URUGUAY SE HA CONVERTIDO EN UNA REFERENCIA

La soberanía y el cambio sólo son sustentables con mayor empeño por la institucionalidad democrática

Uruguay llegó al límite de sus posibilidades de prolongar la salida a la crisis de 2002 si el cambio y la articulación funcional con el mundo no se procesan en un entorno de mayor democracia representativa y alianzas nacionales más amplias e inteligentes.

Lunes 12 de febrero de 2007 | 3:23
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A los ojos del mundo, el país se ha constituido en una referencia para la dilucidación a futuro del paradigma latinoamericano: regreso al pasado o emergencia competitiva con los países que en el mundo lideran una dinámica de desarrollo impactante.

Lo que sucede en Uruguay es mirado con atención porque en la peripecia de este paisito hay claves novedosas para intentar imaginar cómo han de vincularse las realidades nacionales a la fantástica dinámica del mundo en transformación permanente. Los motivos de tesis son diversos, pero pensemos en algunos de ellos desde nuestra propia utilidad: habilidad de la democracia representativa para habilitar y regular conflictos derivados de una ambición refundadora; viabilidad de un país pequeño en la economía global; posibilidad de conformar un proyecto práctico y creíble de corto y mediano plazo, conciliando crecimiento y compensación con aumento de la inversión; las relaciones del proceso con la reforma de la educación. Ultimamente, la discusión académica de estos temas se ha concentrado en el caso chileno, y la reunión del World Economic Forum, que se realizará en abril en Santiago, será un hito síntesis de este proceso. Pero Uruguay vive un proceso diferente al chileno y lo vive, además, en un contexto diferente al de aquél en el que hace quince años Chile comenzó a asombrar al mundo. Hay razones culturales, económico políticas y hasta geográficas que diferencian a Chile de Uruguay y, de alguna manera, extraen al país trasandino del mapa latinoamericano. En los últimos cincuenta años, desde la partida definitiva de los ingleses, Uruguay se ha integrado más a la media del comportamiento y la idiosincrasia latinoamericana. Vale recordar que esta acomodación a la media latinoamericana ha sido la expresión de la catástrofe y la clausura de aquella esperanza de pasar de la opulencia infantil a una madurez de país con ambición de futuro. Esta acomodación al voluntarismo y la experimentación continua de las elites pagada con sangre y miseria por los pueblos llegó a su límite en el caso uruguayo durante el trienio comprendido entre mediados de 1999 y 2002. Allí se abrió el abismo; el país anduvo en su pretil hasta que esa conciencia de la desaparición posibilitó la creación de las bases necesarias para edificar sobre ellas un país hábil.

 

Refundación soberana

A partir de entonces, Uruguay volvió a iniciar su separación de una media de comportamiento latinoamericana de cuño tradicional. Es cierto que ese promedio del comportamiento latinoamericano tiene una amplia dispersión, pero es notorio que el tránsito de América Latina hacia la modernidad tiene una agenda cargada de lápidas a remover que tornan frágiles y sospechosos hasta sus procesos más loables: Colombia, por ejemplo.

No hay reforma posible sin integración social previa. La cuestión nacional, los problemas indígenas y raciales, y la infinita pobreza de los marginados llenan de riesgo cualquier transformación impuesta por la razón o la fuerza a las elites y grupos de poder, por ejemplo, la modernización institucional. Los edificios de esa institucionalidad son tan débiles que se derrumban cada vez que alguien encuentra la oportunidad de convocar las multitudes desesperanzadas a la plaza.

Uruguay siempre ha sido diferente y desde hace cuatro años anda por una ruta que se aleja ostensiblemente de la cultura continental.

Del primer ámbito latinoamericano del cual se despega Uruguay es, precisamente, de la región. Este país no cohabita la región ni afectiva ni funcionalmente. Y no la habita, además, porque esa región responde cada vez con más diferenciación según los intereses nacionales, en la medida en que se enfrenta a las presiones crecientes.

Si alguna duda restara luego de observar todos los saldos de cuentas, veremos la verificación de esta hipótesis de intereses diferentes en los próximos meses, cuando haya que reintegrarse a la discusión multilateral reabierta en Ginebra. Valdría recordar el despegue de los negociadores brasileños en la recta final de la Ronda Uruguay, doce años atrás.

Lo grandioso del desafío que enfrenta este país está lejos de ser percibido en la cotidianeidad de una discusión muy pobre. Pero la persistencia y aumento de la dominación de un camino propio llenan de tensión todo el proceso del cambio.

 

Una agenda nacional

De allí que la agenda del gobierno y las preocupaciones principales del sus líderes más responsables del éxito deberían concentrarse en eliminar los riesgos que pudieran afectar el hasta ahora exitoso proceso de cambio y despegue de pertenencias infundadas afectivamente e inútiles en la realidad. Esos riesgos de quiebre del proceso de refundación y cambio son los mismos riesgos que tienen la democracia y la libertad. Actualmente, Uruguay transita su propio camino lleno de dudas y fragilidades de todo tipo.

Lo hace impulsado por una misión de cambio autoimpuesta y asumida en el pretil del abismo.

Esa es, además, de factor diferenciador frente al tránsito argentino y de muchos países latinoamericanos en el mismo período, la razón única de su unidad nacional.

El cambio ­irrenunciable­ separa y expone naturalmente al conflicto.

La convicción democrática y la aspiración de libertad unen y fortalecen. El gobierno debe apelar con más convicción a esa fortaleza. Más y más institucionalidad, más y más libertad a lo largo y ancho de todo el Estado, más y más debate y negociación dentro de las instituciones republicanas deben desplazar de las preocupaciones centrales el celo por todo principio de unidad, solidaridad y lucha que no tenga un formato nacional en el más estricto sentido del término. *

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