EN BRASILIA EL GOBIERNO DEBE OBRAR EN CORRESPONDENCIA CON LA ACTITUD QUE LE PIDE A LOS EMPRESARIOS Y LAS FAMILIAS

Soberanía e inversión en el umbral de decisiones históricas

En los próximos días el ministro Astori realizará un esfuerzo para concentrar la atención de la ciudadanía y del propio gobierno sobre problemas esenciales, vinculados a la microeconomía, intentando vincular el discurso oficial conocido, su diagnóstico y énfasis con problemas más concretos de gestión.

De tal manera, los titulares de la economía y la política se ocuparán del lanzamiento de la Oficina de Promoción y Asistencia a la Empresa, integrada por un equipo técnico suficiente, con considerable independencia operativa, medios e instrumentos importantes; en esa línea de promoción exigente del esfuerzo privado Astori se ocupará en el foro de ACDE de explicar la urgencia que tiene este gobierno de mejorar el «clima de mercado» en el cual sea posible reactivar la inversión y el crédito.

Sin ello, asegurará el ministro para quien esté en condiciones de leer las entrelíneas de los matices que está introduciendo el gobierno en su plan, será imposible en el corto plazo mantener el nivel de actividad y sin ello, rápidamente la política ingresará en los acostumbrados escenarios de la confrontación. Esa es la perspectiva con la cual trabajan hoy quienes suelen descontar con éxito en el presente los riesgos a futuro.

 

Dos discursos y un matiz

Esa será la discusión principal en el cierre del año. Interesante, oportuna, sugerente. Empero, confieso que trabajando en esos temas y en esa perspectiva hace un buen rato, estoy convencido de que ese empeño del equipo económico será intrascendente si ese matiz que introducirá Astori no se articula en términos creíbles con los mensajes que el presidente Vázquez formulará en los próximos días.

El problema consiste en que, realmente, ahora los problemas de este gobierno ya no son los de la estabilización y el convencimiento de su capacidad de gestionar administrativamente el Estado con mayor o menor acierto.

Ni siquiera los problemas devienen de la sospecha sobre la incapacidad de reformar en condiciones de mercado. Mal que bien eso está encaminado. Tomará su tiempo y la negociación necesaria pero se experimentarán los cambios tributarios y los previsionales.

En algún momento los legisladores se pondrán de acuerdo sobre la necesidad de dotar al BCU de herramientas básicas para habilitar plenamente su responsabilidad institucional; el año próximo veremos prosperar una reforma inicial de la salud sin dimensiones utópicas pero que quizás contribuya a definir mejor, roles y responsabilidades.

Todo eso andará de una u otra manera. Y todo eso contribuirá a aumentar la brecha entre la corrección y las expectativas del cambio construidas por la población a partir de su propia experiencia en el mercado del trabajo y en la percepción de la capacidad adquisitiva de sus ingresos.

El gobierno no se puede engañar respecto al desencuentro entre la racionalidad general de su administración y las expectativas que esa misma racionalidad genera. El ejemplo más notorio y sencillo surge del regreso semanal al umbral del mercado de trabajo de cincuenta o sesenta mil trabajadoras y trabajadores, que son sistemáticamente rechazados por una economía que no puede generar más trabajos nuevos que esas cuatro decenas de miles creados en el mejor momento de la actividad. Quizás sea conveniente también, actualizar la lectura de la cuenta de la migración joven. Esos saldos siguen siendo los indicadores más elocuentes de la imposibilidad que ha tenido esta administración de revertir el estado de desesperanza nacional. En realidad el gobierno conoce perfectamente esta realidad y estoy seguro que la sufre en su impotencia por liberarse del peso de su propia historia para asumir plenamente la vocación y la responsabilidad del cambio.

 

«Haz lo que te pido…»

Lo que no estoy seguro que entienda el gobierno es que, ahora, su ministro de Economía le está pidiendo a los empresarios y a las familias que asuman un riesgo de calidad diferente. En eso consiste aumentar la inversión. Cada uno sabrá responder de una u otra manera a la convocatoria.

Lo que está claro es que en este ámbito privado de las decisiones el voluntarismo y las solidaridades abstractas no deciden actitudes racionales frente al riesgo. Dado lo cual, el sector privado entenderá con claridad de lo que se trata, pero no surgirá de ello ninguna acción relevante en su entidad capaz de contribuir a ese empeño casi desesperado que el equipo económico intentará explicar mejor en los próximos días. Es que el gobierno no está situando su esfuerzo en un nivel de correspondencia real con eso que le pide al sector privado. Que no es manifestar ni votar sino arriesgar el futuro individual y familiar. Esa correspondencia sólo será «sentida» por empresarios y familias si el gobierno asume cambios que le cuestan tanto como le han de costar al sector privado cambiar sus decisiones racionales.

Esos cambios tienen un solo santo y seña y es lo que resta definir porque, justamente, allí reside lo que desde su propia independencia formal viene postergando este país: la precisión de una estrategia de soberanía plena que obviamente no es posible en el Mercosur. Es un tanto triste observar el empeño del equipo económico enfrentado el dilema actual, estimulando el fomento de los negocios y la inversión en un país desencajado del mundo.

Sobre todo, si ese equipo maneja las consecuencias que tiene para un país fomentar la indiferenciación en una región que se cierra en sí, que se aísla comercial y diplomáticamente de un mundo de cambios y oportunidades fantásticas.

 

Oportunidad

Volviendo al principio, entre el lunes y el viernes de la próxima semana, el gobierno uruguayo tendrá la oportunidad, única quizás, de explicarle a sus socios, al mundo y, sobre todo, a los uruguayos qué va a hacer en definitiva con su política exterior y comercial en particular. Si las definiciones de Uruguay en la Comisión de Comercio, el Grupo y el Consejo del Mercosur son de la calidad de las actuales, el mensaje derivado neutralizará toda la esperanza que pudiera generar la convocatoria del mismo gobierno a aumentar la inversión y el trabajo. Si Uruguay, en cambio, decide tal como lo insinúan algunas de las últimas declaraciones del presidente Vázquez en el sentido que se ha terminado el tiempo de la conciliación, entonces, quizás, comencemos a trabajar en la dirección requerida angustiosamente por el equipo económico. *

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