PARA EL ANALISTA LA CLAVE ES LA APERTURA DE LAS ECONOMIAS

Experiencias divergentes: Asia y América Latina

En la discusión latinoamericana se suele escuchar que ello se debe a que los asiáticos son más trabajadores y que en América Latina hay más corrupción. Sin embargo, en América Latina la mayor parte del crecimiento se ha basado en el aporte del trabajo, mientras que en China y Corea vemos que los aportes de la inversión y de los aumentos generales de eficiencia y productividad son tanto o más importantes que el trabajo para explicar el crecimiento. Los datos también muestran que esos países asiáticos ahorran e invierten más del doble de su ingreso que los latinoamericanos.

La explicación basada en las diferencias de corrupción no es mejor: diversas medidas de corrupción no muestran grandes diferencias entre países asiáticos y de América Latina.

En ambas regiones encontramos índices promedio de corrupción superiores al promedio de los países desarrollados, con algunos países que se destacan favorablemente en cada región, así como varios casos muy negativos.

Cuando se estudia lo que ocurre en estos países llaman la atención dos cosas, además de las ya mencionadas en relación al ahorro y las inversiones.

Una es de tipo cultural: en Asia se espera que la gente resuelva sus problemas sobre la base de su esfuerzo, apoyándose en su red familiar o la comunidad local, pero sin esperar que terceros se hagan cargo de sus problemas.

En cambio, en América Latina se tiende a que las personas busquen que otros les resuelvan sus problemas. En una época fue la Iglesia o el dueño de la hacienda, más recientemente, el Estado. Uno de los grandes cambios de los 80 y 90 fue justamente la retirada del Estado de muchas actividades que podían realizar los privados, relevando su rol subsidiario para concentrarse en apoyar a los más desvalidos y en nivelar la cancha del juego económico.

La otra diferencia que golpea la vista es la apuesta por la inserción en la economía global y la persistencia en ella, incluso a pesar de crisis como la vivida a fines de los 80.

En América Latina, la apuesta por la inserción internacional ha sido más tardía y reticente.

La expresión más reciente de esta reticencia es el maltrato sistemático a la inversión extranjera en varios países, los mismos que años atrás hacían grandes esfuerzos por atraerla.

Si bien observamos retrocesos y amenazas en varios países de América Latina, reconforta el ejemplo de otros como Colombia y Perú, que en medio de grandes dificultades siguen perseverando en sus intentos por consolidar economías más abiertas, integradas al mundo y donde las personas cada vez tienen mayor responsabilidad en la gestión de su destino.

Esperamos que su ejemplo cunda y que puedan conformar una masa crítica decisiva con México, Chile y Brasil, para imprimir un rumbo que permita que la región apueste al desarrollo sobre la base de su esfuerzo y una mayor inserción en la economía mundial. *

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