MUCHO DE ESTA DISCUSION TIENE UNA VINCULACION DIRECTA CON LA PROFUNDIZACION DEL DEBATE EDUCATIVO

Sin mejorar el lenguaje, la cohesión social y el cambio son insostenibles

La extraordinaria capacidad de comunicación de dos ministros, el pragmatismo útil del presidente, la disciplina autogenerada por el modelo de salida de la crisis de 2002 y la permanencia de un entorno económico excepcional han convergido en la creación de un escenario de bienestar comparable tan sólo con el de la emergencia democrática, o breves momentos del inicio de la década pasada.

A nivel ciudadano el único riesgo perceptible es el de la progresión del bloqueo y la agresión regional. Más allá de ello, la gente disfruta el momento económico. No sólo satisfacemos consumos sino goces postergados.

Los uruguayos estamos teniendo comportamientos en línea con esa comprensión sencilla del bienestar, aunque esa sobredemanda optimista de bienes y servicios no siempre sea fácil de administrar. Ni por las familias y las empresas, ni por los reguladores monetarios, por ejemplo. El consumo aumenta en mayor proporción que el ingreso. Tanto como aumentan las expectativas de mejora individual en relación a las expectativas de crecimiento sustentable que tiene el propio gobierno. Ese proceso de recomposición del optimismo nacional es ostensible y no hay indicador que no lo exprese con contundencia. Alguno de ellos registran los excesos peligrosos de ese fundado optimismo: el ritmo de demanda de pesos o el aumento de la oferta laboral, por ejemplo. No hay creación de nuevos empleos que satisfaga la ansiedad actual de los uruguayos de trabajar más con su correlato natural de aumento de la desocupación ­la desocupación es un cociente de los que buscan trabajo y la oferta disponible del mismo.

 

La demanda de un lenguaje común

Este espiral nos envuelve en un círculo virtuoso imprescindible. Si no fuera así, cualquier contingencia crítica generaría una situación políticamente insoportable. Ese riesgo no está planteado en el horizonte más próximo y, en tanto, sobre ese espiral de confianza el gobierno hace lo que puede y la oposición, más o menos, también. Los dos, aún embarcados en juegos bélicos o infantiles según el barrio, van haciendo su propia experiencia en roles y lecturas inéditas. Hay una crónica de esos juegos que la gran mayoría de los uruguayos lee oblicuamente en la prensa diaria, pero detrás de ese escenario de la confrontación diaria es obvio que ha nacido una demanda diferente de comunicación y ella, esencialmente, es una demanda de un lenguaje común a partir del cual los uruguayos puedan utilizar este momento excepcional en términos de desarrollo efectivo. Sin esa recreación de una lengua común es realmente difícil que este país pueda mejorar su cohesión social. Sin ello como aspiración fundada y alimentada con hechos, aquella sensación de optimismo y bienestar está sobreexpuesta a riesgos excesivos.

En este caso no hay indicadores disponibles para registrar la evolución de esa cohesión social, ni tampoco hay indicadores capaces de manejar la evolución del riesgo que la afecta en el mediano y largo plazo. Alcanza sin embargo sospechar que, de haberlos, Uruguay tendría un nivel de cohesión social elevado en el contexto latinoamericano y progresivamente bajo a nivel global. La segunda sospecha consiste en que el riesgo de mantener y fortalecer esa cohesión social es excepcionalmente alto, probablemente mayor a la media latinoamericana, en el caso de que existieran los indicadores que precisamos.

Esta es una discusión de elite que no hay por qué sustraer al conocimiento público. Pese a saber que, aun si pudiera manejar sus códigos de comprensión de tal discusión, el uruguayo medio la evitaría, invitado que fuera a enfrentarse a este dilema de oportunidad y riesgos. Pero a cierto nivel de representación política y social, sería imperdonable que no intentáramos, al menos, plantear el tema saliendo por un momento del comentario de políticas sectoriales, relaciones de la gente y el mercado o variaciones momentáneas de precios relativos. La proposición de enfrentar la urgencia de progresar en el hallazgo de un lenguaje común a partir del cual mejorar el relacionamiento social debería agredir frontalmente la reflexión intelectual corriente y sus pactadas formas de expresión. Los uruguayos debemos avanzar más rápido y con mejores textos o instrumentos que los disponibles en esa comunión de un lenguaje básico en el cual entendernos mejor.

Hay mucha cosa en esta área de reflexión y mucho de ello tiene una vinculación directa con la profundización del debate educativo, en valores esencialmente . Pero la urgencia de entendernos mejor debe ser administrada desde la política. Ese lenguaje común original no puede ser otro que el de la democracia y la libertad en su más amplia y vulgar acepción. La tercera sospecha es que estamos trabajando poco sobre esto.

 

Innovación infantil

Estoy convencido de que a este país, embarcado con optimismo en la confrontación natural que genera todo cambio de ambición estructural, no le está yendo bien en esa batalla de mejorar y celebrar ese lenguaje. Es cierto que a los uruguayos no nos agrada el lenguaje con el cual se comunican los vecinos y no entendemos mucho la lengua latinoamericana de la comunicación en democracia. Pero también es cierto que nuestras elites no ponderan el riesgo que tiene la degradación cotidiana de ese lenguaje. La lengua tiene sus significados, significantes, atributos y demás requisitos a partir de los cuales la gente se comunica con sus semejantes. Cuando no existe, se crea otro lenguaje. Tal como hacen los niños aislados de sus mayores: inventan sus propios códigos y señales de encuentro. Este país no debería afrontar los costos de innovar fórmulas alternativas a los códigos originales. Mientras se procesa el cambio con sus marchas y contramarchas los actores principales deberían defender y mejorar por sobre todas las cosas el lenguaje como lugar de encuentro. Esto no es una convocatoria al manejo abstracto de la cultura de la comunicación o la urbanidad de los términos. Debería ser, sí, una razón más, principal quizá, para dejar de manosear los códigos específicos de ese lenguaje, prohibir y sancionar la innovación infantil de la práctica del relacionamiento democrático, disminuir la gritería de las barras bravas, los linchamientos y la agresión. Y, sobre todo, evitar los lugares alternativos del discurso institucional tan cerca que estamos del 1º de marzo… De otra manera será difícil mejorar la cohesión social y mantener la espléndida sensación de bienestar que anima a las mayorías en la actualidad. *

 

(1) Cohesión Social: inclusión y sentido de pertenencia en América Latina y el Caribe. Cepal, enero 2007

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