Recrear la esperanza desde un optimismo racional
En principio, a muchas mujeres y hombres en el mundo nos cuesta incorporar esa preocupación de incumplimiento y desesperanza en nuestra comprensión de lo que está efectivamente sucediendo en el mundo. Quizás pudiéramos avanzar más rápidamente en la dirección del cumplimiento de las metas si fuéramos capaces de incorporar una visón más comprensiva de la realidad y sus tendencias; Armados de tal manera quizás fuera posible partir desde un optimismo razonable hacia una convocatoria distinta a la participación activa de hombres y mujeres como ciudadanos racionales y razonables. Aunque para ello sea necesario replantearse estos temas desde una óptica de responsabilidades individuales en oposición a la noticia y la discusión de un empeño multilateral demasiado abstracto y lejano a los individuos.
Por primera vez desde que existe la historia, la humanidad parecería haber superado el milenarismo trágico desplazando la idea de un absoluto cruel interpuesto entre la razón y el optimismo natural de la vida. Desde la el milenio inicial los cambios de siglo han sido el albergue desde el cual surgía la paralizante premonición del holocausto. Aún hoy, en los albores del siglo XXI la desesperanza es el recurso del pensamiento que niega la capacidad transformadora de la especie. Reconozcamos sin embargo que la humanidad ha logrado sobreponer la esperanza activa como valor, santo y seña que habilita la ambición de un progreso fantástico. Hay, empero, un multiplicador defectuoso de esas victorias: la comunicación acotada, o aquella interesada en perpetuar en formatos posmodernos las antiguas admoniciones.
Entre las metas y los individuos
En este marco de revisión del sentimiento escéptico pudiera ser posible, quizás, convocar al prójimo a participar con más compromiso en el cumplimiento de metas cuya existencia y control es patrimonio exclusivo de elites, por definición reducidas.
En esta perspectiva la discusión, los registros y la evaluación de cumplimiento del plan del milenio pudiera cobrar un carácter ofensivo acelerado por la irrupción de otros actores en el escenario. En una perspectiva diferente, la dominante actualmente, la convocatoria a evaluar si estamos más o menos cerca del cumplimiento de las metas se aproxima mucho a un ejercicio intelectual, desprendido de la seducción y las razones que pudieran convocar un esfuerzo de dimensión mayor. Esa reubicación de la convocatoria exige liderazgo y convicción de necesidad. Pero presupone la existencia de contenidos nuevos. Probablemente, ahora, a diferencia de principios de los noventa, estemos en condiciones de descubrirlos, pensarlos y repensar desde ellos el motivo de una nueva convocatoria.
El vínculo de lo actual y esa eventualidad es la anteposición del optimismo a la latencia de una inconformidad que desprende rencores y pesimismo. Esta reflexión nace de ese optimismo, el negociado en mi fuero íntimo, entre la sensibilidad y la razón.
Si hubiere lugar para incorporar más optimismo y razón comprehensiva, la gobernanza del proyecto y sus agentes principales deberían replantearse las metas del milenio desde esta nueva perspectiva; aceptando el desafío de generar una provocación mayor y un tanto diferente del pensamiento de la humanidad en relación a su bienestar futuro. No hay porque no hacerlo. La ciencia nos ha enseñado a corregir los proyectos a tiempo, desde los flujos de un programa financieros hasta el proyecto mismo de una vida. ¿Porqué no utilizar esa perspectiva distinta como marco de redefinición de objetivos o, en todo caso, de prelación de aquellos que una vez alcanzados, valiosos en si mismos, fueran capaces a la vez de arrastrar a velocidades mayores el resto del quehacer?
Realidades
Pudiera suceder en cambio que prevaleciera un cierto pesimismo asociado a la percepción de las brechas entre los avances logrados y las metas cuantificadas. De alguna manera es explicable. La situación sigue siendo desesperante en variados lugares del planeta respecto a cada una de las metas. Las proyecciones para 2015 adelantan magros resultados en los objetivos de erradicación de la pobreza: en un cuarto de siglo sólo se habrá podido incorporar a un 10% de la gente que vive con menos de un dólar diario la meta es disminuir a la mitad esos mil millones de humanos que viven en tales condiciones. Un niño que muere desposeído de alimento y afecto alcanza para borronear cualquier indicador de avance. Aún el que supone esa misma sensibilidad de la especie para sentir primero y reconocer luego esos indicadores de injusticia y riesgo. Pero necesitamos integrar la razón al fundamento de una esperanza que no ha logrado activar la proposición de las metas del milenio. Quizás fuera posible. Tanto subvierte e indigna la incapacidad que supone la visión de aquel niño agonizando, como no reconocer en esa misma sensibilidad un valor. Pero además es necesario revisar todo el plan. Y, probablemente profundizar el análisis de los indicadores de gobernanza como plataformas de una acción diferente. Hace ya un buen rato que las economías periféricas crecen a tasas que duplican el crecimiento del centro.
En la base de análisis de esta realidad la humanidad debería ponderar, reconocer y celebrar la emergencia de nuevas reglas y disciplinas. En términos de crecimiento per cápita el gap a favor de las economías en desarrollo es aún mayor: las proyecciones para el primer decenio del siglo invierten totalmente los registros de las dos últimas décadas: 5.1% acumulativo anual para los no desarrollados, 2.1% para las economías centrales.1 Esto tiene una connotación obvia con la inclusión. Con la realidad y con el potencial de inclusión a futuro si logramos advertir que, por ejemplo, en América Latina la emergencia no sería posible sin ponderar el efecto democrático en la capacidad de captar IED desde una perspectiva de equilibrio en la cuentas fiscales y de la balanza de pagos.
El lugar de la razón
En su admirable diálogo con Carlo Ma. Martini, Umberto Ecco discute con el teólogo el principio de la solidaridad advirtiendo «…la ética comienza cuando entran en escena los demás.
«2 En la búsqueda del otro se construyen las disciplinas que nos permiten vivir mejor. ¿Y quién duda, creyente o no, que la humanidad ha construido su sensibilidad y educado su razón en una visión creciente del otro? La vida es en aquel diálogo el equilibrio entre la fe y la razón. Una y otra macerando esa esperanza en los nuevos odres;: para unos la parusía, para otros la extensión de las bases rawlsianas de la justicia. Sin quiebres ni distancias esenciales. El fanatismo religioso o el jacobinismo de la ilustración han dejado paso a la búsqueda de ese lenguaje común que procura partir juntos de la celebración de la Vida. Lo cual supone necesariamente la búsqueda del otro. Si no podemos ser más razonables busquemos la mano del otro desde la más íntima y utilitaria racionalidad del hombre solo.
1 World Bank
2 ¿En que creen los que no creen? Umberto Ecco y Carlo María Martini, Planeta 22va.edición argentina 4/1982 pag. 89.
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