riesgo, no había en el caso que enfrentaba mi amigo opción alguna como no fuera aceptar la oferta, elaborar los mejores contratos posibles, tomar las coberturas de riesgo necesarias y, sobre todo, reestructurar su empresa para incorporar más tecnología aún a un modelo de explotación de un tambo industrial con manejo financiero y eventuales aperturas de capital.

Ese modelo empresarial, lejos de desplazar mano de obra, tiende a incorporarla en condiciones bien diferentes a las que se observa en las relaciones del capital y el trabajo del Uruguay «profundo». En esos modelos de desarrollo capitalista del campo, la relación del valor agregado producido y el bienestar social pivotean sobre equilibrios bien diferentes a los viejos modelos colonizadores agrarios.

Esos nuevos modelos no subsisten ni se desarrollan sin provisión de otro trabajo, sustitutivo del familiar precapitalista. Los nuevos modelos pautan exigencias mutuas que están directamente vinculados al logro de objetivos comunes de los nuevos empresarios y la sociedad, observada como suma de intereses individuales y familiares, nunca más como abstracciones modélicas de fuerte contenido ideológico y riesgos fuertemente socializados.

 

Exigibilidad creciente

Quizás mi amigo no lo sepa aún, porque su profesión principal se inclina más a la historia de las escrituras y la fe que a la prospección económica y financiera, que en poco, esa misma dinámica productiva lo llevara a enfrentarse con sucesivos dilemas. La mayoría de los cuales irá resolviendo delegando responsabilices directas en la producción y administración ejecutiva de aquella vieja explotación. En esa vía rápida de transformaciones que disparan las opciones duras resueltas correctamente y con la oportunidad necesaria, los empresarios nacionales, en la campaña o en la ciudad, son transportados a escenarios bien diferentes. En ellos hay que tomar nuevas decisiones, muy personales y a riesgo propio. Ni el Estado ni la vieja Liga o Cooperativa agraria ayudan mucho en esa dinámica de creación de valor con cobertura de riesgos profesionalizados al extremo. Mas valor agregado, más rentabilidad más inversión, más riesgo. En esos trances, los viejos empresarios son sustituidos por administradores que no invocan a la patria ni conocen los programas como no sea para evaluar el riesgo de los contratos que deben asumir con responsabilidad civil y penal. Y los mejores, además, con responsabilidad social frente a la comunidad en la cual trabajan.

 

¿Y los desplazados?

El proceso es insoslayable. Y los Estados, incluyendo la mayoría de los latinoamericanos, han aprendido que eso no se puede enfrentar desde las viejas ciudadelas de la religión o del nacionalismo antártico. Han aprendido que el viejo concepto de la protección comercial ya no defiende sino que excluye y debilita. Y saben en su fuero íntimo que el viejo esquema de la colonización no puede seguir siendo emparchado detrás de normas absurdas; intentando mantener en el campo a quienes, precisamente, hay que reincorporar a los procesos más dinámicos, la mayoría de los cuales generan educación y defensa de los derechos humanos más elementales en ámbitos gregarios que en general distan del bucólico paisaje del Uruguay profundo. El nuevo agro se parece cada vez más en el mundo a una usina de transformación y creación de valor enmarcado por normas de competencia leal. Propiciar ese proceso competitivo es la esencia de la confrontación multilateral. Los pobres del mundo aspiran a la libertad y le enrostran a los poderosos la protección imperial y colonizadora. Es desde esa reivindicación de libertad y ambición de competencia leal desde dónde hay que replantearse la colonización y el bienestar nacional. Sin fronteras absurdas de campo y ciudad; sin ofrecerles dadivas y asistencialismos a quienes deben ser reincorporados al proceso competitivo porque en esencia, lo único que diferencia a esos desplazados de los exitosos administradores del capital son las oportunidades de educarse para vivir y trabajar en los escenarios reales. De allí en más, la cohesión social en la campaña y la ciudad, al igual que la noción de soberanía, podrá ser enfrentada con más éxito y esperanza ciudadana.

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