Efectos de la mala educación: el desprecio del valor de una moneda nacional fuerte como expresión de lo nuevo
Basta que un representante sea apurado acerca de los problemas que presenta la producción para que aparezca esta inconveniencia, el «rezago cambiario», como santo y seña de todos los defectos y riesgos. El tema no es nuevo. Y además ha sido utilizado por todos para hacer esa política simplona, de roles, sin ideas propias. Se utiliza la mala memoria o la memoria parcial de la historia: el terror de una tablita rota en el 82, que ni tiene nada que ver con el régimen actual ni con las circunstancias posteriores en materia cambiaria. Es un poco aburrido recordar las diferencias que hay entre aquella historia de la revalorización del peso frente al dólar y la que hoy existe. Alcanzaría con recordar que la «tablita» era un programa formal de anclaje cambiario para enfrentar desequilibrios fenomenales de precios en épocas en las cuales este país ni podía soñar con enfrentar la inflación apelando a los instrumentos de hoy. Pero aun entonces como hoy, esos programas de estabilización forzada –utilicen el dólar como ancla o la tasa de interés como en el presente– no son buenos o malos en sí. Tienen éxito o no si el resto del programa económico y político de los gobiernos funciona bien. Y, naturalmente, si la gente entiende de qué se trata. En caso contrario va a haber tantas rupturas de tablitas y consecuencias similares como proyectos de estabilización enfrente un gobierno que no quiera ser fagocitado por la inflación y sus consecuencias.
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Uruguay está en eso. Su gobierno ha tomado una decisión frontal aunque dilatada en demasía y mal comunicada nuevamente; empero, parece dispuesto a jugarse toda la credibilidad que tienen sus principales instituciones, incluyendo la presidencia para salir de ese espiral de riesgo. Ha puesto en marcha un plan duro y costoso. Pero la explicación de ese plan monetario y fiscal no logra ser integrada a la perspectiva de un proyecto político de orden mayor, cuyos objetivos desbordan ampliamente la defensa de la moneda nacional y los ingresos reales de los uruguayos. Ese plan es desconocido y combatido en amplios sectores de la sociedad uruguaya, incluyendo la propia fuerza política de sustento. Es desesperante observar la vulnerabilidad que tienen esos planes de estabilización .
Es difícil estabilizar cuando los precios se desmadran con grupos de poder fuerte en puja por ellos. Desde el gobierno conviven dualidades peligrosas y caras. Se toca un precio para ahorrar un peso y ese peso va de inmediato a alimentar otro precio cuando a la gente se le explica que la inflación es un problema exclusivamente de oferta. Parecería que es vergonzoso decirle a la gente que los uruguayos y su propio gobierno están gastando mucho, entre otras razones porque ahora tienen mucho más que antes. A la vez, yendo a la esencia real de la inflación el gobierno actúa con fuerza pero casi desde la clandestinidad, forzando desde la contracción monetaria, la disminución de esa demanda agregada. Esa que su propia comunicación no explica como causa principal del riesgo inflacionario. Si mientras se hace política monetaria dura a la gente se le dice que el problema se resuelve esencialmente trocando compras en el mercado, aquella política monetaria va a ser aún más costosa y complicada. La contracción monetaria y el ahorro forzoso se asumen desde el gobierno casi con disculpas. Obtener un superávit fiscal más amplio parece ser una traición al principio distributivo, al ideal productivo y vaya a saber a cuántas pamplinas más. Pero esa ambigüedad se encuentra funcionalmente con el único valor que parece reconocer la gente cada vez peor educada.
En el fondo, una y otra vez, reaparece esa paradoja dolorosa de la realidad nacional: el desprecio de la moneda propia; aun luego de años de crecimiento, acumulación y recreación de algunas bases de la confianza nacional. Este proceso, vale recordarlo, tiene su arranque con la reconquista democrática. En dictadura cualquier intento de anclaje como el que tan mal terminara en octubre de 1982 estaba condenado al fracaso. Nadie confía en la moneda de un país cuyo contrato principal ha sido roto. Luego del restablecimiento democrático, luego de la exitosa salida a la crisis de 2002 – con correcciones fuertes sobre fuentes de desconfianza que parecen haber sido olvidadas- y luego de un tránsito civilizado de alternancia partidaria en la conducción de la cosa pública, este país ha conquistado una oportunidad espléndida. Ese valor importa más aun que la productividad acumulada, y se descuenta naturalmente en el precio de la moneda nacional. Sin embargo, ese activo es ignorado y despreciado. De tal manera que cualquiera «explica» con doctoral verba la desgracia que padecemos los uruguayos: esa de tener una moneda que nuevamente comienza a ser querida y apreciada. Antes que nada afuera y luego, adentro, en el reducto de quienes manejan la mejor información y otro tipo de ambición cultural por cierto.
Test de fuerza en otra perspectiva
El Presidente, el Banco Central y el Ministerio de Economía han logrado, al menos, encauzar ese plan de enfrentamiento fuerte a la inflación. Este es serio y va a ser profundizado en su propia dinámica. Ese plan cuesta mucho dinero y sus efectos colaterales van a doler mucho en el corto plazo. Pero al fin, este gobierno ha debido enfrentarse a una prueba mayor en el cruce de lo que hay que hacer y muchas de las dependencias que le complicaran progresivamente la vida. Ese plan era necesario para cambiar las expectativas. Pero, además, era imprescindible como test de la capacidad de este gobierno para enfrentar problemas mayores cuando estos, indefectiblemente, comiencen a aparecer.
El problema, en este caso especialmente, vuelve a ser la comunicación. Si el gobierno permite que esta confrontación sea utilizada de la misma manera como lo fue su proposición inicial de reforma tributaria para diferenciar perfiles intrapartidarios de cara a la próxima elección, ese plan va a caer en pocas semanas.
Y ello no va a depender de las lluvias ni del petróleo ni de los pollos sino de la política. Si algo necesita un plan de estabilización en serio es una anticipación de la comunicación de riesgo frente a la embestida de todos aquellos que insistirán con la devaluación del peso para mejorar la «competitividad» de veinte empresarios y unos cuantos rentistas en dólares. La especulación con el fracaso del plan intentará alinear en esta perspectiva a la opinión pública. Es fácil hacerlo. Se reivindicara «el país productivo dañado en la competitividad de sus empresas». Se cuenta con esa subestimación del valor y la función de la moneda nacional. Se harán buenos negocios reivindicando al «país productivo» enfrentado a la política monetaria.
Lo difícil es imaginar cómo pueden ahora el Presidente y el equipo económico hacerle entender a la gente que el problema de la competitividad, la producción y el trabajo está afectado efectivamente por la inflación en dólares. Pero que esa inflación en dólares tiene dos componentes; una, la caída del precio de la moneda extranjera en términos de bienes y servicios que compramos y vendemos. Y el otro, que suma mucho más en ese resultado: la inflación propia, en pesos. Corregir el deterioro de valor de dólar no está al alcance de la política ni parece demasiado patriótico. Lo otro sí. *
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