Nadie festeja la vigencia del nuevo sistema tributario
Lo nuevo e interesante en este país es la nominación e individualización del pago. Ahora sí, todos somos hombres y mujeres numerados. Cada acto de cada uno que nos relacione con el otro en el mercado va a llenar una celdilla de una fantástica planilla de datos manejada por la burocracia del Estado las veinticuatro horas de todos los días de todos los años.
Para algunos, la apertura de la intimidad de los individuos a los efectos de poder controlar sus veleidades e indisciplinas es imprescindible en aras de redistribuir los panes y mejorar la justicia. En tal presupuesto fue impuesto por un decreto que a partir de junio de 2006, que entre gallos y medianoche decidió levantar el secreto de las compraventas realizadas con tarjeta para incorporar a la base de datos de la DGI todos y cada uno de los actos del consumo de la población realizados con plástico. Con la misma inspiración, el sistema de control del los nuevos impuestos reposa sobre un sistema invasivo que activa, por ejemplo, la investigación de cualquier acto de mercado que se desvíe de la conducta presumible de un individuo o empresa comparado con las series históricas de su conducta económica. Este sistema es enormemente caro y riesgoso desde esta perspectiva. Y genera, naturalmente, una dinámica de husmeo policial en la vida de todos que todos vamos a sentir de una u otra manera. Es demasiado fuerte el cambio que supone ese cara a cara de un administrador burocrático de un estado sospechosos con el individuo sospechado. Lo es en relación a sus presumibles dividendos en materia de justicia, distribución y sobre todo, en materia del principio inicial de la virtud en al cual debería comprobarse cada uno de los actos de un gobierno de izquierda, al menos como seguro ante los reflejos condicionados provenientes de la historia tentaciones de la historia: la libertad.
No alcanza en este país publicitar la presunción de que muchos van a pagar un poco menos y pocos van a pagar mucho más. Los uruguayos le tienen más miedo al gran hermano que a cualquier otra cosa. Y este gobierno se ha metido nuevamente en un brete porque, muchas veces, cede en temas esenciales. En este caso, el equipo económico ha aceptado la falacia de suponer que el Programa del gobierno debe ser la copia de programas político partidarios que todos escribimos en el secreto anhelo de legitimación por la oposición de todo aquello que permitiera movilizar y unir las fuerzas motoras del cambio. La democracia republicana no admite las gobernanzas que no pueden o no se animan a explicar y fundamentar que lo único que no puede alterar una fuerza política que accede al gobierno son los principios y la misión principal de su propuesta. No, por cierto, cada una de sus miles de promesas administrativas, necesariamente expuestas a modificaciones fenomenales de los escenarios y la propia experiencia de un gobierno púber. *
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