Se reaviva la discusión argentina en la materia

En el último número de Le Monde Diplomatique se realiza un comentario interesante sobre el estado de la discusión argentina sobre los grados y conveniencia de un banco central independiente. La presentación de un proyecto de reforma de la carta orgánica del Banco Central de la República Argentina (BCRA) generó una inmediata reacción de la ortodoxia económica y disparó una polémica. A continuación extractamos partes de la oportuna referencia.

«En 1992 la carta orgánica del BCRA fue modificada para adecuar el funcionamiento del organismo al régimen de convertibilidad. Con ese propósito se estableció, en el artículo 3, que el objetivo primordial (y excluyente) de la política monetaria es preservar el valor de la moneda. Como parte de la reforma se prohibió al BCRA hacer préstamos al Estado y actuar como prestamista de última instancia para asistir al sistema financiero. Luego de la crisis de 2001, con las reformas efectuadas en 2002 y 2003, el BCRA recuperó la facultad de prestar al gobierno, así como la de financiar al sistema bancario e intervenir en la política cambiaria.»

El proyecto cambia el «artículo 3, agregando dos puntos: que la política monetaria debe ser «consistente con las políticas orientadas a sostener un alto nivel de actividad y asegurar el máximo empleo de los recursos disponibles» y que «la formulación y ejecución de las políticas monetaria, financiera y cambiaria se coordinará con el Poder Ejecutivo, sin estar sujeto a órdenes, indicaciones o instrucciones de este último, en el manejo de los instrumentos de su competencia». Según Marcó del Pont, la modificación propuesta está destinada a darle forma legal a lo que ya sucede de hecho, porque el BCRA coordina la política monetaria-cambiaria con el gobierno para mantener un tipo de cambio alto comprando divisas y controlar la emisión recuperando parte de los pesos entregados a cambio de las divisas mediante la venta de bonos en pesos (esterilización).

El proyecto de Marcó del Pont generó un inmediato rechazo de los representantes de la ortodoxia económica, para los cuales el cambio propuesto abre las puertas a la intervención discrecional de los gobiernos en la política monetaria y amenaza la estabilidad de los precios.

 

¿Liberación o dependencia?

La economía ortodoxa sostiene que el Banco Central debe ser independiente para poder mantener una política de estabilidad monetaria sin subordinarse a intereses gubernamentales o sectoriales. Para la ortodoxia, los técnicos que ocupan los puestos de decisión de los bancos centrales son «adversos» a la inflación y, por lo tanto, están dispuestos a sostener la política antiinflacionaria a pesar de los problemas que pueda causar en la producción o en el empleo.

Por el contrario, los políticos son menos adversos a la inflación y más sensibles a las presiones de las empresas o del mundo del trabajo y, por lo tanto, más proclives a la indisciplina monetaria.

El argumento ortodoxo tiene bases sólidas porque, tanto en países centrales como periféricos, la falta de disciplina monetaria y la capacidad de los gobiernos de recurrir a la emisión para financiar sus gastos condujeron a numerosas crisis de elevados costos económicos y sociales.» *

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