Saman: Los empresarios venden cuando llegan al límite

Camil Alimentos, una de las empresas alimentarias brasileñas más importantes acaba de completar la adquisición de la hasta ayer empresa líder del complejo arrocero nacional. La operación estimada en U$S 100 millones transfiere al capital brasileño trasnacionalizado, vía participación en los fondos globales de financiamiento, una empresa cuyos números y distribución de utilidades son satisfactorios. Con la venta, el escenario del complejo arrocero cambia dramáticamente en varios aspectos. Prácticamente todos ellos positivos desde una perspectiva de creación de valor, trabajo y, sobre todo, riesgos administrados lejos de la protección del Estado, tradicionalmente tan costosos para la comunidad en ese mismo sector. Entre otras cosas Saman es propietaria de Arrozur y opera como natural agente financiero de la base primaria del complejo.

Los dueños de la arrocera han decidido vender, ubicados en el mismo esquema lógico que está determinando la trasnacionalización de la industria de la carne, la creación de mayor competencia en el sector lácteo, que justamente intentará eliminar el curioso proyecto de Ley de Lechería, y una coparticipación excepcionalmente dinámica del capital extranjero en la producción, industrialización y comercialización del sector agrícola y forestal.

Es un proceso anunciado y natural. Las economías no se pueden cerrar y la democracia genera desafíos y oportunidades excepcionalmente dinámicas en el continuo acelerado de cambio de las relaciones de producción.

No se le pueden transferir más subsidios a la ineficiencia vía impuestos explícitos o implícitos a la gente y, además, democracias potentes tienden a producir reglas y disciplinas fuertes. Hacia esos lares se estira la atención de los inversores expuestos a control social: el de sus accionistas globales y la fortaleza de los reguladores en sus países de origen.

Lo de Saman puede observarse como un desastre más de la globalización o, puede ser atendido como una señal más de un proceso irreversible que la política debe entender para poder manejar mejor. Los empresarios que ahora venden no toman la opción porque están fundidos sino porque son fuertes. Al punto de saber que, mañana, la protección de tesorerías pobres no los van a poder asistir en un juego global que no admite voluntarismos ni nacionalismos que siempre terminan pagando los contribuyentes más desvalidos. *

J.J

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