El revés de Bush en el Congreso coloca en riesgo toda la estrategia multilateral y la política comercial uruguaya
La fuerte señal impuesta por el Congreso norteamericano rehusándose a votar el plan del Ejecutivo para Irak, fue tomada de inmediato en los mercados como un potente factor de riesgo que no había sido dimensionado adecuadamente cuando, en el cierre en Davos, Pascal Lamy logró conciliar los intereses principales de Europa, EEUU y China, para preparar el reinicio de la negociación de Doha en junio. La decisión de las nuevas mayorías demócratas en formatos inéditos para un país como EEUU, ha recreado el presupuesto de que el enfrentamiento del Congreso y el Ejecutivo norteamericano comprenderá a todas las iniciativas relevantes que deban discutir los dos poderes del Estado en el futuro próximo. Dicha convicción apunta de inmediato a la política comercial norteamericana. La apertura económica en materia de bienes ha avanzado mucho en el período y ahora los demócratas, más unos cuantos republicanos, han de utilizar el deterioro de la dominio presidencial para intentar reparaciones a grupos de interés afectados fuertemente por dicha apertura. Pero lo principal del juego apunta a eliminar la capacidad de negociación autónoma del presidente Bush, quien no logra convocar en torno al fundamento de la apertura comercial a una minoría republicana. De hecho, el reciente envío de un proyecto de Ley que extiende el TPA o «fast track» más allá de junio próximo, tiende a constituirse en un bumerán para la ya deteriorada imagen presidencial. La convergencia de la estrategia de guerra y de la comercial tiende a fidelizar las adhesiones y rechazos a las iniciativas que provienen del Ejecutivo.
La vía rápida
En suma, la decisión que está adoptando el Congreso agrega certezas en cuanto a que las mayorías del Congreso no extenderán el fast track más allá de junio con lo cual, automáticamente comienzan a producirse reacciones importantes en los mercados. Sin fast track tampoco habrá nuevos tratados bilaterales de comercio en el corto plazo, lo que estaría clausurando por unos cuantos años, un eventual TLC formal negociado con Uruguay. En el nuevo escenario no es imaginable la negociación bilateral de EEUU y Uruguay, por ejemplo, convergiendo hacia su homologación de cierre de la rueda multilateral. Por ello, los acuerdos de acceso al mercado carecerían de las garantías de mantenimiento de mediano y largo plazo. Ello supone unas cuantas dificultades para Uruguay. Una consiste en la necesidad de tener que discutir accesos sobre la base de un Sistema General de Preferencias que EEUU está revisando, en el que no tiene interés real, cuyas concesiones son fácilmente reversibles y entrañan en tanto un elevado riesgo de condicionamiento a futuro, formal o implícito, dado que las concesiones habilitadas en este marco deben ser renovables en plazos breves con los países contratantes.
Indirectamente Uruguay podría sufrir el impacto de una competencia más fuerte desatada por las nuevas certezas. Las amenazas que se desprenden del nuevo escenario para Uruguay exceden lo estrictamente comercial. Una de ellas surge del riesgo de un cierre más acusado de la economía brasileña. *
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