En el momento más difícil, el discurso presidencial disfumó la esencia de la confrontación futura
De hecho, lo primero que sucedió luego del mediodía del martes fue el aumento de la incertidumbre. Hace rato que en este país es un poco más difícil prever desenlaces de mediano y largo plazo. Desde el martes a esa incertidumbre se le sumó formalmente la inflación. Entendida esta un poco más allá de las dificultades que tiene para un proyectista de inversión o un jefe de hogar para cerrar sus presupuestos con aproximaciones mínimas a la realidad. Los hechos posteriores al martes fueron creando una incertidumbre de orden un poco mayor a la incertidumbre de los flujos, la capacidad de repago de deuda o cuánto se va a necesitar una familia para vivir en los próximos meses. La nueva incertidumbre abreva en esos cambios de precios relativos y sus vínculos con el futuro, pero esencialmente tiene que ver con cómo encara el sistema de representación las adversidades cuando ellas se manifiestan públicamente y, como en este caso, con características de alarma pública.
Más allá de los precios relativos
Ese es, quizás, el abordaje más interesante que tiene el tema de la inflación. Su capacidad de «probar» las respuestas disponibles del sistema político enfrentado a una contingencia agresiva, compleja y de impactos potenciales fuertes. Lo demás importa la crónica y análisis de los precios e instrumentos- pero un poco menos que la observación de cómo se mueven las instituciones y la política frente a este tipo de contingencias. El estado de la institucionalidad frente a circunstancias adversas viene siendo probado en instancias relativamente complejas, algunas muy fuertes como las del bloqueo regional, hace ya un buen rato. Pero en materia específicamente económica y financiera, luego de haberse conocido a mediados de 2003, los resultados del canje de deuda, el sistema de representación institucional de la democracia uruguaya ha vivido en calma. Ahora, sin embargo, el riesgo de un rebrote inflacionario está testeando con exigencias inéditas la coherencia y fortaleza del sistema institucional, quizás preparándolo para otro tipo de exámenes como los que usualmente deben rendir países periféricos con ambición de desarrollo pleno expuestos a riesgos crecientes.
Desconcierto y confusión
La primera respuesta fue la incertidumbre: el gobierno entero se enfrentó a la objetivización numérica de un runrún que fue sentido y asimilado por la gente antes que sus representantes lo advirtieran. A tal punto sucedió así que nadie procuró utilizar el tema de la carestía como un elemento diferenciador; ni en el oficialismo ni en la crítica dominante de la oposición, ni en las consultoras, ni en los sindicatos. La segunda respuesta fue la improvisación en materia de diagnósticos. La tercera fue la gritería y el atropello en la implementación de las respuestas. La cuarta es la tendencia a la elusión de problemas que no se entienden bien y frente a los cuales, se intuye que la institucionalidad actual no tiene instrumentos para manejar adecuadamente. La quinta es la elevada propensión a rezar que se ha incorporado al ser nacional como respuesta intuitiva de alguien que toma riesgos mayores a los debidos para su solvencia actual.
¿De qué se trata?
Vale recordar lo que está en la tapa del libro y que debería quitarnos más tiempo a esta altura: la inflación es un problema monetario por definición pero cuyas consecuencias son financieras, económicas, sociales y políticas en ese orden de progresión. De inmediato, la inflación es una meta, adecuada a las posibilidades y deseos que cada país tiene de vivir con más o menos incertidumbre; abocado en mayor o menor medida a discutir lo estructural real en vez de zoncear con inventos extraordinarios o acuerdos con el sector privado para forzar precios, en relación siempre dependiente de algún sacrificio fiscal. El nivel de inflación de un país está inversamente correlacionado con la ambición racional de grandeza que tiene su sistema de representación política. Y esto no es menor cuando una relación de precios, el 9% en este caso, no dice mucho en si, sino como indicador de comparación con las realidades en las cuales viven o hacia las cuales tienden otros países. Y, naturalmente tampoco habría que perder mucho tiempo en esto; alcanza con superponer el mapa de la pobreza al de los países con inflación mayor a la media universal.
La síntesis de resultados del test: el mensaje presidencial
El viernes, finalmente, el mensaje presidencial sintetizó lo que podría ser evaluado como la capacitación media que tiene la institucionalidad uruguaya para afrontar este tipo de adversidades. Esa síntesis resulta un arbitraje correcto de la aptitud y, también de la ambición. Y el resultado es muy pobre. O el presidente no fue asesorado correctamente o el presidente laudó que la confrontación con la inflación es un problema de prelación similar al de los otros cien ítems del balance reiterativo. Problema que deben resolver con apego a la lógica de la política preelectoral un grupo amplio de autoridades aplicando políticas llenas de voluntarismo, esencialmente contradictorias en si por su afectación de los equilibrios fiscales e impacto sobre las expectativas. En cualquiera de los dos casos, el resultado del examen que el mensaje presidencial del viernes sintetizar resulta, otra vez de nuevo, insuficiente. Ni es bueno afirmar que no se toquetearán los precios cuando se toquetean, ni alcanza con expresar un apoyo casi obvio a la política «económica» cuando parte considerable de esa política económica, con su perspectiva de expansión del gasto, no es conciliable del todo con la solución fiscal y monetaria de la inflación. El presidente sospecha de la capacidad de regular el riesgo moral y el «apoyo» explícito del presidente a la política «económica», presumiblemente enfrentada frente al riesgo inflacionario se parece más a un traslado de responsabilidades a futuro que a un compromiso inequívoco del jefe y dueño de los votos con los sacrificios que la conducción económica le pedirá o no a la gente frente a esta y otras contingencias similares. Y el Banco Central, sólo como nunca, deberá considerar si apela o no a la comunidad a través del Senado para asegurarnos que podrá cumplir su programa de una vez por todas. *
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