Antes que rediseñar la agenda nacional del desarrollo es necesario revisar la historia
Voy a intentar en cambio, compartir con los lectores la reflexión acerca de una revisión un poco más compleja que la que atañe a las políticas y los instrumentos del desarrollo moderno. Entre otras razones, porque sin esta reflexión previa, la crónica de la conferencia de Lago sería un ejercicio intelectual de escaso aliento y menor utilidad aún.
El ex presidente de Chile logró aportar lo que yo había ido a buscar a la torre de las comunicaciones sin saberlo: instalar en el centro de mi reflexión sobre la economía y el de mi propia sensibilidad política un principio utilitario. La conferencia lo logró dejándome una obsesiva interrogante ¿cuál fue el momento y la razón esencial que explica la aparición del abismo cultural que caracteriza las actuales realidades chilena y uruguaya?.
Ese es el punto obligado de la discusión útil. Quizás la punta de la madeja de una discusión nueva, capaz de entusiasmarnos y obligarnos en condiciones diferentes las actuales. De todas las innumerables invitaciones al debate inteligente que sugiriera Lago el viernes, esta, la del punto del desencuentro histórico entre Chile y Uruguay es, sin duda, la más rica. Ni siquiera podemos tranquilizarnos abordando una aproximación a cómo pudiéramos los uruguayos afrontar la agenda del desarrollo desde la experiencia chilena. No. Ese era el objetivo explícito de la convocatoria de los organizadores, pero el logro fue notoriamente diferente o, al menos, el logro consistió en apercibirnos que hay plataformas previas a ganar antes que podamos, efectivamente, tomar de experiencias como la chilena instrumentos y metodologías para escribir la agenda nacional del desarrollo. Intentarlo sin pasar por las inferencias legadas por Lago en su conferencia equivaldría a no haber entendido la esencia de la sugerencia del chileno. No entender que para intentar siquiera aproximarnos al modelo chileno de desarrollo es necesario revisar los saberes aprendidos sería tonto y fútil. Supondría una nueva evasión a la cual somos tan afectos los uruguayos: tomar de los «documentos» lo que ellos representan como jalones de la historia y no como trampolines desde los cuales zambullirse en profundidades oscuras de la historia. Sería un tanto infantil imaginar que algún mágico disparador – tal vez esa conferencia- pudiera habilitar de pronto la virtud y nos enfrascara a los uruguayos en una dialéctica trascendente, enriquecedora, útil y sobretodo, sustentable; la de una mejora del «plan». Lago nos dejó una invitación a hurgar en esa historia que relatos simples nos han encuadernado en libros de descansadas lecturas, despiadadamente tranquilizantes.
Inferencias preparatorias
Ese regreso a la historia contemporánea no fue explícitamente afrontado por el conferencista abocado a contarnos con gracia y ejemplos, las peripecias del lanzamiento de Chile al primer mundo y la esencia de un modelo exitoso de desarrollo. Es obvio, además, que esas inferencias de lo expuesto no pueden extenderse a partir de apuntes simples garabateados por manos que funcionan con automatismos aprendidos para estos casos. No hay revisión explícita en la esas conferencia ni Lago osó presentar siquiera la riqueza de la revisión. No lo necesitaba porque en si, el alerta estaba consignado por la evidencia de las distancias expuestas entre aquello y esto. Conferencias como la de Lago el viernes son los andadores disponibles de las revisiones obligatorias. Con ellos podemos imaginarnos andando hacia otras plataformas de un ejercicio de memoria que nos debemos, tan o más grandioso que este en el cual con dolor y desencuentros múltiples está realizando la sociedad uruguaya respecto a cómo se articula la política, la justicia y la reivindicación de la libertad ejercida en el pleno respeto de los derechos humanos.
Identidades
La exposición del chileno, emergiendo con un perfil de estadista global desde su envidiable experiencia, fue en extremo respetuosa de la pobreza actual del pensamiento dominante en Uruguay. Se contuvo en el límite y no nos permitió apropiarnos de algo más de esa reflexión básica que los chilenos han realizado, en sus cárceles y academias, en las plazas de las alamedas y en los escaños parlamentarios anteponiendo las urgencias del pensamiento a las molestias de la convivencia con la representación viva de la atrocidad. Nos quedamos sin saber cómo logró la izquierda crecer sin fracturar sus identidades y afectos. Nos quedamos sin pistas de cómo es posible separar las aguas sin que en cada juicio o apropiación del otro, la memoria del horror nos induzca juicios letales, generalización obtusas y descalificaciones de extensiones infinitas. Pero nos quedamos también con una invitación a saber, de ellos y su modelo. De ellos, de su modelo y la conciliación de ello con nuestra eventual agenda del desarrollo. Pero por sobre todas las cosas, aprendimos la inquietud de una revisión obligatoria sobre nuestras propias identidades. *
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